NotasHoy escribe Antonio Piñero Una vez más tengo que anunciarles que he sacado un libro nuevo, cuyo título es el de esta postal. No era mi intención que casi coincidieran a la venta este libro y el anterior…, pero ¡habent sua fata libelli! (“los librillos tienen su destino”) aunque en este caso el destino se llame editorial o imprenta. Y como el libro es mío no voy a hacer valoración alguna sino que ofreceré la ficha, la introducción, el índice y la conclusión. Antonio PIÑERO, Ciudadano Jesús. Respuestas a todas las preguntas. Madrid, Editorial “Atanor”, 2012, 343 pp. Con ilustraciones. ISBN: 978-84-939253-9-0. Precio 15 euros. Espero que hayan observado que, en contra de mi costumbre, no he puesto foto alguna de la cubierta acompañando esta postal. Y es que, a la verdad, como saben los editores, no me acaba de convencer, ni mucho menos, lo que han elegido. Y la razón: porque se ha elegido una foto de una imagen muy moderna de Jesús, llena de colorines, que no va –en mi opinión- con el estilo del libro. Que me disculpen mis amigos los editores, pero creo que ofrece la impresión de que este libro es uno más de los llamados “esotéricos” que ofrecen una imagen de Jesús absolutamente arbitraria y acientífica. La impresión sería engañosa porque se trata de responder, como dirá la introducción de un modo claro, sencillo y directo a las preguntas más o menos comunes sobre Jesús según lo que creo es la respuesta media de la investigación independiente. Tampoco el título “Ciudadano Jesús” es totalmente de mi agrado, y hago una observación sobre él al final de la Introducción. Ocurre que cuando me enteré de cómo era la foto de la cubierta y del título, estaban ya impresos en los folletos de la Sociedad distribuidora (“Logintegral”) tanto la fecha de la aparición en público del libro como esa imagen y el título… Y sin más preámbulos, he aquí la Introducción de “Ciudadano Jesús”: “¿Fue Jesús un enigma? Muchos opinan que sí. Pero creo que es esta una pregunta a la que sólo se podrá responder convenientemente al final de este libro. Personalmente pienso que Jesús no fue en verdad un enigma, sino que otros, los evangelistas, lo presentaron como tal, quizás sin querer. A no ser que se piense que Jesús fue un “enigma” como todos los hombres grandes. Y Jesús lo fue, y tuvo, como los demás grandes, múltiples facetas. Veremos, sin embargo, que el enigma es resoluble. El libro presente ofrece el fruto de las respuestas a preguntas en torno a este tema que me han sido formuladas en clases, cursos, seminarios y conferencias a lo largo de muchos años de docencia universitaria y de extensión de esa docencia en actos y textos de divulgación, como programas de TV, radio, entrevistas y respuestas a “postales” en blogs de Internet, en donde se exponen comentarios, réplicas y preguntas. Nace por tanto de mi experiencia y de muchos años de estudio. A propósito de esas preguntas reales, yo mismo me he visto llevado a formularme otras, como si tuviera alguien enfrente dialogando conmigo al igual que en el ejercicio escolar de la Antigüedad denominado “diatriba”: dialogar con un personaje de ficción, o la técnica denominada “erotemática”, es decir, “aprendizaje por medio de preguntas (y respuestas)”. Pero no son preguntas puramente imaginativas sino que pueden o podrían representar interrogantes reales de alguien que podría proponérmelas en la vida real. Pero debo advertir que no todas las preguntas tienen respuestas seguras. En la historia antigua hay muchos enigmas y la vida de Jesús no se escapa, ni mucho menos, a este destino. Pero he intentado que se vea bien claro qué respuestas son prácticamente seguras y qué hipótesis razonables. La mayoría de las respuestas van unidas a expresiones como “en mi opinión”, “es posible”, “probablemente”, “el sentir medio de la investigación o de los estudiosos”, porque realmente es así: respecto a Jesús hay muchas preguntas y pocas respuestas absolutamente seguras. El primer deber de un historiador es ser modesto y reconocer que si toda reconstrucción histórica del pasado es difícil, mucho más cuando el personaje, cuya figura se intenta reconstruir, vivió hace unos dos mil años. Además, Jesús no dejó nada escrito; sus “biografías” comenzaron a componerse muchos años tras de su muerte; quizás la primera, la de Marcos, unos cuarenta años después. Sabemos que todo personaje grande ya fallecido sufre un proceso de idealización y engrandecimiento evidente, y que la tradición oral sufre muchos avatares y distorsiones. Por si fuera poco, la inmensa mayoría de las fuentes sobre el personaje Jesús son claramente partidarias: a favor, la mayoría; unas pocas, y en el siglo II, claramente en contra. ¿Cómo encontrar la verdad entre tanto partidismo a favor o en contra? Por otro lado, lo que se diga sobre Jesús no cae en saco roto, porque para muchos seres humanos Jesús es el hombre más grande de entre los que han existido jamás y el de mayor influencia. Su vida, sus palabras y acciones son el fundamento de una religión con cerca de dos mil millones de seguidores y la base, al menos lejana, de diversas instituciones cuyo poderío fáctico, social, económico y religioso es muy fuerte. A pesar de tantas dificultades para la reconstrucción del personaje histórico, no pertenezco, ni mucho menos, a la legión de los muy pesimistas o muy escépticos que defienden que el personaje nunca existió…, o que conocerlo es imposible. Pienso que, aparte de su existencia real –veremos los argumentos--, la crítica histórica tiene, hoy día, notables instrumentos para delinear al menos, y sin temor a equivocarse mucho, cómo fueron las líneas maestras del personaje Jesús. Además, la crítica histórica lleva desde 1768, dando vueltas y vueltas al tema “Jesús”, y a lo largo de este tiempo han sido muchos los hombres de talento excepcional que se han ocupado de este tema. Modestamente me quiero situar en la línea de esta larga investigación e intentar ofrecer al lector el punto medio que suele darse en ella y que goza de un notable consenso. No se trata aquí de defender una fe, ligada a una imagen de Jesús, o de atacarla. Ni mucho menos… ¡Ni siquiera se pasa tal pensamiento por mi cabeza! Quienes me conocen de antaño saben que es profundamente verdad y que lucho por la independencia, ciertamente, pero ante todo por la imparcialidad. Se trata de acercarse a la figura y misión de Jesús, con los menores prejuicios posibles, y de que ese acercamiento a su persona y a su pensamiento sea maduro, honesto y de acuerdo con la ciencia histórica. Una nota sobre el título de este libro: el vocablo “ciudadano” no quiere decir, conforme a la etimología, que Jesús fuera un “habitante de una ciudad”. Jesús no lo fue ni nunca deseó serlo. Es más, siempre evitó predicar en las ciudades importantes de su país y de su tiempo. “Ciudadano” pretende sólo recalcar aquí el aspecto de Jesús como mero hombre que es el objeto de la historia”. En los próximos días ofreceré la lista de las preguntas a las que respondo en el libro. Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Viernes, 27 de Abril 2012
