NotasHoy escribe Antonio Piñero En estas comunidades postpaulinas, cuya atmósfera social hemos intentado dibujar en las notas que han antecedido, sigue existiendo el diaconado en el que participan las mujeres, al parecer en pie de igualdad con los varones. Leemos en 1 Tim 3,8-13: « De la misma manera (griego hosaútos; se sobreentiende que los “obispos”: vv. 1ss), también los diáconos deben ser dignos, deben tener una sola palabra, no dados al mucho vino, ni amantes de ganancias deshonestas, 9 sino guardando el misterio de la fe con limpia conciencia. 10 Que también éstos sean sometidos a prueba primero, y si son irreprensibles, que entonces sirvan como diáconos. 11 De igual manera (griego hosaútos), las mujeres (diáconos) deben ser dignas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. 12 Que los diáconos sean maridos de una sola mujer, y que gobiernen bien sus hijos y sus propias casas. 13 Pues los que han servido bien como diáconos obtienen para sí una posición honrosa y gran confianza en la fe que es en Cristo Jesús. » Este diaconado nada tiene que ver con la institución -o estamento- de las “viudas” como ayudantes en el ministerio de la Iglesia que se regula unas cuantos párrafos más adelante en la Epístola (cap. 5) y que veremos a continuación. El párrafo que acabamos de citar más arriba es muy oscuro en cuanto al estado civil de las mujeres que, al perecer, han de servir como diaconisas. ¿Casadas una sola vez? (en el sentido no tanto de ser divorciadas y vueltas a casar, como de viudas que permanecen como tal, sin volver a contraer matrimonio). Sin embargo, en el caso de las mujeres diáconos no parece que pudieran estar casadas, puesto que se exigía una dedicación completa al servicio de la comunidad. Tanto era así que para poder subsistir los diáconos de ambos sexos percibían ya probablemente una compensación económica de las arcas de la comunidad al igual que los presbíteros gobernantes. Lo deducimos del siguiente pasaje (1 Tim 6,17-18): « Los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza. 18 Porque la Escritura dice: ‘No pondrás bozal al buey cuando trilla’ (Dt 25,4), lo cual significa que el obrero es digno de su salario, incluso los que tienen por cometido el servicio al Señor en el Tabernáculo (véase Núm 18,31). » La institución del “orden” de las viudas 1 Tim 5,3-16 es el texto básico que rige la institución de las viudas, como orden más o menos clerical/eclesial (no puede saberse si recibían o no la ordenación estricta por medio de la imposición de las manos; lo más probable es que no fuera así): « “Honra a las viudas que en verdad son viudas; 4 pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, que aprendan éstos primero a mostrar piedad para con su propia familia y a recompensar a sus padres, porque esto es agradable delante de Dios. 5 Pero la que en verdad es viuda y se ha quedado sola, tiene puesta su esperanza en Dios y continúa en súplicas y oraciones noche y día. 6 Mas la que se entrega a los placeres desenfrenados, aun viviendo, está muerta. 7 Ordena también estas cosas, para que sean irreprochables. 8 Pero si alguno no provee para los suyos, y especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. 9 Que la viuda sea puesta en la lista (griego, literalmente “catálogo”) sólo si no es menor de sesenta años, habiendo sido la esposa de un solo marido, 10 que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos, si ha mostrado hospitalidad a extraños, si ha lavado los pies de los santos, si ha ayudado a los afligidos y si se ha consagrado a toda buena obra. 11 Pero rehúsa poner en la lista a viudas más jóvenes, porque cuando sienten deseos sensuales, contrarios a Cristo, se quieren casar, 12 incurriendo así en condenación, por haber abandonado su promesa anterior. 13 Y además, aprenden a estar ociosas, yendo de casa en casa; y no sólo ociosas, sino también charlatanas y entremetidas, hablando de cosas que no son dignas. 14 Por tanto, quiero que las viudas más jóvenes se casen, que tengan hijos, que cuiden su casa y no den al adversario ocasión de reproche. 15 Pues algunas ya se han apartado para seguir a Satanás. 16 Si alguna creyente tiene viudas en la familia , que las mantenga, y que la iglesia no lleve la carga para que pueda ayudar a las que en verdad son viudas. » En primer lugar, las viudas auténticas, desprotegidas y de vida irreprochable no son ante todo una institución que ofrece sus prestaciones, sino particularmente una que las recibe: deben ser cuidadas por el sistema de “seguridad social de la comunidad”, es decir, bien por su familia (hijos, v. 4, o parientes, v. 16), o por los fondos al respecto de la comunidad misma. ¿Cómo se conseguían estos fondos? Lo veremos en la próxima postal. Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com Postscriptum: Acabo de cambiar totalmente la "página web", cuya dirección sigue siendo la misma. La anterior cumplía más o menos su cometido, pero era muy estática y apenas permitía añadir contenidos, por lo que he debido cambiarla. Estamos en pruebas. Si algunos de los lectores que la visiten, tiene algún comentario que hacer, tanto el diseñador -Guillermo León, el mismo que ha diseñado la página web de Iker Jiménez- como yo mismo, estaríamos muy agradecidos por las observaciones que pudieran ayudar a corregir algún defecto. Repetiré este anuncio algún día más. Saludos cordiales de nuevo.
