CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero
Escribe Antonio Piñero
 
 
En esta postal vamos concentrar nuestra atención en la primera clase de espíritus perversos (número 1 de, los "satanes") que hay en el judaísmo. Luego hablaremos de la fusión de las tres clases de malos espíritus.
 
I. Satanes
 
Tanto en los Manuscritos del Mar Muerto como en los principales apócrifos del Antiguo Testamento, se continúa la vieja tradición veterotestamentaria: los satanes siguen siendo un nombre común, una clase genérica de ángeles a las órdenes de Yahvé, distintos de los demonios, pero con funciones de daño y castigo.
 
El carácter genérico del término se ve claro en los manuscritos de Qumrán, en cuyos textos leemos expresiones tales como "todo satán" (1QSb 1,8), o "todo satán y exterminador" (1QH 45,3), o "todo satán exterminador será reprimido" (1QH 4,6).
 
El Libro de los Jubileos utiliza la misma frase, refiriéndose a los tiempos mesiánicos: en esos días "no habrá satán ni maligno destructor" (23,39; cf. 50,7: en la tierra prometida "no habrá satán ni maligno, y la tierra estará limpia desde este momento hasta siempre"), o aludiendo a los breves años dorados que vivieron los israelitas en Egipto bajo José como virrey del Faraón: "No hubo satán ni maligno alguno en todos los días de la vida de José" (Jubileos 46,2).
 
El otro libro importante de este período, el Henoc etiópico, o Libro I de Henoc, menciona igualmente "la violencia de los satanes" (65,6) o la expulsión de los satanes de delante de la faz del "Señor de los espíritus" (40,7).
 
Las funciones de estos satanes son las mismas que hemos visto ya en los estratos antiguos del Antiguo Testamento: actuar de fiscal o acusador ante el tribunal de Dios, de tentador e instigador hacia el mal, de verdugo o ejecutor del juicio de Dios, pues encarna la figura del ángel exterminador. Pero a la vez este personaje angélico es el adversario o enemigo por antonomasia del hombre; es maléfico, perturbador de la paz y el causante de todos los males físicos.
 
El jefe de estos satanes es Satán (en griego "Diábolos", "acusador", "difamador"). El Testamento de Dan –uno de los escritos reunidos en el apócrifo denominado Testamentos de los XII Patriarcas) afirma: "Hijos míos, temed al Señor y protegeos de Satanás y sus espíritus" (6,1). En este texto se percibe el paso de este vocablo de nombre común a nombre propio. Encontramos, pues, en estos siglos inmediatamente antes del nacimiento del cristianismo que casi de repente Satán deja de estar solo, como en el Libro de Job, y pasa a ser el nombre propio del gran jefe de unos ciertos satanes, que son su cortejo de ayudantes. Se transforma en el comandante supremo de un antirreino del mal, aunque siempre, naturalmente sometido en último término a Dios.
 
 
II Fusión de las tres clases de malos espíritus
 
Se produce en dos momentos. En el primer momento las tres clases se reducen a dos. Luego estas dos se fusionan en una.
 
Primer momento:
 
Como las fronteras de las funciones maléficas de estos seres malvados son difusas y se entrecruzan, las tres clases de espíritus perversos, que se distinguían entre sí en un principio (satanes / ángeles caídos / “espíritus perversos” o demonios), se simplifican rápidamente en dos:
 
· los "satanes" por un lado,
· y por el otro los demonios y los ángeles caídos, fundidos, a su vez, en un único grupo.
 
La distinción entre ángeles caídos y satanes permanece, sin embargo, bastante clara por dos razones:
 
1. porque el pecado que da origen a su existencia como tales es distinto; y
2. porque a veces se señala que sus funciones son también diversas.
 
 
Veamos el apartado 1.: ángeles caídos y satanes siguen distinguiéndose porque tienen un origen distinto:
 
Los “ángeles caídos” o “vigilantes” se transformaron, como ya sabemos, en espíritus malos por un pecado de lujuria, por haberse unido a las hijas de los hombres o por haberles enseñado secretos que a la larga serán perversos.
 