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Notas
Hoy escribe Fernando Bermejo
El apellido Paniker es suficientemente conocido por nuestros lectores. Varios miembros de esta familia se han dedicado a actividades intelectuales, a la historia de las religiones, y en especial a las religiones de la India. Recientemente hemos tenido ocasión de recomendar en este blog la lectura de la última obra de Agustín Pániker (El sueño de Shitala. Viaje al mundo de las religiones), escritor y editor de Kairós. Me alegra tener ocasión hoy de dar a conocer brevemente aquí otra de las facetas de Agustín, una persona por la que siento afecto y una profunda simpatía personal. Agustín es presidente del Ramuni Paniker Trust, una fundación que lleva el nombre de uno de sus abuelos, que existe en la India desde hace años, y que procede ahora a la constitución de una delegación en España. Esta fundación tiene un doble objetivo: por un lado, apoya la educación de niños y jóvenes pertenecientes a familias sin suficientes recursos económicos del sur de la India mediante la concesión de becas para cursar estudios superiores y formación profesional; por otro, aspira a promover el intercambio cultural, económico y artístico entre Kerala (al sur de la India) y España. Máxime en una tesitura económica una de cuyas perversas consecuencias es que el perionfalismo de particulares y pueblos está creciendo a nivel exponencial, una iniciativa como la de esta Fundación –que incide no solo en la cooperación y el intercambio cultural genuinos, sino también en la acción altruista– solo merece, a nuestro juicio, apoyo y elogios. Para todos aquellos lectores que tengan interés y la oportunidad de asistir, el acto de presentación de la delegación española de la Fundación Ramuni Paniker Trust tendrá lugar en Casa Asia de Barcelona mañana jueves 26 de abril a las 19’00 h., y contará con la presencia de diversos oradores, incluyendo desde luego a Agustín Paniker. Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 25 de Abril 2012
Notas![]()
Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Mateo en la literatura apócrifa Dos son los escritos apócrifos que cuentan abundantes detalles de la vida y el ministerio de Mateo. El primero de ellos quedó ya descrito y comentado en los Hechos de Andrés y Mateo/Matías en la ciudad de los antropófagos. Aunque la narración giraba en torno a la prisión de Mateo y su liberación por obra de Andrés, Mateo desaparece prácticamente del relato para dejar el protagonismo a su liberador. El segundo de los apócrifos sobre la tradición biográfica sobre Mateo, es este Martirio, surgido del ambiente social e histórico de los siglos IV al V. Por lo demás, son evidentes las relaciones de forma y contenido entre este Martirio y los Hechos de Andrés y Mateo. Ambos apócrifos parecen haber sido compuestos en algún lugar de las iglesias orientales. La literatura apócrifa recoge en su elenco estas dos obras en las que Mateo es el protagonista destacado, siempre con la duda sobre la identidad del personaje. La común etimología de los nombres de Mateo y Matías es la causa de la confusión de sus personas y de las consiguientes vacilaciones en los autores. Es lo que sucedió con la atribución del protagonismo en los Hechos de Andrés y Mateo/Matías en la ciudad de los antropófagos, y es lo que también ocurre en este Martirio de Mateo. No obstante, en este caso prevalece claramente la calidad y la cantidad de los documentos que se decantan por Mateo. De los dos códices principales, P (París del siglo X) y F (del siglo XI), que Bonnet califica de “dos brazos de una misma rama” (M. Bonnet, Acta Apostolorum Apocrypha, II, I p. XXXIV.), F habla siempre de Matías, incluso después de tachaduras en el original; en cambio, el manuscrito P, que en opinión de Bonnet es el que “ha conservado la forma más antigua y más pura del martirio” (Id., Ibid., antiquiorem et puriorem martyrii formam P seruauit), usa habitualmente el nombre de Mateo con un par de excepciones que podemos interpretar como simples errores del copista o lapsus calami. Por su parte, tres importantes códices, de Viena, Vaticano y el Escorial, así como la versión latina hablan siempre de Mateo. Forma y contenido del Martirio de Mateo Este relato del Martirio de Mateo no destaca ni por su doctrina ni por su estética literaria. Las dotes narrativas de su autor son manifiestamente mejorables. Algunas incoherencias y un cierto desorden en la presentación de los sucesos dejan en penumbra episodios tan fundamentales como la muerte del protagonista. Su género de muerte queda aclarado por las promesas y los anuncios. Morirá quemado vivo según los presagios (cc. 4-5), a pesar de que el fuego se convertía milagrosamente en agradable rocío que no podía dañar al apóstol (c. 19). Su muerte tranquila recuerda la del Jesús del cuarto evangelio que entregó su alma porque quiso. La personalidad del rey, denominado imperator en la versión latina, no acaba de presentar un perfil definido y coherente. Arranques de energía se suceden con gestos de debilidad. El milagro de la liberación de su esposa, hijo y nuera de la posesión diabólica empuja al rey a buscar la muerte de Mateo. El demonio expulsado de sus familiares, el “maligno demonio” Asmodeo de la historia de Tobías (Tob 3,8.17), conspira con el rey contra el apóstol, aunque luego abandona y huye. El rey persistía en su intención de dar muerte a Mateo incluso después de haber sido curado por él de la ceguera. Simula querer hacerse su discípulo con la intención de apoderarse de él y cumplir su propósito, por lo que lo llevó a palacio en compañía del