Martes, 5 de Octubre 2010
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Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Nuevos prodigios de Juan en Patmos Había otro hombre rico en la ciudad de Forá que se llamaba Basilio y era el tribuno. Tenía una pena particular porque su esposa, Caris de nombre, era estéril por lo que no podría nunca dar a luz un hijo. Basilio tuvo noticia de que algo importante sucedía en casa de Mirón. Se dirigió a un sobrino de Mirón para informarse. Y supo de Juan, hombre que nunca se equivocaba cuando hacía alguna afirmación y que era capaz de hacer todo cuanto quería. El tribuno se acordó de su problema y se encaminó a casa de Mirón para encontrarse con Juan. La solución a la esterilidad de su mujer no podía ser más sencilla: “Basilio, hijo mío, cree en Cristo y él cumplirá todos los deseos de tu corazón” (c.22,4). Lleno de ilusión, Basilio fue con su esposa a visitar al Apóstol. Cuando Juan se encontró con los esposos, les garantizó que Dios cumpliría sus deseos y “a ti, Caris, te dará un buen fruto de tu seno”. Suplicaron a Juan que los iluminase, lo que realizó Juan bautizándolos en el nombre de la Trinidad. Basilio quería que Juan y Prócoro se trasladasen a su casa, pero Mirón permitió solamente que Juan fuera con los esposos para rezar con ellos. “Regresamos”, sigue diciendo Prócoro, “a la casa de Mirón”. Por su parte, la esposa de Basilio concibió y dio a luz un hijo a quien puso el nombre de Juan en señal de recuerdo y gratitud. Basilio entregó a Juan bienes en abundancia para que los distribuyera entre los pobres. Y como en otros casos, el Apóstol prefirió que se encargara el mismo Basilio de repartir sus bienes en la esperanza de que así tendría un tesoro en los cielos. Al cabo de dos años, fue liberado de su cargo el gobernador Lorenzo, esposo de Crisipa. Se dirigió a Juan con la intención de cumplir su promesa de hacerse cristiano perfecto. Le explicó en forma un tanto confusa las razones de su retraso, por el que solicitaba comprensión y perdón. El Apóstol le instruyó sirviéndose de las Escritura sagradas. Y después de haberlo catequizado suficientemente, lo bautizó y lo envió a su casa en paz. En Forá se encontró Juan con otro hombre importante, llamado Crisos, que era politarca o jefe de la ciudad. Aquel hombre tenía un hijo único que estaba atormentado por un espíritu inmundo. Al oír hablar de los prodigios que Juan realizaba, se dirigió a casa de Mirón en su busca. Juan conoció las razones de la situación y echó en cara al politarca su actitud de venalidad en el ejercicio de su cargo. Pensaba que Juan actuaba según sus mismos criterios personales, por lo que le ofreció cualquier cosa que deseara con tal de devolver la salud a su hijo. Pero las palabras del Apóstol no ofrecían duda: “Criso, tus pecados están matando a tu hijo. Deja de aceptar regalos, y serás alabado por Dios. No practiques la acepción de personas en contra de tu alma, y así guardarás el mandamiento de Dios” (c 24,1). Le pedía, además, que creyera en el crucificado si quería ver sano a su hijo. El politarca respondió con la plegaria literal del padre del epiléptico de Mc 9,23: “Creo, Señor, ayuda mi incredulidad” (c. 24,3). Para ayuda de su incredulidad, Criso fue catequizado por Juan con el apoyo de las Escrituras. Luego regresó a su casa para recoger a su esposa y a su hijo y volvió con grandes regalos a casa de Mirón, donde solicitó el sello en Cristo para toda la familia. Juan explicó a Criso que el sello en Cristo no exigía ninguna clase de riquezas, sino solamente una fe sincera. El episodio acabó un vez más con el bautismo. Tres años llevaba Juan residiendo con Prócoro en la casa de Mirón, donde seguía predicando a los creyentes. Salió un día con su discípulo y se dirigió al lugar donde se levantaba el templo de Apolo. Unos eran fieles a Juan, otros eran paganos. Había allí unos sacerdotes de Apolo, que hablaron a la multitud reunida acusando a Juan de impostor recordando que había venido a la isla como desterrado por su práctica de la magia. El Apóstol replicó con las palabras de Jesús en Mt 23,38 y Lc 13,35: “He aquí que vuestra morada de Apolo queda desierta”. Al momento, el templo se vino abajo, aunque sin provocar ninguna víctima. Los sacerdotes de Apolo golpearon a Juan y lo encerraron en una cárcel tenebrosa con Prócoro. Se dirigieron luego al gobernador al que dijeron que el mago y desterrado había destruido el templo de Apolo con sus artes mágicas. Enterados Mirón y su hijo Apolónidas de lo sucedido, se dirigieron al nuevo gobernador al que pidieron que dejara libre a los prisioneros. Ellos se hacían responsables con sus personas y sus bienes de lo que pudiera suceder. La autoridad de los suplicantes y la fuerza de sus razonamientos lograron lo que pretendían. Mirón pedía a Juan que no abandonara su casa porque la gente de la ciudad era malvada y hostil. Pero Juan insistía en recordar que los apóstoles no habían sido enviados para estarse quietos en las casas, sino para predicar al mundo. Para cumplir su misión estaban dispuestos incluso a morir si preciso fuera. Salieron Juan y Prócoro de la casa de Mirón y se dirigieron a la localidad de Tiquio, donde había un paralítico que les abordó diciendo que tenía alimentos y que los invitaba a comer con él. Juan le prometió que comerían juntos aquel día. En eso estaban cuando una mujer se acercó a Juan para preguntarle que dónde estaba el templo de Apolo. La pobre tenía un hijo atormentado de un mal demonio y quería consultar al dios acerca de su modo de tratar el caso. Pero Juan resolvió el problema a su manera: “Vete a tu casa, que tu hijo ya está curado en el nombre de Cristo” (c. 26,3). Continuaron Juan y Prócoro su camino hacia Tiquio, donde los esperaba el paralítico. “Aquí estamos para la comida”, -le dijo Juan-, “a ver quién nos sirve”. El paralítico se excusaba por haberlos molestado. Pero Juan replicó: “Nada de eso, sino que en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios, levántate y sírvenos tú”. Y tomaron juntos la comida, servida por el paralítico ya curado de su dolencia. Al día siguiente, llegó a casa de Mirón el antiguo paralítico, se arrojó a los pies de Juan y le pidió el sello en Cristo. El relato termina diciendo: “El Apóstol lo catequizó y lo bautizó” (c. 26,5). Al día siguiente de los hechos, se dirigieron Juan y Prócoro a un lugar llamado Proclo, situado junto al mar, donde había varias tiendas de curtidores. Uno de ellos era el judío Caros, quien entabló con Juan un fuerte debate sobre los libros de Moisés. Juan le explicaba los misterios del cristianismo a partir de las Escrituras. Pero Caros empezó a blasfemar. Juan le espetó sin contemplaciones: “Calla, enmudece”. Caros se tornó mudo, incapaz de hablar. Juan, en cambio, continuaba hablando a la turba. Un filósofo que se hallaba presente intercedió por el mudo recordando que “la miel no conoce amargura, ni la leche malicia”. Después de tres horas, Juan habló a Caros diciendo: “En el nombre de Jesucristo quedó cerrada tu boca; en el mismo nombre tus labios se abrirán” (c. 27,3). El suceso terminó con la habitual instrucción y el consiguiente bautismo. Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 4 de Octubre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Los sucesores de Pablo (los autores de las Epístolas falsamente atribuidas a Pablo= 2 Tesalon.; 1 2 Timoteo, Tito, Colosenses, Efesios) enmarcan su parenesis, es decir, su exhortación ética, acerca de la posición de las mujeres (e indirectamente sobre su función meramente doméstica en relación con su sexo, el amor y el matrimonio) en dos coordenadas: 1. En la doble realidad –ya señalada- de la imperiosa necesidad de acomodación de la estructura organizativa y de gobierno de las comunidades cristiana dentro del Imperio a las estructuras de éste, y a la realidad de la salvación en una iglesia más asentada en este mundo, puesto que el fin y la esperada venida del Mesías Jesús (parusía) no tenía lugar. En época postapostólica lo carismático, tan paulino (1 Cor 12 y 13) va perdiendo terreno. Por ello la actuación libre de la mujer en el nuevo ámbito o desaparece; o pierde terreno (una profetisa como Jezabel, antes mencionada, puede ser declarada ya hereje o “hija de Satánas”); o bien se acomoda a una comunidad ya regulada de otro modo no carismático ni doméstico. 2. En el orden de la creación, según las pautas de Gn 2,18: « “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" » y 2,20-23: « “El hombre puso nombre a todo ganado y a las aves del cielo y a toda bestia del campo, mas para Adán no se encontró una ayuda que fuera idónea para él. Entonces el Señor Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y éste se durmió; y Dios tomó una de sus costillas, y cerró la carne en ese lugar. Y de la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hombre. Y el hombre dijo: Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada”. » El capítulo 3 del Génesis, la historia de la seducción de Eva por la Serpiente, y consecuentemente la “falta” o “pecado” originario (que será entendido de muy diversas formas), tendrá también una enorme importancia en contra de la mujer: ella fue, no el varón, quien se dejó seducir. El varón, conforme a este texto –entendido durante muchos siglos al pie de la letra- tendrá siempre la posibilidad de echar la culpa a la mujer de todo lo malo. Que el nuevo orden comunitario de los grupos cristianos, acomodado a su tiempo, requería el cambio de situación de la mujer que conllevaba una absoluta subordi¬nación -como señaló ya hace tiempo Lidia Falcón, Mujer y Sociedad. Cap. II “Las técnicas de la sumisión”. Barcelona 1973, 33-38- lo expresará muy claramente el autor, postpaulino, de la 1ª carta a Timoteo en 2,11-14: « “Que la mujer aprenda calladamente, con toda obediencia. No permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada. Porque Adán fue creado primero, después Eva. Y Adán no fue el engañado, sino que la mujer, siendo engañada completamente, cayó en transgresión”. » Concepciones por el estilo, dentro de una parenesis matrimonial, se hallan en Colosenses 3,18s: g[ “Las mujeres sean sumisas a sus maridos como viene en el Seño […] porque el marido es cabeza de la mujer”. ]g Y en Efesios 5,22-24: « “Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo”. » Y en Tito 2,4-5: « “(Hay que enseñar a) las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada”. » Y en 1 Pedro 3,1: « “Vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta de sus mujeres”. » De la misma época que las epístolas deuteropaulinas es la denominada Primera carta de Clemente (compuesta en Roma hacia el 95-96 d.C.). Leemos en ella: « (En los tiempos en que erais fieles, vosotros, los hermanos de Corinto) recomendabais a vuestras jóvenes sentimientos de moderación y reverencia, y mandabais a vuestras mujeres que cumplieran todos sus deberes con conciencia intachable, reverente y pura, amando de modo debido a sus maridos; y las enseñabais a trabajar religiosamente, fieles a la regla de la sumisión, en todo lo atañente a su casa, guardando toda templanza. Todos erais humildes, sin arrogancia de ninguna clase, amigos antes de obedecer que de mandar, más prestos y alegres en dar que en recibir… (1,3-2,1). » Son éstos unos textos en los que se dibuja a la mujer cristiana a la par de la imagen tradicional de la fémina en el Imperio helenístico-romano: meramente casera, hacendosa, modesta y separada de toda vida pública, mal vista cuando se adorna provocati¬va¬mente (1 Pe 3,3; 1 Tim 2,9). Su virtud principal y obligatoria era el pudor y la castidad. Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Domingo, 3 de Octubre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Como decíamos en la postal anterior hay probablemente un aspecto positivo en todo ellos en lo que respecta a la consideración de la mujer. Ocurriría con Pablo en este ámbito lo que pasa también cuando se considera la Epístola a Filemón. En ella el Apóstol no discute la situación y estado de la esclavitud, y la acepta sin más como existente en su propio sistema socio-económico implícito. Pero, en su comportamiento real con el esclavo Onésimo, es Pablo de una cordialidad y humanismo de tal calibre, que puso para el futuro las semillas en el suelo del cristianismo para que otros, con el tiempo, pudieran superar sus propias posturas, condicionadas por su época. No puede afirmarse ni siquiera –de acuerdo con los textos conservados- que el hecho de que las comunidades paulinas estuvieran de facto regidas por mujeres garantizara que esas mismas féminas fueran conscientes de unas posibles exigencias sociales de emancipación, ni tampoco de la revolución que podría suponer en el mundo grecorromano su liderazgo. Entonces ¿por qué esta “utilización” por parte de Pablo de las mujeres como coadyuvantes en sus tareas? ¿Por qué la “utilización” de los valores femeninos en el gobierno de sus comunidades? En mi opinión por unas razones sociales y meramente prácticas que poca gente tiene en cuenta: 1. Las primeras comunidades eran muy pequeñas, domésticas. Por tanto las mujeres podían aplicar en su gobierno las mismas virtudes y cualidades que la sociedad patriarcalista aceptaba que tenía la mujer en el gobierno de las unidades familiares: prudencia, sentido práctico, etc. La “iglesia doméstica” era en realidad una entidad “familiar” un poco mayor. 2. Para las comunidades paulinas -totalmente gobernadas por la férvida creencia en un fin del mundo inmediato-, la religión no pertenecía al ámbito de lo externo, público y político (reino de los varones, como insistiremos luego), sino a lo interno, privado, doméstico (reino de las mujeres). Por tanto, si las mujeres ejercían en este ámbito un cierto liderazgo no se vulneraban las costumbres sociales, que diferenciaban claramente lo externo y público/político como ámbito varonil, de las virtudes masculinas, y superior, ni se producía “escándalo” alguno. Pero en el momento en el que parecen trascenderse los límites de la naturaleza inferior, secundaria, sujeta a obediencia, ínsita al ser de las mujeres porque así se lo enseñaba su Biblia, por ejemplo orar o profetizar con la cabeza descubierta… ¡como los varones! (1 Cor 11), Pablo pone auténticamente el grito en el cielo y ordena obedecer a la naturaleza u ordenamiento de la creación. El paso dentro del cristianismo a comunidades más grandes y numerosas, no gobernadas ya por el temor o el deseo del inmediato fin del mundo (debido al retraso de la parusía) hará que cambie la situación preferente de la mujer en los grupos paulinos. En efecto, una comunidad con un notable mayor número de miembros, ya en el siglo II, da un cierto paso –precisamente porque comienza a establecerse bien en este mundo y por su propio tamaño- hacia lo público y político. El cristianismo, cuando crece en número de fieles a la vez que se separa ideológicamente del