Los satanes son tales por un pecado de rebelión contra Dios o por un acto o pecado de desobediencia meramente intelectual. El Libro de Henoc eslavo (cuyo núcleo se compuso quizás a mediados del s.  de nuestra era) afirma que Dios reveló a Henoc lo siguiente:
 
"Del fuego creé las formaciones de los ejércitos incorpóreos, diez miríadas de ángeles... y di órdenes de que cada uno se pusiera en su formación correspondiente. Pero un espíritu del orden de los arcángeles, apartándose juntamente con la formación que estaba a sus órdenes, concibió el pensamiento inaudito de colocar su trono por encima de las nubes para poder así equipararse con mi fuerza. Yo entonces lo lancé desde la altura juntamente con sus ángeles...". (11,37‑40 de Santos, cap. 29 Andersen).
 
La versión latina de la Vida de Adán y Eva (del s. II o III d.C.) precisa más esta leyenda y añade que el acto de desobediencia tuvo su origen cuando la creación del hombre. Fe del modo siguiente: Dios a través de Miguel obligó a todos los ángeles a adorar esta criatura porque estaba hecha a imagen y semejanza de Aquél, y en este aspecto era superior a los ángeles; pero un arcángel díscolo y orgulloso se negó a doblar su rodilla ante el hombre. Esta acción le costó cara: perdió su trono celeste. El mismo arcángel malo lo explica así en un pasaje de esta Vida latina:
 
"Toda mi hostilidad, envidia y dolor vienen por ti, oh Adán, ya que por tu culpa fui expulsado de mi gloria... Cuando Dios insufló en ti el hálito de vida..., Miguel te trajo y nos hizo adorarte a la vista de Dios... Yo respondí: No, no tengo porqué adorar a uno pero que yo, puesto que yo soy anterior a cualquier creatura... y si Dios se irrita conmigo pondré mi trono por encima de los astros del cielo... El Señor Dios se indignó contra mí y ordenó que me expulsaran del cielo y de mi gloria conjunto con mis ángeles..." (12‑16).
 
2. Distinción de ángeles caídos y satanes por su función diversa
 
Afirmábamos antes que la segunda razón de la diversidad entre ángeles caídos y satanes eran sus funciones, a veces diversas: los satanes jamás se dedican a enseñar secretos celestes a los humanos; y, a su vez, a los ángeles caídos ‑que pueden actuar como ejecutores de los castigos divinos‑ jamás se les atribuye una actividad de fiscales o acusadores.
 
Segundo momento: fusión  de estas dos clases en una.
 
A pesar de tener un origen distinto, el cometido dañino, seductor, tentador, instigador, y en una palabra la función de creadores de todos los males para los hombres es tan parecida, que las dos clases que habrían de acabar casi necesariamente fusionándose, formando un bloque un tanto indiferenciado: entonces los demonios se llamarán sin problemas "ángeles de Satanás" (Vida de Adán y Eva 16; Documento de Damasco 2,18).
 
No importa que esta fusión acarree contradicciones. Hay una clarísima: ¿cómo va seguir Satán ejerciendo su función de acusador ante Dios si ha sido precipitado por Éste fuera de su presencia, arrojado del cielo tras su rebeldía? Pero la contradicción no se percibe; la fusión se llevará adelante simplemente porque la distinción entre tanta clase de espíritus impuros era para cualquier mente sencilla una enorme confusión. La tendencia innata a simplificar lo confuso conducirá en no mucho tiempo a juntar las diversas clases de diablos y demonios en una olvidándose de las diferencias.
 
Así, en una sección bastante tardía del Libro 1 de Henoc (68‑69: dentro de las llamadas "Parábolas de Henoc") los ángeles caídos se confunden con los satanes, y a su vez en el Henoc eslavo, 18,3 (ya de época cristiana), los ángeles que estaban bajo el mando de Satanael, es decir eran "satanes", se les llama "Vigilantes" (nombre atribuido sólo a los ángeles caídos).
 