obispo Platón. Nada podía presagiar el inminente final. El rey tramaba para Mateo una muerte cruel que comprendía el clavado de pies y manos junto con el tormento del fuego, fomentado con azufre, asfalto, pez, estopa y leña. Pero el fuego se convertía en un acariciante rocío. Por lo demás, abundan en el relato los tópicos del poder absoluto del apóstol y el temor de los demonios ante su infalible eficacia. La ceguera de los encargados de prenderle y la del mismo rey, el fuego convertido en rocío dejan el destino final del apóstol en sus propias manos. Bien claro lo proclamaba el demonio disfrazado de soldado como en los Hechos de Juan: “Si él mismo no consiente en ser muerto por ti, tú no podrás hacerle daño alguno” (c. 14). Como en otros Hechos Apócrifos, no faltan los milagros de carácter exhibicionista. El ejemplo más preclaro es la vara o bastón que planta Mateo y que se convierte repentinamente en un árbol alto y frondoso. Sus frutos eran apetecibles, como el de la vid que se enredaba en sus ramas o la miel que fluía de su cima. El agua de la fuente que brotó de sus raíces fue el elemento que transformó a los antropófagos en seres normales y civilizados. El niño hermoso Un dato que llama insistentemente la atención en este apócrifo es la presencia reiterada y activa del “niño hermoso”, mencionado no menos de quince veces. Al principio del relato se aparece a Mateo, con quien entabla un largo diálogo (cc. 1-4). El niño se proclama a sí mismo personaje poderoso, que anuncia a Mateo su destino triunfal. El niño estaba con Mateo (c. 6), como lamentaba el demonio expulsado de la familia real (c. 5). El niño salió al paso de los diez antropófagos que buscaban al apóstol para devorarlo (c. 13). El niño se presentó al rey para anunciarle la muerte de Mateo (c. 17). El niño fue quien llevó a Mateo al cielo y lo coronó (c. 24). Estaba con Mateo cuando éste apareció sobre el mar (c. 26). Detalles sobre la jerarquía Otro detalle sorprendente es la mención expresa de los tres órdenes o grados del clero: obispos, presbíteros y diáconos (c. 2). Cuando Mateo se dirigió a la iglesia, esperó hasta que llegara el obispo Platón con los presbíteros y los diáconos (c. 11). Pero más sorprendente todavía es la noticia que da el apócrifo sobre el nombramiento del rey como presbítero, y del hijo del rey como diácono. Sin solución de continuidad, el texto refiere que Mateo nombró presbítera (presbýtida) a la mujer del rey, y diaconisa (diakónissan) a la mujer del hijo del rey. Es obvio suponer que la anécdota refleja de alguna manera una práctica en uso en el tiempo en que se compuso este apócrifo. De la misma manera podemos colegir que la creencia en la divinidad de Jesús era una posesión tranquila en la comunidad cristiana. Así lo refleja la confesión del rey convertido a la fe de Mateo: “Creo realmente en el verdadero Dios, Cristo Jesús” (c. 27). Lo mismo cabe decir de las escenas del bautismo. La esposa del rey, su hijo y la esposa del hijo pidieron al apóstol que les diera el sello de Cristo. El obispo Platón, por orden de Mateo, “los bautizó en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (c. 8) con el agua que brotaba de las raíces del árbol. A continuación participaron todos de la eucaristía. El rey, una vez convertido, pidió también el sello de Cristo, que enseguida aclaró pidiendo el bautismo y la eucaristía. El obispo hizo oración y le ordenó despojarse de sus vestidos, lo exorcizó largamente mientras se confesaba y, tras la unción con el óleo, “lo bautizó en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Enseguida el obispo le ordenó vestirse con vestiduras espléndidas. Luego, bendijo el pan sagrado y el cáliz mezclado, comulgó él primero y dio después la comunión al rey diciendo: “Este cuerpo de Cristo y este cáliz de su sangre derramada por nosotros te sirvan como perdón de los pecados para la vida” (c. 27). (San Mateo escribe su evangelio) Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 23 de Abril 2012
NotasHoy escribe Antonio Piñero El autor del libro que reseñamos esta semana, Javier Alonso, filólogo semítico, biblista e historiador, es muy conocido en el mundo de la difusión de ideas claras y bien ordenadas en el ámbito de las religiones, y en particular por tres libros. El primero sobre Herodes el Grande, de 1998; el segundo sobre el rey Salomón y su época (“Salomón entre la realidad y el mito Editorial Orión de 2002); el tercero sobre La última semana de Jesús (Editorial Obelisco de 2004). Además, ha colaborado con Eugenio Gómez Segura y conmigo en dos libros, La verdadera historia de la Pasión (2008) y El Juicio final (2010; los dos de Editorial Edaf). Me parece también excelente su tarea en numerosos artículos en la Revista de Arqueología Su ficha es: Las cinco caras de Dios. Guía breve para comprender las principales religiones del mundo actual. Editorial Viceversa, Barcelona, 2012, 349 pp. ISBN 978-84-92819-89-8. Las cinco religiones son las siguientes: judaísmo, cristianismo, islam, hinduismo y budismo. Hay en el libro una breve y enjundiosa introducción cuyo lema lo dice todo: las religiones son como una composición musical cuya música es de Dios, pero cuya letra ha sido escrita por los humanos. Luego, el libro dedica a cada religión un capítulo que está organizado de un modo idéntico: • Orígenes • Libros sagrados • Profetas y figuras destacadas • Doctrina y autoridad • Calendario y festividades • El ciclo de la vida • Variantes • Ciudades sagradas • Objetos y símbolos Cada título, con su contenido, se entiende por sí mismo, salvo –supongo- el de “Variantes”, que se refiere a las diversas confesiones y denominaciones dentro del tronco común de cada una de las religiones principales. Un ejemplo: en el cristianismo actual se pueden numerar unas 30.000 “confesiones” diferentes repartidas por el mundo, entre las cuales hay tantas diferencias doctrinales, de perspectiva teológica, rituales y jerárquicas que podría decirse el único rasgo de unión es su fe en Jesús” (p. 129). El autor ha considerado que las más importantes de tales confesiones o denominaciones son: • Iglesia católica romana • Iglesia ortodoxo • Confesiones protestantes o “evangélicas” • Iglesias restauracionistas, que pretenden regresar al estado de pureza de la comunidad cristianos original • Testigos de Jehová • Mormones • Judaísmo mesiánico, que