judaísmo, se ve enfrentado –aun sin querer- a la estructura política del Imperio. De acuerdo con el espíritu de la época, y de acuerdo también con el hecho de que -a pesar del retraso de la parusía- la Iglesia no tenía el menor impulso interno para hacer una revolución social pues se creía peregrina en el mundo (1 Pedro 1,1: el cristiano como extranjero, de paso en este mundo), los cristianos comenzaron a desbancar conscientemente a las mujeres de su rango superior en sus comunidades; se inició su eliminación de los cargos eclesiásticos –salvo excepciones-, y se propugnó la vuelta de las mujeres a su denominada “situación natural”, la sumisión, y la obediencia al varón en lo público, exterior y político…. Y como veremos, en el ámbito familiar la pretendida independencia es un sometimiento real al pater familias. Este tránsito lo veremos de un modo claro coleccionando -y reflexionando simplemente sobre ellos- los textos que hablan de las situación de la mujer en la escuela de Pablo, que crean una iglesia que comienza a organizarse como las instituciones externas del Imperio y que inicia decididamente su acomodación a un estado largo, indefinido, de residencia en este mundo. Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Sábado, 2 de Octubre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Naturalmente el cuadro paulino parcialmente igualitario en la intimidad del matrimonio no lo es, ni mucho menos, en la valoración social de la mujer, por el hecho de que Pablo postula como norma de convivencia social el que la mujer quede subordinada al varón. En este misma Primera carta a los Corintios escribe el Apóstol (11,3-10): « Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios. 4 Todo hombre que cubre su cabeza mientras ora o profetiza, deshonra su cabeza. 5 Pero toda mujer que tiene la cabeza descubierta mientras ora o profetiza, deshonra su cabeza; porque se hace una con la que está rapada. 6 Porque si la mujer no se cubre la cabeza, que también se corte el cabello; pero si es deshonroso para la mujer cortarse el cabello, o raparse, que se cubra. » « 7 Pues el hombre no debe cubrirse la cabeza, ya que él es la imagen y gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. 8 Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre; 9 pues en verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre. 10 Por tanto, la mujer debe tener un símbolo de autoridad sobre la cabeza, por causa de los ángeles. » Apenas hay que nada que comentar en ese pasaje, pues el sentido es claro en las líneas generales que aquí nos interesan. Como indicamos arriba, Pablo concentra su argumentación en el texto de Génesis 2,7 (el segundo comentado) olvidando el primero. Un eco débil de la tendencia igualitaria que podría obtenerse con buena voluntad de este mismo pasaje genesiaco le sirve a Pablo para restablecer un cierto equilibrio entre varón y mujer (1 Cor 11,11-15): Sin embargo, en el Señor, ni la mujer es independiente del hombre, ni el hombre independiente de la mujer. 12 Porque así como la mujer procede del hombre, también el hombre nace de la mujer; y todas las cosas proceden de Dios. 13 Juzgad vosotros mismos: ¿es propio que la mujer ore a Dios con la cabeza descubierta? 14 ¿No os enseña la misma naturaleza que si el hombre tiene el cabello largo le es deshonra, 15 pero que si la mujer tiene el cabello largo le es una gloria? Pues a ella el cabello le es dado por velo. 3 Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios. Pero el texto de 1 Tes 4,3-5 « “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; es decir, que os abstengáis de inmoralidad sexual; 4 que cada uno de vosotros sepa cómo poseer su propio vaso en santificación y honor, 5 no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios”, » en el que Pablo utiliza para designar a la mujer un término que parece teóricamente vejatorio (griego skeúos, “objeto”), nos hace pensar que Pablo, en el fondo, albergaba sobre la mujer las mismas ideas negativas que su época. Un talante análogo fundamenta la alta estima de la virginidad en 1 Cor 7,25-38, el texto que principalmente estamos comentando. En síntesis, de la premisa cristonómica de Gál 3,28 no deriva Pablo ninguna norma ético-social, ningún dictum igualitario varón-mujer en el ámbito de lo social. La igualdad escatológica queda aplastada en la vida, aquí en la tierra antes del fin, por la desigualdad patriarcalista, según esquemas tradicionales. Y normalmente no podría esperarse que fuera de otro modo, porque el Apóstol es hijo de su tiempo y porque la preocupación por el fin del mundo presente hace que no le importaran nada las reformas sociales de “acá abajo”. ¿Podría decirse, pues, que para Pablo la mujer es un ser humanode segundo grado? Muchos comentaristas lo niegan rotundamente, pues hay que tener en cuenta los pasajes que más arriba hemos expuesto acerca de las funciones de las mujeres en la comunidad como patronas, benefactoras, maestras, evangelizadoras, diaconisas, etc., más la igualdad de manifestarse en público como orantes en alta voz y profetisas. Otros aceptan que Pablo albergaba para su interior, y lo dejó mostrar en 1 Cor 7, un dualismo que contrapone “lo espiritual a lo mundano/sexual”, representado sobre todo en la carnalidad de las mujeres, pero que, por suerte, no llega a deducir de ello una norma antimundana y antimateria/anticuerpo de tal calibre como cien años más tarde hará el cristianismo gnóstico. En general podría decirse que para Pablo hombre y mujer están al mismo nivel uno y otro (el uno para el otro) en las relaciones sexuales y en lo espiritual (1 Cor 7,4.11), y que cristológicamente son iguales, pero sin deducir ninguna consecuencia explícita para la vida social en lo que se refiere a la igualdad. En la próxima postal comentaremos algunos aspecto positivos de la consideración paulina de la mujer. Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Viernes, 1 de Octubre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Decíamos en la nota anterior que ahondaríamos en la idea de que para Pablo la soltería o el matrimonio no tienen en sí y por sí mismos ninguna importancia salvífica Entre los primeros cristianos se daban –entre otras dos posturas extremas y contradictorias respecto al sexo, bien representadas entre los pertenecientes a esa comunidad griega de Corinto, fundada por Pablo: unos, totalmente contrarios al sexo; otros, los llamados “gnósticos libertinos”, para quienes el sexo era materia sólo corpórea y por tanto indiferente: podía practicarse, incluso con prostitutas, sin consecuencias para el espíritu (1 Corintios 6,13-16). Estos cristianos, que se consideraban superiores gracias a haber resucitado ya espiritualmente y al don de su especial sabiduría (conocimiento o “gnosis”) recibida de Dios, pensaban que se había trastocado la esencia de su persona, que ésta se hallaba por encima de la “carne”, por lo que cualquier acto de sexo era en sí inocuo, indiferente, no afectaba al “espíritu”, su parte superior, ya unida con la divinidad. Y como afirmamos, Pablo no defiende ni lo uno ni lo otro. Pero, para su aprecio por la virginidad había otra razón: el Apóstol estaba verdaderamente obsesionado por el inmediato fin del mundo: el tiempo final está a las puertas. Desde ese punto de vista, el de la proximidad del fin, sí llega Pablo a una relativización absoluta del eros y del matrimonio. Éste es un mero “remedio de la concupiscencia” (v. 2: “por razón de la