Y la tradición del pecado de origen se mezcla también: primero se insurreccionaron contra Dios y luego bajaron al Monte Hermón para unirse con las mujeres. Como se puede observar, se unen aquí dos tradiciones en principio diferentes, que hemos expuesto de modo separado en líneas anteriores. La confusión llega a ser tanta que los textos son también contradictorios sobre el lugar en el que se aposentan tanto los satanes como los ángeles caídos: unas veces se afirma que estos espíritus están recluidos en las profundidades de la tierra y otras que su morada se halla por los aires (así en un mismo libro: el Henoc eslavo: 7,3; 7,18; 18,3.7 traducción de Aurelio de Santos Otero en Apócrifos del Antiguo Testamento, Edit. Cristiandad, Madrid 1984; pp. 147 y siguientes).
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero.
www.antoniopinero.com
 
 
Martes, 1 de Agosto 2023
Escribe Antonio Piñero
 
Estas clases de espíritus malvados son distintas de los satanes o los demonios “corrientes” que ya conocemos.
 
El proceso de generación de esta clase de perversos espíritus fue así, según el Libro de Henoc (capítulo 10) y el de los Jubileos (capítulo 5): los ángeles del primer cielo –éste se concibe como una bóveda dividida en siete secciones, como si se cortara media naranja todo alrededor en siete círculos– los llamados  "Vigilantes" porque son los que están más cerca de la Tierra y ven mejor a los hombres bajan desde ese cercano cielo a la tierra, se enamoran de las mujeres y engendran seres de esas “hijas de los hombres”.
 
 
Tenemos que insistir en que estos “ángeles vigilantes” son distintos de los ángeles caídos y de los satanes. Para el autor del capítulo 19 del Libro 1 Henoc -que era considerado casi canónico por el cristianismo primitivo-  era muy claro que son entidades diversas. El desconocido autor de ese capítulo 1 Henoc 19, muy antiguo, ciertamente anterior a la era cristiana, escribe:
 
“Aquí (en una cárcel infernal, como una profunda sima en la tierra) permanecerán los ángeles que se han unido con mujeres. Tomando muchas formas han corrompido a los hombres y los seducen a hacer ofrendas a los demonios como a dioses, hasta el día del Gran Juicio”.
 
 
El texto básico de esta concepción se halla en el Génesis, y decimos texto básico porque ya lo hemos repetido en otras ocasiones. Perdonen que lo vuelva a transcribir de nuevo, completándolo:
 
Cuando la humanidad comenzó a multiplicarse sobre la faz de la tierra, vieron los hijos de Dios  que las hijas de los hombres les venían bien y tomaron por mujeres a las que preferían de todas ellas.  Entonces Yahvé dijo: «Mi Espíritu no luchará para siempre con el hombre, porque ciertamente él es carne. Serán, pues, sus días 120 años». Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos. Estos son los héroes de la antigüedad, hombres de renombre. Yahvé vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal.
 
 L cuando los hijos de Dios se unían a las hijas de los hombres y ellas les daban hijos: éstos fueron los héroes de antiguo, varones renombrados. Yahvé vio que era mucha la maldad de los hombres en la tierra, y que toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal.  Y a Yahvé le pesó haber hecho al hombre en la tierra, y sintió tristeza en Su corazón. 
 Entonces Yahvé dijo: «Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado, desde el hombre hasta el ganado, los reptiles y las aves del cielo, porque me pesa haberlos hecho». Pero Noé halló gracia ante los ojos de Yahvé (Gn 6,1-8).
 
Aclaraciones:
 
· Hijos de Dios: dioses secundarios del panteón cananeo heredados por los hebreos (una rama cananea) que los cambian a ángeles, para conservar la idea de que solo hay un Dios único y os demás no son dioses, sino espíritus servidores = “ángeles
 
· Los gigantes (hebreo nefilim) existían en la tierra por aquel entonces. No sabemos muy bien quiénes eran. Probablemente héroes o semihéroes, nacidos también de mujeres y dioses secundarios del panteón hebreo-cananeo de esos momentos.
 