es un movimiento cristiano: sus miembros son judíos pero reconocen que Jesús es el mesías. Dentro de cada uno de las secciones dedicadas a cada religión hay recuadros que destacan y aclaran el sentido de hechos, costumbres, curiosidades o instituciones importantes. Por ejemplo, dentro del judaísmo encontramos los siguientes recuadros: • “¿Quién escribió la Tanaj o Biblia hebrea”; • ¿Cuáles son los elementos básicos de la Alianza entre Dios y su pueblo elegido?”; • “El mesías”; • ¿Cómo es el hogar kosher o puro?; • Mehadrim o líneas de autobuses especiales donde hay rayas para separar a los hombres y las mujeres (que pueden provocar la impureza por ejemplo, por la sangre de la menstruación); • las 39 melajot o tareas que se consideran trabajo y no pueden realizarse en sábado; • “Las cuatro preguntas de Pesaj” que ha de formular uyn niño a us padre para que le explique el porqué de la gran fiesta de Pascua; • ¿Cómo construir una sukká, o tienda, tabernáculos, para la fiesta anual de las tiendas (sukkot) o tabernáculos; • Mujeres rabino • ¿Qué es el Yom Kippur o fiesta de la expiación de los pecado y cómo fue la guerra desatada por Egipto y Siria contra Israel en esa festividad el 6 de octubre de 1973; (Por cierto: en español no se dice “servicios religiosos” sino “oficios religiosos”. El jueves y viernes santos, cuando alguien va a la liturgia especial de esos días, no dice “Voy a los servicios”, sino “Voy a los oficios”) • ¿Por qué no hay flores en un cementerio judío y sólo piedras?; • “El barrio de las cien puertas en Jerusalén, en hebreo Meá Shearim, donde vive la comunidad de ultraortodoxos; y, finalmente • ”El año que viene en Jerusalén “. Igualmente encontramos breves y enjundiosas precisiones importantes en la explicación de las otras cuatro religiones. Hay mucha gente que se ha planteado, tanto en su `propia religión como en la de otros, preguntas semejantes. Incluso diría que –-dado lo mal que se explica por lo general la religión cristiana en colegios e institutos, o por la flaqueza de la memoria humana--, que incluso en la explicación del cristianismo en este libro, el lector de hoy se llevará más de una agradable sorpresa cuando lo lea. Mi valoración de este volumen hace referencia a las dos religiones que mejor conozco…, en las demás me declaro simplemente lector culto y no calificado para juzgar en profundidad, el judaísmo y el cristianismo. El libro presente, aunque de intención claramente divulgativa, está confeccionado por un especialista que conoce muy bien lo que trata y que es de fiar. Su presentación y sus juicios son muy acertados. Se aprende mucho leyéndolo, está bien escrito y con gran claridad y amenidad; sabe mezclar a la perfección las curiosidades y detalles más amenos –los recuadros— con lo que es explicación y breve análisis de lo esencial; logra, por tanto, su objetivo: comprender, ayudar a entender, para luego, si alguien lo desea, emprender una crítica bien fundada. “Comprender al otro nos acerca a él, porque comprender evita los abismos de la ignorancia en los que nace el odio al diferente, un odio basado casi siempre en informaciones falsas, incompletas o tendenciosas. Comprender nos ayudará a escuchar esa música que todas la religiones tienen en común, aislándola de la letra que cada uno de nosotros le hayamos opuesto y nos hará ver que es mucho más lo que nos une a todos los eres humanos que lo que nos separa”. Por tanto un libro recomendable para quien quiere aprender lo esencial y en no demasiado tiempo. Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Viernes, 20 de Abril 2012
Notas
Hoy escribe Fernando Bermejo
Para JF Mota, libre de la metáfora y del mito Las noticias acerca de dignatarios eclesiásticos cristianos espiando, condenando o censurando a los así llamados teólogos como presuntos desviados, herejes o distorsionadores no llaman la atención al historiador, pues son la tónica general de una religión cuyas sagradas escrituras contienen ya numerosos anatemas de correligionarios, sin excluir en ello tendencias asesinas (siguiendo en esto la estela de la actividad de su amoroso Dios, incluso antes de llegado el Dies irae: ahí tenemos, por ejemplo, la conmovedora historia de Ananías y Safira en el capítulo 5 de los Hechos de los Apóstoles). El resto de la historia de la sedicente religión del amor proporciona ejemplos inagotables de la caridad con que cada día los cristianos se tratan entre sí. Aunque a uno le susciten espontáneamente simpatía minorías y censurados, en estos casos debemos refrenar nuestros impulsos para poder comprender en qué consisten realmente estos rifirrafes intracristianos. De hecho, bien mirado, censuradores y censurados acostumbran a parecerse extraordinariamente entre sí –desde luego, mucho más de lo que casi todos ellos parecen dispuestos a reconocer–. Para empezar, no en vano muchos dignatarios episcopales entre los censuradores gustan de darse ínfulas intelectuales (aunque la mayoría no distingan la ética de la química o la hipóstasis de la apocatástasis) y muchos de quienes censuran no son otra cosa que sedicentes teólogos, mientras que los mismos -también sedicentes- teólogos examinados son a menudo eclesiásticos a los que, como tales, generalmente no les habría desagradado en absoluto ascender en el cursus honorum obteniendo cada vez más altas dignidades. Por otra parte, todos ellos, condenadores y condenados, censuradores y censurados, comparten las Fantasías Fundamentales de la Fe. Todos creen a pies juntillas en una enorme cantidad de cosas pintorescas (que ellos llaman “verdades”), incluyendo la incomparable superioridad del cristianismo sobre el resto de las visiones del mundo, la creencia en que algunas palabras pronunciadas a modo de conjuro les facultan para transmitir el así llamado Espíritu divino, en que el predicador visionario Jesús de Nazaret fue –y no solo en cuanto homo sapiens– el No-Va-Más, en que en comparación con él sus contemporáneos eran unos tarados espirituales y morales (y en que por eso lo mataron), en que los no creyentes no son humanos comme il faut, y otras muchas cosas no menos ocurrentes y divertidas. Condenadores y condenados, censuradores y censurados se parecen, asimismo, por su modus operandi. Habiendo adquirido sin mucho esfuerzo, gracias a su incorporación en un colectivo clerical, prestigio y reconocimiento social (además de otras ventajas que los sociólogos de la religión llaman “compensadores”), todos ellos resultan idénticos en el hecho de ser vendedores de Humo, especialistas en la Nada, expertos en lo Indemostrable, consumados doctores en Charlatanería, administradores de la Confusión, turiferarios del Mito y trileros de la Esperanza. Todos ellos se asemejan, en fin, en que proclaman ser los “verdaderos seguidores” de Jesús. Aunque ninguno sienta el más mínimo respeto por la Ley de Moisés que el visionario galileo respetó, y aunque ni uno solo de ellos albergue ni en sueños las muy concretas esperanzas ni el amor del judío por su pueblo, todos se llenan la boca con la pretensión de ser los intérpretes más fieles de su “espíritu” –algo tanto más fácil cuanto que Jesús, ay, no puede levantarse de su tumba para desmentirlos–. Para todos ellos, Jesús es el comodín que –convenientemente deshistorizado y mistificado– usan permanentemente y sin que se les caiga la cara de vergüenza. Por lo demás, a diferencia de las verdaderas e incontables víctimas –los perseguidos, los ninguneados, los destrozados, los torturados, los quemados– de esa misma Iglesia a la que tan gozosa y orgullosamente todos ellos pertenecen, a los “teólogos” censurados de hoy en día no les ocurre ni les ocurrirá nada realmente grave. Al menos mientras no cambien las tornas, las jerarquías de turno no tienen ya el poder para arruinar la vida de quienes no se postran como borregos ante ellos. De hecho, hoy en día, a los censurados por sus queridos colegas las censuras les sirven incluso para aumentar las ventas de sus libros y su presencia mediática (ser censurado puede añadir incluso un plus de “malditismo” que a muchos no les desagrada en absoluto, en especial cuando no les priva de los privilegios de que hasta el momento han gozado en sus Iglesias). En cualquier caso, quienes necesitan consuelo, apoyo, una mano o una palabra amiga, no son ellos. Las verdaderas víctimas de este mundo –y se cuentan por decenas y cientos de millones– no se encuentran ciertamente en las poltronas de los “teólogos”. De hecho, los “teólogos” condenados o censurados tienen hoy grandes grupos de fans. Cuando las víctimas de la Iglesia eran condenadas, nadie levantaba un dedo por ellas (como no fuera para añadir alguna ramita a la hoguera). Pero los teólogos modernos –que acostumbran a llevar vidas bastante agradables– tienen lectores, simpatizantes y seguidores que se cuentan por cientos y aun por millares, que se movilizan por Twitter y Facebook de inmediato cuando los más encarnizados perros del Señor se sueltan de sus correas para lanzar sus ataques. Objeto del aplauso de muchos, no son en absoluto –y por fortuna– víctimas de la soledad ni de la opresión. El apoyo de que gozan los “teólogos” es algo que resulta francamente comprensible, pues cumplen una función imprescindible e impagable en calidad de esthéticiennes de la fe. Dada la más que dudosa plausibilidad de muchas de las creencias de las corrientes cristianas mayoritarias (aunque en ella no le van a la zaga otras creencias, religiosas o no), no pocos de los creyentes que se permiten la funesta manía de pensar –incluyendo a los así llamados teólogos– acaban sintiendo la imperiosa necesidad de algún tipo de ajuste balsámico para afrontar un sistema de ideas y mandamientos que les resulta opresivo, no del todo inteligible o convincente, o al menos ocasionalmente inquietante. Trinidad, cristología, soteriología, escatología, moral cristiana (sin olvidarnos de saberes tan enjundiosos como la mariología o la josefología) sobreabundan hasta tal punto en afirmaciones peregrinas, disparatadas y esperpénticas y generan tal número de rompecabezas que cualquier cerebro no irreparablemente dañado necesita una buena cantidad de ajustes para poder seguir conviviendo con tales engendros sin morirse del susto, de risa, de bochorno o de mala fe. A esta labor de ajuste estético, maquillaje y aun de lifting se dedican los así llamados teólogos, mediante una más o menos alambicada jerga y la utilización oportuna de disiecta membra extraídos por lo general de la filosofía, la antropología o la sociología, con el objeto de intentar dotar de una cierta respetabilidad a una visión del mundo en la que, junto a algunas ideas bonitas y –en raras ocasiones– incluso sublimes, la más desbocada fantasía, la insensatez, la incoherencia y la arbitrariedad campan a sus anchas. De este modo, gracias a los cosméticos y afeites teológicos, muchos cristianos –comenzando por los propios “teólogos”– logran convencerse de que los delirios en que creen merecen realmente el asentimiento, y acaban comulgando con una considerable cantidad de ruedas de molino. No obstante, los intentos de racionalizar el delirio solo pueden engendrar nuevos delirios, en un interminable y delirante ciclo cuya contemplación es uno de los medios más efectivos de convencer al espectador de que la humanidad es una especie con la que, al menos si de racionalidad se trata, no hay nada que hacer. No obstante, a quien está instalado en el delirio, la racionalización del delirio –siempre y cuando coincida con sus propias intuiciones racionalizadoras– puede llegar a proporcionarle un bálsamo efectivo, lo que explica que cierta clase de personas, al leer las obras de algunos “teólogos”, experimenten un sentimiento de alivio e incluso de placentera liberación. Esto permite comprender, a su vez, la constitución de los mencionados grupos de fans teológicos y la profunda veneración que sus miembros sienten por sus gurús. De hecho, basta con que los “teólogos” logren colocar algún interrogante en el mundo mítico en el que respiran, o dar una versión aparentemente menos enloquecida de alguno de los comunes desatinos, para eo ipso hacer creer a muchos –y ante todo, a ellos mismos– que son mentes privilegiadas y aun adalides de la Ilustración. Por supuesto, como siempre entre cristianos –y entre humanos en general–, lo que a unos les produce alivio, a otros les causa una insoportable urticaria. Y ahí tenemos a los Cancerberos de la Fe, a los Guardianes de la Ortodoxia, a los Teólogos de la Uniformidad y a quienes los jalean, a los que ni siquiera conservan la necesidad de racionalizaciones ulteriores porque el Amén ha embutido sus existencias hasta el punto de que el sentido de su vida consiste en asentir sin