impureza, tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido”), y las relaciones sexuales sólo deben practicarse, naturalmente dentro del matrimonio, en principio para la procreación de los hijos y por razón de la imposibilidad de la continencia (v. 5: “No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia”). Dentro de la misma perspectiva del fin del mundo y de la “atmósfera gnóstica”, tan anticarnal, Pablo efectúa una valoración positiva del celibato sobre el matrimonio, como hemos dicho: a) el trasfondo gnóstico le lleva a mirar mal, en el fondo, al cuerpo; y b) por otra parte, el próximo final del mundo conduce a Pablo, a pensar que en realidad debe acabarse todo casamiento ya que los cristianos deberían dedicarse en cuerpo y alma al Señor, a esperar su pronta venida. El celibato no requiere una gracia, un carisma especial, sino que es una cuestión de razón cristiana debido a la “angustia del presente” (v. 26), y porque tiene menos problemas: “Yo os quisiera libre de preocupaciones”, escribe Pablo. “El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se ocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está, por tanto, dividido…, os digo esto para vuestro provecho… para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor” (vv. 32-35). Pero el que no pueda ser consecuente con esta perspectiva, que se case: “Más vale casarse que abrasarse” (v. 9). El matrimonio es, pues, una especie de mal menor para Pablo, o por lo menos no deseable por sí mismo. Y el que se halla en el estado matrimonial, por supuesto, no debe separase: v. 17, pero debe al menos relativi¬zarlo; “El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen” (v. 29). Pero Pablo no es un gnóstico consumado, ni mucho menos (eso ocurrirá unos 100 años más tarde); no se deja llevar al completo por la corriente cuyos juicios negativos sobre el cuerpo material y la mujer hemos expuesto antes. Desde el punto de vista feminista, el aspecto positivo de la doctrina paulina radica en una innegable valoración de la mujer al mismo nivel que el hombre en ciertos estratos del horizonte matrimonial-sexual. Pablo puede situarse también en la línea del primer texto del Génesis (1,27): la prohibi¬ción del divorcio afecta por igual al hombre y a la mujer (vv. 10-11), y en cuanto a las relaciones conyugales, el Apóstol presupone una igualdad absoluta de condiciones (vv.2-4); el celibato no parece fundamentarse a pesar de todo en una estimación negativa del ser femenino, en cuanto femenino, al estilo del Testamento de Rubén, como objeto sexual perverso. Como comparación con la mentalidad de Pablo, judío al fin y al cabo, merece la pena citarse este texto del judaísmo apocalíptico, texto que está englobado en la obra Testamentos de los XII Patriarcas, que se compuso en una época va del siglo I a.C. al I d.C. (eliminadas las excrecencias de escribas cristianos posteriores): « "No prestéis atención a la hermosura de las mujeres ni os detengáis a pensar en sus cosas... Ruina del alma es la lujuria; aparta de Dios y acerca a los ídolos, engaña continuamente la mente y el juicio y precipita a los jóvenes en el Hades antes de tiempo.. .Pues, perversas son las mujeres hijos míos: como no tienen poder o fuerza sobre el hombre lo engañan con el artifi¬cio de su belleza para arrastrarlo hacia ellas. Al que no pueden seducir con la apariencia lo subyugan por el engaño. Sobre ellas me habló también el ángel del Señor y me enseñó que las mujeres son vencidas por el espíritu de la lujuria más que el hombre. Contra él urden maquinaciones en su corazón y con los adornos lo extravían, comenzando por las mentes. Con la mirada siembran el veneno y luego lo esclavizan con la acción. Una mujer no puede vencer por la fuerza a un hombre, sino que lo engaña con artes de meretriz. Huid, pues, de la fornicación, hijos míos, y ordenad a vuestras mujeres e hijas que no adornen sus cabezas y rostros, porque a toda mujer que usa engaños de esta índole le está reservado un castigo eterno... Guardaos de la fornicación y si deseáis mantener limpia vuestra mente, guardad vuestros sentido apartándolos de las mujeres. La lujuria no posee ni sabiduría ni piedad, y la envidia habita en su deseo" (caps. 4, 5 y 6; cf. A. Piñero, Apócrifos del Antiguo y Nuevo Testamento. Selección de textos, Cátedra, Madrid, 2010). » Como vemos, hay una atmósfera distinta en Pablo a la de este texto que es –quizás, la fecha de composición es dudosa- un poco anterior, del siglo I a.C. Seguiremos comentando la postura de Pablo en lo que afecta al estatus de las mujeres reflejado en 1 Corintios 7 Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Jueves, 30 de Septiembre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Seguimos hoy explicando someramente qué es “cuerpo” en el pensamiento de Pablo. Nos apoyamos en la obra de Günther Bornkamm, citada en la postal anterior) que nos parece tener un resumen ideal sobre el tema. B. “Cuerpo” es utilizado por Pablo muchas veces en un sentido que llamaríamos normal o directo: la presencia corporal del ser humano (1 Cor 5,3), los dolores y sufrimientos unidos a lo corpóreo (Gál 6,17 1 Cor 9,27), las relaciones sexuales (1 Cor 6,17; 7,14); abundancia o falta de fuerza física (Rom 4,19). • También es familiar a Pablo la idea, común en la Antigüedad y elemental, de la unidad del cuerpo a pesar de la enrome diversidad de sus miembros y sentidos (Rom 12,4; 1 Cor 12,12). • Para Pablo, y el judaísmo en general, no es admisible una noción común sobre el “cuerpo” propia de la “mística” o espiritualidad de loa religión griega, herencia del pensamiento de los órficos o seguidores del dios/héroe Orfeo, y que Platón difundió en sus diálogos: el cuerpo es una prisión o tumba del cuerpo (juego de palabras en griego soma/ sema = “cuerpo”/ “tumba”). • Tampoco el cuerpo para Pablo es separable en todos los sentidos del alma y del espíritu del hombre, ya que éstos no se dan en este mundo sin el cuerpo. Por tanto, para Pablo el cuerpo es la realidad concreta y palpable del ser humano. Así el hombre no tiene cuerpo, sino que es cuerpo. Por esto, ofrecer el cuerpo a Dios es ofrecer en un cierto aspecto el ser entero del hombre. Pablo dice: “Vuestros cuerpos pertenecen a Cristo” (1 Cor 6,15); “Vosotros sois cuerpo de Cristo (1 Cor 12,27); “Ofreced vuestro cuerpos como víctima propiciatoria (Rom 12,1). Por tanto “en mi cuerpo” puede significar en Pablo “en mí mismo completo” no en “una parte de mí mismo”. • Pero al tener el ser humano “cuerpo”, Pablo piensa que el ser humano no es dueño completo de sí mismo, como podría pensarse. “Cuerpo” caracteriza más bien al hombre como un ser que no se pertenece totalmente a sí mismo, sino que está sometido a fuerzas dominadoras que controlan (con permiso de Dios, naturalmente, pero de modo misteriosamente contrario a la voluntad de Éste) todo el ámbito corpóreo. Así el cuerpo está dominado al Diablo, al Pecado y a la Muerte (personificados). Tras el pecado primigenio de Adán, y de modo misterioso que Pablo nunca explica satisfactoriamente, el ser humano corpóreo está dominado por esos tres poderes. El principal es el Pecado. Eso significa que al estar dominado por éste se ha hecho indigno de todas sus maravillosas posibilidades (que tenía el primer hombre en el Paraíso) y ya no tiene libertad verdadera. Está condenado a la perdición tras la Muerte. De hecho Dios creó el cuerpo, pero en la historia y en tiempo del mundo presente (la edad o eón