El texto ex confuso y difícil de entender. Por un lado, los gigantes existían ya cuando los hijos de Dios su unen a las mujeres. Pero luego parece que los gigantes son el fruto de la unión de ángeles (espíritus = semidioses y mujeres (seres terrenales). Para colmo el texto dice que Dios se enfada porque los “hombres” llenan la tierra de maldades
 
 
Sigo ahora con una interpretación  que une dos o tres leyendas: la existencia de los gigantes y los seres nacidos de los ángeles y las mujeres y la maldad de los hombres primitivos
 
Sea como fuere: los gigantes se enseñorean de la tierra y la llenan de maldades. La tierra y sus habitantes se corrompe de tal modo que no era posible para la divinidad soportar tales atrocidades (¡recordemos el mito de los Titanes en Mesopotamia y Grecia! que eran malvadísimos). Para acabar con ellos, Dios hace que el arcángel Gabriel los azuce unos contra otros. Así ocurre, y se van matando entre ellos llenándose toda la tierra de sangre.
 
Pero en realidad sólo perecen los cuerpos de los gigantes, porque sus espíritus –verdaderamente demonios, o espíritu perversos, siguieron vivos, y continuaron merodeando por la tierra cometiendo toda suerte de tropelías contra los hombres.
 
El texto sigue diciendo que Noé, bien harto de esta situación, rogó entonces a Dios para que la humanidad se viera libre de ellos. La divinidad accede y dictamina: nueve décimas partes de estos demonios "fueron atados en el lugar de la condenación [más tarde según el Apocalipsis, un lago de azufre]".
 
Pero más tarde  a ruego de su jefe, llamado Mastema, Dios permite que una décima parte quede libre para causar el mal a la humanidad, trayendo enfermedades y penas (Libro de los Jubileos 10,8‑11). Su malvada acción continuará hasta el día del Juicio en el que Dios los entregará al fuego eterno.
 
Los "ángeles caídos", según el Libro 1 de Henoc (6,1) han llegado a formar esta clase por haberse dejado llevar de la lujuria. Eran doscientos y se juramentaron entre sí para tomar juntos mujeres, aunque sabían que esta acción no iba a gustar nada a Dios (1 Henoc 6,3). Abandonaron el cielo y bajaron a la tierra:
 
“Convivieron con sus mujeres y les enseñaron toda suerte de ensalmos y conjuros; las adiestraron en recoger plantas y a fabricar espadas cuchillos, petos, los metales y sus técnicas, brazaletes y adornos; cómo alcoholarse los ojos, embellecer las cejas y a distinguir las piedras preciosas y selectas” (1 Henoc 8,1).
 
Total, "que se produjo en la tierra mucha impiedad y fornicación, erraron y se corrompieron las costumbres" (1 Henoc 8,2). El libro de los Jubileos (capítulo 10) presenta una versión más espiritualista: no hubo pecado carnal; sólo que esos espíritus, como Prometeo, enseñaron a los hombres lo que no debían. Todos se corrompieron y el resultado fue el castigo del Diluvio universal.
 
Así pues, y en síntesis, tenemos en escena dos tipos de demonios, los dos dañinos para el ser humano:
 
· Los espíritus de antiguos gigantes, hijo de los demonios “vigilantes” y de mujeres.
 
· Los ángeles caídos a los que dominó la lujuria.
 