rechistar a lo que diga el catecismo o el papa de turno. Cuanto menos seguros se sienten de sí mismos, más necesitan que otros concuerden con ellos y más nerviosos les ponen aquellos cuya voz no es un eco exacto de la suya. Y así, cum vociferatione, invocan las llamas del infierno no solo para quienes sin la menor duda se lo merecen (ateos e infieles de toda laya), sino también para sus propios correligionarios, aunque estos crean básicamente lo mismo que ellos. Lo bastante ciegos para no reconocer sus propias y descomunales distorsiones, acusan de distorsiones a sus semejantes. Quien esté libre de pecado… o ex falso quodlibet. Pocos como Jorge Luis Borges han visto con tanta lucidez en qué consisten las disputas teológicas, su inanidad última y el carácter funesto de sus consecuencias. En su cuento “Los teólogos”, narra el fatal enfrentamiento de dos de ellos, Aureliano y Juan de Panonia, uno de los cuales consigue que el otro acabe quemado en la hoguera y más adelante obtiene un desenlace parecido. El memorable relato termina así: “El final de la historia sólo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”. Exactamente igual, cabría apostillar, que para la impía mente del ateo. Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 18 de Abril 2012
Notas![]()
Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Identidad del protagonista Los apóstoles de Jesús han pasado a la historia del cristianismo como testigos de su doctrina. Por eso llama la atención la escasez de datos acerca de su vida. Numerosos escritos, calificados de apócrifos, suplen con sus leyendas y tradiciones los largos silencios y las insistentes omisiones. La piedad cristiana deseaba conocer a los personajes que estaban en los orígenes históricos de su fe. Unos personajes etiquetados como “fundamento” sobre el que descansa la edificación de la Iglesia (Ef 2,20s). A falta de datos históricamente comprobados, la literatura apócrifa inventa, crea relatos y discursos a partir de lo que debía ser la existencia de los enviados por su Maestro (Mt 10,1). La promesa postrera de Jesús era la mejor garantía de una eficacia sin límites: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación del mundo” (Mt 27,20). El caso del apóstol Mateo no iba a ser una excepción. En Mateo se cumplen los detalles que comentamos: el silencio de los textos bíblicos y las tradiciones surgidas a la sombra de unos supuestos recuerdos. Como ocurre con otros apóstoles, los evangelios cuentan su vocación con cierto detalle. “Pasando Jesús de allí vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en la oficina de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y le siguió” (Mt 9,9 par.). La escena está narrada también por Marcos y por Lucas. Pero los textos de Marcos y Lucas hablan de Leví (Mc 2,14; Lc 5,27.29). Lucas lo identifica incluso como publicano (telōnēs). Los tres sinópticos narran luego la invitación que Mateo ofreció a Jesús en su casa y a la que acudieron muchos “publicanos y pecadores”. Aquella invitación festiva, calificada por Lucas de “gran banquete”, fue motivo de escándalo para los escribas y fariseos. Después de la escena de la vocación, no se hace otra mención de Mateo sino en las listas de los apóstoles. En la del evangelio de Mt 10,3 aparece en el puesto octavo formando bina con Tomás y calificado de “publicano”. En Mc 3,18 y Lc 6,15 va en séptimo lugar emparejado con Bartolomé (Mc) o con Tomás (Lc). En la lista de Hch 1,13 ocupa el lugar octavo y forma pareja con Bartolomé. En ninguno de los pasajes se recoge una sola palabra atribuida al apóstol Mateo. Sin embargo, la tradición recoge diversos testimonios que hablan de su actividad literaria. Ireneo de Lión sabía que Mateo había escrito en hebreo el evangelio que predicaba. Eusebio de Cesarea recoge en su Historia Eclesiástica este testimonio de Ireneo en el sentido de que “Mateo escribió para los hebreos un evangelio en su lengua materna mientras Pedro y Pablo predicaban en Roma y fundaban la iglesia”. (Eusebio de Cesarea, H. E., V 8, 2-3; Ireneo, Aduersus haereses, III 1,1). Eusebio recoge también el testimonio de Papías de Hierápolis, que afirmaba: “Mateo compuso en hebreo los discursos (lógia), que cada cual interpretó como pudo” (Eusebio, Ibid., III 39,16). Eusebio refiere igualmente que Panteno de Alejandría, converso de la filosofía estoica, viajó hasta la India, donde encontró a cristianos que usaban el evangelio de Mateo. El apóstol Bartolomé lo había predicado allí y se lo había legado a los fieles de la India (Id., Ibid., V 10,3). A Mateo se atribuye igualmente uno de los más importantes evangelios apócrifos de la Infancia, el que lleva como subtítulo la siguiente inscripción: “Empieza el libro sobre el nacimiento de la bienaventurada María y la infancia del Salvador, escrito en hebreo por el bienaventurado evangelista Mateo y traducido al latín por el bienaventurado presbítero Jerónimo” (A. Piñero (ed.), Todos los evangelios, Madrid, 2009, 214-237). Mateo era, pues, considerado en la tradición como uno de los autores principales en la transmisión de la doctrina cristiana. Es la razón lógica para que la atención se haya fijado en su persona y en su actividad literaria. De Mateo recuerda la piedad cristiana su profesión de publicano; sabe también de la prontitud con que escuchó la llamada de Jesús. De los tres sinópticos es el que más referencias aporta en la historia de la teología. No obstante, hemos de reconocer con la crítica más actual que el apóstol Mateo, también llamado Leví, no pudo ser el autor del evangelio transmitido bajo su nombre. La afirmación insistente de que escribió su obra en la lengua materna de los hebreos tampoco encaja con las características literarias del primero de los evangelios sinópticos. El evangelio de Mateo es una obra compuesta en griego y basada en tradiciones anteriores, tales como el evangelio de Marcos y la fuente Q (A. Piñero, Guía para conocer el Nuevo Testamento, Madrid, 2008, 352). (Estatua del apóstol san Mateo en la catedral de Lima) Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 16 de Abril 2012
Notas
Hoy escribe Antonio Piñero