presente) el hombre está como dentro de la cárcel de la historia terrena y de la temporalidad terrena. No puede liberarse para salir de esta dimensión. • Pero una vez que el ser humano es justificado (declarado justo y liberado del Pecado, y por tanto del Diablo y de la Muerte eterna) ante Dios, el cuerpo humano puede ya servir a la justicia divina (Rom 6, 12-23). De hecho es que tanto el mundo como el cuerpo tras la redención de Cristo –según Pablo- son vivificados de tal modo que se puede hablar de una “nueva creación”. • El ser humano entero –no sólo el alma y el espíritu- participan de la bondad de la nueva creación. Éste el fundamento de por qué es necesaria la resurrección corporal (pensamiento judío) y no basta con la inmortalidad del alma/espíritu. Pero esta resurrección corporal, del cuerpo no es propiamente la resurrección de la “carne”, sino del cuerpo espiritualizado (todo el cap. 15 de 1 Corintios). Ahora que -creo- entendemos mejor el pensamiento de Pablo, podemos comprender algunos otros aspectos de su consideración de la mujer, prototipo de lo corpóreo. Aunque no me atrevo a asegurarlo firmemente, pienso que es probable que el pensamiento de Pablo fuera asimilar al de Jesús en este extremo. Así opina B. Withe¬rington, Women in the Ministry of Jesus. A Study of Jesus' Attitude to Women as Reflected in his earthly Life = La mujeres en el ministerio de Jesús. Estudio sobre la actitud de Jesús respecto a las mujeres. Cambridge (Studiorum Novi Testamenti Societas, Monogr. Series), 51 1984, 28ss. Estas ideas -hoy día consideradas por algunos tan antifemeninas- pueden tener además otro fundamento en las nociones de Pablo sobre la historia de la salvación. La venida del Reino de Dios no desempeña ya en el pensamiento de Pablo la función que tenía en Jesús. Pablo, como es sabido, apenas utiliza el concepto del Reino de Dios futuro (Rom 14,17; 1 Cor 4,20; 6,9; 15,50; Gál 5,21; cf. 1 Tes 2,12), que es sustituido en su sistema por el anuncio de un acto salvador de Dios, realizado ya en el pasado, por la muerte voluntaria y expiatoria de su Hijo. Dentro de este contexto, lo único que importa para Pablo es la relación “con el Señor” que nos ha salvado. El matrimonio, la suprema institución social y religiosa de relación entre varón y mujer, no es en sí ni bueno ni malo. Todo depende de cómo se relacionen los esposos con el Señor. Pero el Apóstol intenta ser equilibrado: contra las exageraciones de algunos cristianos de Corinto, probablemente “protognósticos”, que afirmaban “bien le está al hombre abstenerse de mujer” (1 Cor 7,1: esta frase es dudosa; en mi opinión no parece ser de Pablo -aunque de facto él asiente con su contenido-, sino de quienes le preguntan por escrito desde Corinto sobre su pensamiento en torno al eros y el matrimonio), él, Pablo, afirma sin ambages que el matrimonio no es en sí perverso, y que, tanto el matrimonio, como el celibato voluntario, el suyo, son estados de este mundo, en los cuales se podía ya estar cuando Dios otorga la “vocación” de la fe. Pablo piensa en los paganos convertidos: a unos les llega la fe como solteros y a otros ya como casados. Los estados de soltería o de matrimonio no tienen en sí y por sí mismos ninguna importancia salvífica (v. 17). Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Miércoles, 29 de Septiembre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Transcribimos y comentamos brevemente 1 Corintios 7, dejándonos, como es natural, otras perspectivas que ahora no nos ocupan. « 29 Mas esto digo, hermanos: el tiempo ha sido acortado; de modo que de ahora en adelante los que tienen mujer sean como si no la tuvieran; 30 y los que lloran, como si no lloraran; y los que se regocijan, como si no se regocijaran; y los que compran, como si no tuvieran nada; 31 y los que aprovechan el mundo, como si no lo aprovecharan plenamente; porque la apariencia de este mundo es pasajera. 32 Mas quiero que estéis libres de preocupación. El soltero se preocupa por las cosas del Señor, cómo puede agradar al Señor; 33 pero el casado se preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, 34 y sus intereses están divididos. Y la mujer que no está casada y la doncella se preocupan por las cosas del Señor, para ser santas tanto en cuerpo como en espíritu; pero la casada se preocupa por las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. 35 Y esto digo para vuestro propio beneficio; no para poneros restricción, sino para promover lo que es honesto y para asegurar vuestra constante devoción al Señor. 36 Pero si alguno cree que no está obrando correctamente con respecto a su hija virgen, si ella es de edad madura, y si es necesario que así se haga, que haga lo que quiera, no peca; que se case. 37 Pero el que está firme en su corazón, y sin presión alguna, y tiene control sobre su propia voluntad, y ha decidido en su corazón conservar soltera a su hija, bien hará. 38 Así los dos, el que da en matrimonio a su hija virgen, hace bien; y el que no la da en matrimonio, hace mejor. 39 La mujer está ligada mientras el marido vive; pero si el marido muere, está en libertad de casarse con quien desee, sólo que en el Señor. 40 Pero en mi opinión, será más feliz si se queda como está; y creo que yo también tengo el Espíritu de Dios. » Obsérvese en este amplio texto (1 Cor 7,1-40, dividido en parágrafos por el sentido, cuyo comentario parcial está apareciendo a lo largo de esta miniserie aquí y allá), que para este mundo, antes del fin, esa diferencia de grado entre hombre y mujer es casi óntica, esencial. La mujer está como atrapada en la esfera de lo sensitivo, por no decir sensual. A partir de otro pasaje paulino « “Por tanto, la mujer debe tener un símbolo de autoridad sobre la cabeza, por causa de los ángeles” (1 Cor 11,10), » sabemos que la mujer debe velarse la cabeza por respeto a los ángeles: a) bien porque esos espíritus están presentes realmente dentro de la comunidad (teología afín a la qumránica = los ángeles participan en la liturgia de los “santos”, los miembros de la comunidad, cuando éstos están alabando a Dios), b) bien porque la belleza de las mujeres puede seducir incluso a los ángeles (alusión oscura quizás a Gn 6,1-4 = “Y aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, 2 viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, se tomaron mujeres, escogiendo entre todas. 3 Y dijo Yahvé: ‘No contenderá mi Espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años’. 