El Evangelio apócrifo de Bartolomé (cuya versión más primitiva podría ser del siglo IV d.C.) confunde a estos ángeles caídos con los demonios en general y les atribuye los siguientes efectos perversos:
 
“Tenemos otros ministros más débiles que, a su vez, se atraen a otros colegas, a los que endosamos nuestra vestimenta y les mandamos a tender insidias para que enreden a las almas de los hombres con mucha suavidad, halagándolas, para que sigan la embriaguez, la blasfemia, la avaricia, el homicidio, el hurto, la fornicación, la apostasía, la idolatría, la desviación de la Iglesia, el desprecio de la cruz, el falso testimonio; en fin, todo lo que Dios abomina. Esto es lo que nosotros hacemos. A unos los echamos al fuego, a otros los lanzamos desde los árboles para que se ahoguen; a unos les rompemos los pies o las manos, a otros les arrancamos los ojos... Les ofrecemos oro y plata y todo cuanto es codiciable en el mundo, y a aquellos que no conseguimos que pequen despiertos, les hacemos pecar dormidos”  (Nº 44. Todos los Evangelios p. 395).
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero.
 
www.antoniopinero.com
Martes, 11 de Julio 2023

El vocablo "demonio" es griego, no hebreo, no bíblico


Escribe Antonio Piñero
 
El vocablo “demonio” no es hebreo ni bíblico, sino griego. Este término sólo se va imponiendo entre los judíos por influencia de la mentalidad griega y porque a partir del s. III a.C. se fue traduciendo poco a poco la Biblia hebrea al griego, la lengua universal del momento, en la ciudad de Alejandría. En esta versión griega del texto sagrado, la llamada traducción de los Setenta, "satán" se traduce algunas veces por "demonio".
 
Ahora bien, aunque no exista propiamente la palabra “demonio”, ¿qué hay, al menos, en el Antiguo Testamento hebreo que corresponda a la noción que ese vocablo quiere significar? La primera respuesta está también dada y ya la hemos puesto de relieve anteriormente: una suerte de idea difusa de la existencia objetiva, casi personalizada, de Alguien o Algo que se opone da Dios y el hombre, para mal.
 
En segundo lugar, los "demonios" –con otros nombres– serán pronto identificados con los genios maléficos hebreos esos seres malvados del folclore hebreo que hemos mencionado al principio de esta serie: seirim, sheidim, iyyim, rabitsu, Lilitu (véase la primera entrega de esta serie “El Diablo. Breve historia de la creencia en diablos /demonios en el mundo antiguo que interesa a la Biblia (I)”, del 16 de mayo de 2023)
 
En tercero, "demonios", o seres sobrenaturales son para los israelitas los espíritus de los muertos (Isaías 8,19).
 
En cuarto, los demonios son, despectivamente, las divinidades de los gentiles: lo que adoran los paganos son ciertos espíritus que se hacen pasar por dioses logrando que los pueblos un tanto tontos les rindan culto y les ofrezcan sacrificios.
 
Quinto: muchas de las funciones que desempeñan los que los griegos llaman "démones dañinos y devastadores" las ejecutan en el Antiguo Testamento los "ángeles de Yahvé". Son, al igual que Satán, espíritus subordinados a Dios, ángeles en principio buenos o neutros, que toman venganza de parte de Éste por algunas acciones malas y son portadores contra los hombres de plagas y castigos.
 
Por último, en lo que respecta al origen de estos "demonios" tenemos que constatar: así como en todo el Antiguo Testamento no hay ni un sólo texto en el que se hable claramente del origen de los ángeles, tampoco encontramos ningún pasaje que diga claramente de dónde proceden esos posibles genios maléficos que los judíos de lengua griega denominaban con el apelativo de "demonios".
 
Hay, sin embargo, un texto importante y obscuro del libro del Génesis que desempeñará un papel crucial a la hora de explicar el origen de los espíritus malignos: 6,1‑4. El texto dice que los "hijos de Dios", es decir los ángeles encargados por Dios de vigilar la tierra y que –según la concepción hebrea– estaban merodeando en el primer cielo (Libro de Henoc, eslavo: publicado en la serie Apócrifos del Antiguo Testamento, volumen IV), situado inmediatamente encima de la tierra, se fijaron en las hijas de los hombres, se enamoraron de ellas y de su relación carnal nacieron los gigantes, de inmensa estatura, "héroes desde antaño varones renombrados" (versículo 4).
 