Ya anuncié hace unos días el contenido (índice) de esta magnífica edición. Añadiré hoy una valoración puesto que me ha llegado ya el libro (174 pp. ISBN: 978-84- 301-1796-3). Como nota agradable para los lectores del Blog añadiría que el libro está dedicado a Gonzalo del Cerro y su mujer Charo Aguilar. Como puntos de interés de esta edición, señalaría: 1) Contiene una introducción muy completa en que se examinan los distintos aspectos del texto (origen, lugar de composición, datación, contenido, estructura, relación con el Nuevo Testamento, relación con la literatura patrística, etc.) 2) Es la primera de las ediciones en ámbito hispano que contiene el texto copto. 3) Está realizada a partir de la edición crítica del EvJud aparecida en 2007, que aportaba apreciables mejoras en la transcripción y la traducción respecto a la edición provisional en abril de 2006. Además, incorpora las nuevas lecturas y correcciones efectuadas desde entonces por varios estudiosos, y muy en particular los nuevos fragmentos de las páginas 37-38, 41-42, 53-54, 55-56 y 57-58, recuperados en 2009. 4) Posee un abundante y exhaustivo aparato de notas que refleja el estadio más reciente de la investigación (y que contiene a menudo variantes de reconstrucción propuestas por diversos estudiosos); contiene tanto notas filológicas como doctrinales, destinadas a facilitar al máximo la comprensión del texto. 5) Contiene la bibliografía más completa y actualizada hasta la fecha. 6) Es de pequeño tamaño, lo que hace a la edición muy manejable (y su precio es muy asequible). Sabiéndome muy bien lo que me digo --ya que yo mismo hice en su día una traducción de este Evangelio tan traído y llevado en su momento, pero hoy casi olvidado— puedo garantizar que es la mejor de cuantas ediciones existen en el mundo. La notas son casi un comentario al texto. Creo que la edición de F. Bermejo entierra definitivamente la interpretación básica un tanto apresurada que del Evangelio de Judas hicimos prácticamente todos los investigadores en el 2006. De sabios es mudar la opinión. Saludos cordiales de Antonio Piñero Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Viernes, 13 de Abril 2012
Notas
Hoy escribe Fernando Bermejo
Tras estos días de la así llamada Semana Santa, en los que tanta prosa ha habido, me parece adecuado traer a colación algo de poesía del Siglo de Oro, y en particular algunos de los numerosos sonetos de Francisco de Quevedo en que el objeto es la muerte de Jesús, por supuesto en su versión cristiana. Hay diversos aspectos interesantes en los sonetos sacros de Quevedo (no en vano graduado en teología por Valladolid y “teólogo seglar”), y no es el menor la combinación de excelencia poética y los estereotipos antijudíos destilados directamente de la descripción en los Evangelios canónicos, en que se responsabiliza de la muerte de Jesús al pueblo judío, exactamente tal y como hoy (de manera a menudo indirecta pero suficientemente clara) siguen haciendo los más eximios teólogos, incluso desde las mismas páginas de Religión Digital. Son también interesantes, por ejemplo, los usos que hace el vate español de Mt 27, 51 (las piedras que se rompen; el dramático pasaje mateano le es caro) y Jn 10, 31-33 (y también, en algún caso, Jn 8). Una vez más, y como tan a menudo, se dan la mano de modo inquietante la distorsión operada por los prejuicios y la sublimidad del genio artístico. Vinagre y hiel para sus labios pide, y perdón para el pueblo que le hiere: que como sólo porque viva, muere, con su inmensa piedad sus culpas mide. Señor que al que le deja no despide, que al siervo vil que le aborrece quiere, que porque su traidor no desespere, a llamarle su amigo se comide, ya no deja ignorancia al pueblo hebreo de que es Hijo de Dios, si, agonizando, hace de amor, por su dureza, empleo. Quien por sus enemigos, expirando, pide perdón, mejor en tal deseo mostró ser Dios, que el sol y el mar bramando *** Pues hoy derrama noche el sentimiento por todo el cerco de la lumbre pura, y amortecido el sol en sombra obscura da lágrimas al fuego y voz al viento; pues de la muerte el negro encerramiento descubre con temblor la sepultura, y el monte, que embaraza la llanura del mar cercano, se divide atento, de piedra es, hombre duro, de diamante tu corazón, pues muerte tan severa no anega con tus ojos tu semblante. Mas no es de piedra, no; que si lo fuera, de lástima de ver a Dios amante, entre las otras piedras se rompiera. *** Con sacrílega mano el insolente pueblo, de los milagros convencido, alza las piedras, más endurecido cuanto el Señor atiende más clemente. Muera quien el vivir eternamente, que se negó a Abrahán, nos ha ofrecido; murieron los profetas, y, escondido, yace Moisés, caudillo más valiente. Burló las piedras, que después miraron con lástima a la Cruz de Dios vestida, y de noche por Él, cielo y estrellas, donde todas de invidia se quebraron de que para instrumento de la vida más quisiese a la Cruz que a todas ellas. La poesía, claro es, no se refuta. Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 11 de Abril 2012
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Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Felipe en el libro gnóstico Pistis Sofía (PSofía) El libro PSofía es uno de los más importantes e influyentes de la literatura gnóstica. Es una traducción al copto de un original griego, compuesto entre los años 250 y 300 de nuestra era, aunque basado en tradiciones más antiguas. La obra completa es un diálogo entre Jesús Resucitado y varios de sus discípulos, incluida María Magdalena. Uno de los apóstoles destacados a lo largo del texto es Felipe. El título viene a identificar en cierto modo la fe con la sabiduría a la manera del dicho de los ascetas cuando afirmaban que “aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”. Cuenta primero de la Sabiduría caída y su arrepentimiento según la doctrina del gnóstico Valentín. Luego, describe la liberación de la Sabiduría como augurio de la liberación de los espíritus. Dada la extensión de la obra, envío a los interesados en el tema a la versión y al estudio de F. García Bazán, La gnosis eterna. Antología de textos gnósticos griegos, latinos y coptos II, Pistis Sofía/Fe Sabiduría, Trotta, Madrid, 2007. Puede verse una selección del texto, traducida por García Bazán, en la citada obra de A. Piñero, Todos los evangelios, pp. 575-594. Supone el autor que Jesús pasó once años después de la resurrección enseñando a sus discípulos. Estaba Jesús en el monte de los Olivos con sus discípulos, cuando descendió sobre él la potencia