4 Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos: Éstos fueron los valientes que desde la antigüedad fueron varones de renombre.”). Sin embargo, los varones no tienen por qué mostrar esa señal de respeto. En estas circunstancias de desigualdad esencial (ésta es una muestra sólo) es imposible imaginarse que Pablo pudiera pensar en una emancipación radical de la mujer. Al estilo de la moral judía y romana-helenística de su tiempo consideraría tal emancipación como un signo de la decadencia moral de la sociedad. Pablo, por su prevención de corte gnóstico contra todo lo corpóreo-material, se aparta -en esta doctrina sobre el matrimonio- fundamental¬mente de la tradición judía en cuanto que no considera, ni mucho menos, a la sociedad matrimonial como una institución casi obligatoria, como el culmen de la realización del ser humano, ni ve en la procreación de los hijos un acto de piedad. El padre puede, o no, entregar a su hija doncella libremente en matrimonio, obligándola al parecer a permanecer virgen (vv. 37-38). Llegados a este punto me parece conveniente aclarar un poco dos conceptos fundamentales del pensamiento paulino que se hallan en íntima relación con el tema de lo corpóreo-material, dentro del cual y siguiendo la mentalidad de su tiempo sitúa Pablo el ámbito de la mujer en su función en este mundo. Los dos temas son “carne” y “cuerpo” A. “Carne” en Pablo tiene un sentido elemental que proviene del Antiguo Testamento: “toda carne” y “carne y sangre” hacen referencia al ser humano o la humanidad en general. En otros casos más concretos, “carne” –también como en el Antiguo Testamento- se refiere frecuentemente al ser humano en cuanto criatura diferenciada del Creador. Afirma Günther Bornkamm en su obra Pablo de Tarso (versión española de Edit. Sígueme, de 1978 (la obra original, muy breve, es de 1969!!!, y todavía hoy merece la pena leerse; es de las mejores en mi opinión), p. 185 que “carne” es • El ser humano en su existencia mundana, efímera, por su origen como tal ser y por su situación en una sociedad de seres humanos en la que vive (Gál 4,13: “ Vosotros sabéis que en flaqueza de la carne os prediqué el evangelio al principio” ”; 2 Cor 12,7: “Y para que no me enaltezca desmedidamente por la grandeza de las revelaciones, me es dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera”, etc. • Son denominados carnales los bienes terrenos, pasajeros, como la comida y el dinero (Rom 15,27 y 1 Cor 9,11). • También significa “carne” la naturaleza y conducta humana en cuanto oposición y contradicción al Espíritu de Dios o a Dios mismo. “Carne” es el fundamento a partir del cual el hombre natural se entiende a sí mismo y el ideal de vida que tiene en este mundo rodeado de cosas materiales (Rom 8,22-23: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y está en dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, esto es, la redención de nuestro cuerpo”; 2 Cor 10,2; 11, 18). • Para Pablo el hombre adopta una conducta carnal pensando que es como el rey de sí mismo y del mundo, pero en realidad está esclavizado a poderes (carnales como el Pecado, en singular y con mayúscula, personificado). Como el pecado, la carne es también un poder esclavizante (Rom 7,14: “Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido bajo pecado”; Gál 5,16). Como se ve, estos conceptos, o mejor este mundo conceptual, aclaran –como diremos- que Pablo tenga cierta prevención ante el ámbito del matrimonio, del sexo y de la procreación, en el que la mujer desempeña un papel singular. Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Martes, 28 de Septiembre 2010
Notas![]()
Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Testamento de Augusto. Monumentum Ancyranum Dejo esta jornada el tema habitual sobre los Apócrifos para presentar a mis benévolos lectores un trabajo mío recientemente venido la luz. El título es Testamento de Augusto. Monumentum Ancyranum. Ha sido publicado por Ediciones Clásicas. Se trata de la inscripción descubierta en el siglo XVI en lo que fuera templo de Roma y Augusto en Ancira de Galacia, la actual Ankara. Una inscripción calificada por Th. Mommsen como “la reina de las antiguas inscripciones”, la más larga de las conocidas. Y aunque ya ha sido publicada en otras ediciones, estimo que ciertos aspectos no han sido suficientemente destacados, por lo que he creído oportuno hacer una nueva edición con un amplio comentario. Es una crónica autobiográfica de las gestas realizadas por el emperador Augusto. Suetonio habla de ella como de un Index rerum gestarum, depositado para su custodia en la casa de las Vestales (foto). De acuerdo con el título, el contenido del documento consta de dos apartados: las res gestae, práxeis (hechos) en el griego y los gastos, dōreái (dones). Aunque el documento es denominado “testamento”, solamente tiene de testamento su carácter de ultimidad. La inscripción estaba destinada para ser grabada en dos pilares de bronce delante del mausoleo del emperador. Pero perdidas estas copias originales, se descubrieron en Galacia las copias latina y griega, objeto de mi estudio. En Ankara se encuentran las copias de los dos idiomas en el actual edificio de la mezquita Haci Bayram. El texto latino está grabado en las dos paredes laterales interiores del vestíbulo del templo, el texto griego en la parte exterior del muro izquierdo. En Antioquía de Pisidia se encontró una copia latina, y en la antigua Apolonia apareció una copia griega, todas en la antigua provincia de Galacia. Para que no quede todo en el aspecto histórico romano, muchos lectores conocerán la opinión de autores que pretenden ver en los evangelios un reflejo de las vidas de ilustres romanos como Julio César, Octavio Augusto y otros. Allá ellos con sus razones. Pero en el documento de Augusto encontramos algún detalle conocido también en el evangelio, concretamente, en la narración del nacimiento de Jesús. El evangelista Lucas pretende poner el marco cronológico al nacimiento refiriendo los detalles de un censo decretado por Augusto. Éste es el texto: “Sucedió que en aquellos días salió un decreto del César Augusto para que se empadronara todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar siendo Quirino procurador de Siria. Marchaban todos a empadronarse, cada uno a su propia ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazareth, a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, por ser él de la casa y de la estirpe de David, para empadronarse con su esposa María que estaba encinta” (Lc 2,1-5). Los censos tenían importancia, porque eran la manera de conocer a los que eran sujetos obligados a pagar tributos. Por esa razón y con ciertas dosis de orgullo, Augusto hace referencia en su crónica a su actividad de convocarlos. Ésta es la relación que hace él mismo de los censos convocados bajo su autoridad: “En mi sexto consulado hice el censo del pueblo teniendo como colega a Marcos Agripa. Hice el sacrificio expiatorio después de cuarenta y dos años. En aquel censo fueron registrados cuatro millones sesenta y tres mil ciudadanos romanos. Nuevamente, con mi autoridad consular, siendo cónsules Cayo Censorino y Cayo Asinio, hice solo un censo en el que fueron registrados cuatro millones doscientos treinta y tres mil ciudadanos romanos. Por tercera vez y con mi autoridad consular hice un censo con mi hijo Tiberio César como colega siendo cónsules Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo; en aquel censo fueron registrados cuatro millones novecientos treinta y siete mil ciudadanos romanos”. Augusto hace referencia explícita a tres de los censos (apotimēseis) convocados por su autoridad consular. El primero de ellos, en colaboración con Marcos Agripa, en el tiempo de su sexto consulado, es decir, el año 28 a. C. El número de ciudadanos romanos alcanzaba la cifra de 4. 063.000. Menciona un nuevo censo hecho (feci) por él en solitario el año 5 a. C. con una cifra de 4.233.000 ciudadanos romanos. Convocó un tercer censo, teniendo como colega a su hijastro Tiberio César el año 14 d. C., con un resultado creciente de 4.937.000 ciudadanos. En los tres casos, Augusto menciona expresamente a los “ciudadanos romanos”, mientras que el texto griego habla simplemente de “romanos”. Como no habla el texto de los lugares donde se realiza el censo, no podemos sacar conclusiones más precisas, ni mucho menos su eventual relación con el censo narrado por Lucas, objeto de dudas y disensiones seculares. Lo que podemos asegurar es que el emperador Augusto contaba entre sus actividades consulares la de convocar censos. No necesito decir que el censo al que se vieron obligados José y María nada tiene que ver con los que realizó Augusto entre los ciudadanos romanos. Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 27 de Septiembre 2010
NotasHoy escribe Antonio Piñero Seguimos con el tema: “Viudas, mártires, diaconisas, sacerdotisas. Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas” Hoy se piensa comúnmente que la gnosis no era una religión específica en el siglo I de nuestra era, sino una “atmósfera espiritual”, como un conjunto de ideas religiosas que circulaban por todo el Mediterráneo oriental ya incluso –es muy posible- antes de la era cristiana. Esta atmósfera conceptual, aun sin constituirse en religión, influyó como ideología subyacente en diversas religiones. En el sistema de la gnosis es esencial un dualismo óntico y ético -de fuerte componente órfico y platónico por un lado e iranio, por otro-, según el cual el mundo del espíritu, de arriba, o de las ideas, o la luz, es el único bueno y verdadero, mientras que el ámbito de las tinieblas, de la materia, de abajo, lo corpóreo, es malo: es una degradación de la divinidad o último escalón del ser. Lo mejor del ser humano, su espíritu, se halla, según la gnosis, aherrojado en la materia. Para que este espíritu se salve, para que retorne al mundo de arriba de donde procede, la divinidad envía un Revelador/Redentor que revela, salva y que luego retorna al cielo. La revelación salvífica consiste en una “gnosis”, un conocimiento de cuál es la verdadera esencia del hombre, la espiritual; consiste en saber de dónde procede lo mejor que hay en el ser humano, cómo ha de retornar allí, a las alturas celestes, de donde vino. Saberlo y poner los medios para realizarlo constituye la salvación. Pero la mujer en los sistemas gnósticos, como generadora de nuevos seres humanos aherrojados en la materia, representa sobre todo el aspecto más material de la pareja humana donde se percibe con más nitidez el proceso de generación y de corrupción. El fenómeno de la menstruación, a la que se unen concepciones míticas en torno a la sangre y la mácula, ayuda también a considerar a la mujer como representante de la carnalidad dentro de la dualidad del ser humano. Así pues, la gnosis muestra una inmensa prevención contra el sexo, generador de seres encadenados a la materia, y contra la mujer, como la personificación más visible y adecuada del sexo. Y es curioso en extremo esta prevención hacia el sexo y la mujer en la gnosis, cuando por otro lado, son en estas comunidades, como e bien sabido, donde la mujer tiene una función más predominante que en otros tipos de cristianismo. Y tampoco deja de ser curioso que en los textos gnósticos abunden las metáforas de tipo sexual. Eran bien conscientes que en la vida aherrojada en la materia es difícil encontrar imágenes más explícitas de la unión de todo tipo entre los humanos, y por reflejo de la unión del espíritu con la divinidad con la que es consustancial. Teniendo en cuenta este trasfondo volvamos al pensamiento paulino sobre el tema de la mujer que está relacionado con el pensamiento acerca del sexo. Será evidente que para Pablo el eros nada vale por sí mismo, y es tratado por el Apóstol sólo en relación con el matrimo¬nio, como concesión (1 Cor 7,5-7) a la debilidad humana (“Más vale casarse que abrasarse”: 1 Cor 7,9), cuya carta magna se halla en el cap. 7 de la 1ª Epístola a los Corintios. Lo transcribimos en la nota de hoy y en la de la próxima ocasión 1 En cuanto a las cosas de que me escribisteis, bueno es para el hombre no tocar mujer. 2 No obstante, por razón de las inmoralidades, que cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. 3 Que el marido cumpla su deber para con su mujer, e igualmente la mujer lo cumpla con el marido. 4 La mujer no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino el marido. Y asimismo el marido no tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. 5 No os privéis el uno del otro, excepto de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; volved después a juntaros a fin de que Satanás no os tiente por causa de vuestra falta de dominio propio. 6 Mas esto digo por vía de concesión, no como una orden. 7 Sin embargo, yo desearía que todos los hombres fueran como yo. No obstante, cada cual ha recibido de Dios su propio don, uno de una manera y otro de otra. 8 A los solteros y a las viudas digo que es bueno para ellos si se quedan como yo. 9 Pero si carecen de dominio propio, cásense; que mejor es casarse que quemarse. 10 A los casados instruyo, no yo, sino el Señor: que la mujer no debe dejar al marido 11 (pero si lo deja, quédese sin casar, o de lo contrario que se reconcilie con su marido), y que el marido no abandone a su mujer. 12 Pero a los demás digo yo, no el Señor, que si un hermano tiene una mujer que no es creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. 13 Y la mujer cuyo marido no es creyente, y él consiente en vivir con ella, no abandone a su marido. 14 Porque el marido que no es creyente es santificado por medio de su mujer; y la mujer que no es creyente es santificada por medio de su marido creyente; de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mas ahora son santos. 15 Sin embargo, si el que no es creyente se separa, que se separe; en tales casos el hermano o la hermana no están obligados, sino que Dios nos ha llamado para vivir en paz. 16 Pues ¿cómo sabes tú, mujer, si salvarás a tu marido? ¿O cómo sabes tú, marido, si salvarás a tu mujer? 17 Fuera de esto, según el Señor ha asignado a cada uno, según Dios llamó a cada cual, así ande. Y esto ordeno en todas las iglesias. 18 ¿Fue llamado alguno ya circuncidado? Quédese circuncidado. ¿Fue llamado alguno estando incircunciso? No se circuncide. 19 La circuncisión nada es, y nada es la incircuncisión, sino el guardar los mandamientos de Dios. 20 Cada uno permanezca en la condición en que fue llamado. 21 ¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te preocupes; aunque si puedes obtener tu libertad, prefiérelo.22 Porque el que fue llamado por el Señor siendo esclavo, liberto es del Señor; de la misma manera, el que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo. 23 Comprados fuisteis por precio; no os hagáis esclavos de los hombres. 24 Hermanos, cada uno permanezca con Dios en la condición en que fue llamado. 25 En cuanto a las doncellas no tengo mandamiento del Señor, pero doy mi opinión como el que habiendo recibido la misericordia del Señor es digno de confianza. 26 Creo, pues, que esto es bueno en vista de la presente aflicción; es decir, que es bueno que el hombre se quede como está. 27 ¿Estás unido a mujer? No procures separarte. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer. 28 Pero si te casas, no has pecado; y si una doncella se casa, no ha pecado. Sin embargo, ellos tendrán problemas en esta vida, y yo os los quiero evitar. El próximo día termino con la transcripción de este cap. 7 de 1 Cor, y haremos algún comentario Saludos cordiales de Antonio Piñero. www.antoniopinero.com
Domingo, 26 de Septiembre 2010
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Editado por
Antonio Piñero
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Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.
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