luminosa y lo rodeó completamente. Subió a los cielos despidiendo una luz desbordante. Pero a la hora novena del día siguiente se produjo un terremoto, se abrieron los cielos y vieron que Jesús descendía rodeado de luz. Cuando Jesús acababa de hablar respondiendo a una intervención de María Magdalena, el apóstol Felipe tomó la palabra para interpelar a Jesús. Se encontraba Felipe sentado y escribía todas las palabras que hablaba el Maestro. De pronto se levantó, se postró a los pies de Jesús y lo adoró diciendo: “Señor mío, Salvador, dame facultad para que hable en tu presencia y para que te interrogue sobre este discurso antes de que nos hables de los lugares a los que irás a causa de tu servicio”. El Salvador le autorizó para hablar. Ésta fue la pregunta que le planteó: “Señor mío, ¿a causa de qué misterio has dado la vuelta a la prisión de los arcontes, sus eones, su destino, su esfera y todos sus lugares y los has hecho confundirse en sus caminos y desviarse de su carrera?” El Señor le respondió que lo había hecho por la salvación del mundo. Lo que pretendía era salvar el número de las almas perfectas de la potencia y la corrupción de la materia del mundo, para que, una vez purificadas, ascendieran a su herencia en la altura, donde está el tesoro de la luz. En otra ocasión, estaba Jesús resucitado con sus discípulos, cuando levantó la voz para orar al Padre de todas las paternidades con palabras misteriosas. Tomás, Andrés, Santiago y Simón el Cananeo estaban con los rostros vueltos hacia el oriente. En cambio, Felipe y Bartolomé estaban vueltos hacia el norte. El cielo, el mundo y el mar habían huido hacia occidente. Jesús y sus discípulos permanecían suspendidos en el aire en el camino del medio. Pero debemos recordar que, según el criterio de Pistis Sofía, María Magdalena y Juan el Virgen eran los más importantes de todos los discípulos del Salvador. (El apóstol Felipe , iluminador) Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 9 de Abril 2012
NotasHoy escribe Antonio Piñero Concluyo hoy la presentación puramente objetiva, de fragmentos, del libro Esta colección/selección de textos, a pesar de su abundancia, superior a los mil pasajes, podría extenderse mucho más. No se ha hecho porque se correría el grave riesgo de cansar seriamente a los lectores y porque el aumento no mudaría en absoluto la perspectiva de diversidad de interpretaciones de Jesús. Espero de todos modos que, cuando el lector llegue a este punto, haya quedado convencido de la tesis sobre el origen del cristianismo que defendíamos al principio, en el Prólog: el cristianismo es un producto de la reflexión teológica de los discípulos de Jesús, después de la muerte de éste. El cristianismo es repensar y reinterpretar a Jesús a la luz de la creencia firme de que ha resucitado y de que está vivo entre sus fieles. Esa reflexión o reinterpretación se logra no sólo pensando en su vida en sí, sino también apoyándose en la palabra viva de Dios, las Escrituras. Los cristianos estaban también convencidos de que esa palabra había predicho de antemano todo lo importante sobre Jesús en su calidad de mesías de Israel, llegado en la plenitud de los tiempos Y como Jesús no dejó nada escrito, las Escrituras sagradas permiten interpretaciones múltiples y las ideas sobre la vida, figura y misión eran variadas junto con los avatares dela tradición oral, no es extraño que los puntos de vista sobre el Maestro y Mesías fueran a su vez variados y múltiples. Y de ahí también que haya serias divergencias entre las reconstrucciones del Jesús de la historia y la especulaciones puramente teológicas que componen el Cristo de la fe. En el siglo VI a.C. un poeta-filósofo griego, Jenófanes de Colofón, había afirmado en uno de sus poemas que los hombres crean a los dioses y no al revés. Los dioses de los tracios tienen el cabello rubio y los ojos azules; los de los etíopes la tez negra y el pelo ensortijado. Si los caballos tuvieran dioses, tendrían sin duda forma de caballo; y si los tuvieran los leones, de león. La presente colección/selección de textos permite al lector adquirir una mentalidad un tanto relativista respecto a la herencia de la Antigüedad sobre los hombres importantes, famosos, o trascendentes para la humanidad. Sólo podemos reconstruir su vida y figura a base de los restos que nos hayan dejado: arqueológicos, numismáticos o textuales. En el caso de Jesús no hay nada de los dos primeros apartados: sólo nos queda el último. Y los textos que sobre él versan comienzan a escribirse unos cuarenta años de su muerte, basados en una tradición oral que tiene todos los inconvenientes a ella inherentes respecto a su fidelidad y la posibilidad de variación y cambio. Por si fuera poco, esta diversidad de textos sobre Jesús continúa por siglos, y se escriben cosas sobre él, con la apariencia al menos de que son auténticas, cientos de años después de su muerte…, momentos en los que la imaginación y la fantasía campan por sus respetos Queda, pues, claro que la tarea del historiador para reconstruir con verosimilitud la figura de este personaje que vivió hace dos mil años es titánica. A la vez, debe sorprender al lector la seguridad con la que muchos hablan de Jesús con absoluta seguridad. Debe caerse en la cuenta de que ncluso la tradición de diecinueve siglos sobre el Cristo de la fe tiene fundamentos históricos inseguros y, a veces, ciertamente erróneos desde el punto de vista de la pura ciencia histórica. Pienso que esta colección de textos, donde no hablo yo sino los autores antiguos (mi único influjo sobre el lector es la selección y el orden de los pasajes), debe servir al lector de pedagogía de la comprensión y del sano relativismo: es inútil hacer afirmaciones apodícticas basándose en las fuentes transmitidas --nuestro único sistema de conocimiento-- y es inútil morir o matar por una visión de Jesús que en esencia permanece fluctuante y relativa. Opino que esta “pedagogía de la comprensión y del sano relativismo” pod ría ser el fruto principal de esta antología. Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Sábado, 7 de Abril 2012
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Editado por
Antonio Piñero
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Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.
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