Este mito parece ser similar al que explica en la mitología griega el origen de ciertos gigantes: seres semidivinos, de una fuerza descomunal, que nacieron de la unión de los dioses con mujeres.
 
El texto bíblico del Génesis no dice nada directamente de "demonios", pero inmediatamente veremos cómo años más tarde la literatura apócrifa del Antiguo Testamento (siglos IV/III a.C. ‑ s. I d.C.) amplificará este motivo y lo utilizará para explicar el origen de esos espíritus malvados.
 
De repente, hacia el año 150 ó 160 a.C. en el libro de Tobías, que forma parte del grupo de escritos bíblicos "deuterocanónicos" (llamado así porque los judíos y los protestantes no los admiten en el canon, pero los católicos sí), probablemente redactado originalmente en griego, aparece un demonio con todas sus propiedades. Se trata del famoso Asmodeo.
 
Este término está tomado probablemente del panteón persa: Asmodeo sería un “aesma daeva”, uno de los siete espíritus malignos que acompañan a Angra Mainyu (“El Espíritu del Mal”, Ahrimán, su comandante en jefe. Este demonio, Asmoodeo, estaba enamorado de Sara, la hija de Ragüel, pariente de Tobías. Para que nadie –ningún pretendiente– la tocara, el celoso demonio mataba en la noche de bodas a los sucesivos maridos que eran introducidos en el tálamo nupcial.
 
Este demonio es literalmente espantado, fumigado, por el joven Tobías, el héroe de la historia. Gracias al humo mágico producido por la incineración del corazón y el hígado de un misterioso pez, pescado por el mismo Tobías, con la ayuda del ángel que le acompaña, en el río Tigris, huye el demonio. El ángel Rafael sale en su persecución y lo atrapa en Egipto, donde lo encadena dejándolo impotente. Tobías, entonces, puede desposar a Sara.
 
En otro libro tardío del Antiguo Testamento, el de la Sabiduría (2,24), se identifica ya claramente a la serpiente del paraíso con Satanás (en griego, el Diablo), identificación que tendrá mucho éxito en el futuro.
 
Y, por último, en un escrito apócrifo, la Vida (griega) de Adán y Eva –también llamado “Apocalipsis de Moisés”, (17,4), publicado en Apócrifos del Antiguo Testamento, volumen II-, efectúa la misma asociación.
 
Refiriéndose a la caída de Adán dice el autor del libro de la Sabiduría: "Dios creó al hombre incorruptible, lo hizo a imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24).
 
Aquí Satán aparece ya no sólo como un cierto oponente de Dios, sino como adversario y enemigo de la humanidad. Además, el mal más temido por los hombres, la muerte, no proviene ya de la divinidad. El autor lo atribuye por entero al pernicioso haber de este ser malvado. Comienza a dibujarse con rasgos más precisos lo que luego habría de ser la Encarnación del Mal, y se inicia una teología (más propiamente, una "teodicea" = tratado que “justifica a Dios”) que pretende descargar a la divinidad de su responsabilidad en el origen del mal.
 
Seguiremos preguntándonos qué cambios han ocurrido en la religión judía para que de repente aparezcan con más claridad los demonios.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA:
 
Una presentación mía de "Los Libros del Nuevo Testamento" a través de Lic. Leví:
 
https://youtu.be/sW4xvCqsgq8
Martes, 4 de Julio 2023

 Escribe Antonio Piñero
 
En esta postal veremos cómo esta figura de Satán, más o menos inocua en cuanto que no es perversa por naturaleza sufre un cambio… y a peor: Satán se presenta como auténticamente malvado. Pero en la Biblia no encontramos textos que nos indiquen con claridad los pasos de esta mutación
 
Sólo en dos textos del Antiguo Testamento y bastante tardíos, del siglo IV a.C., el Libro I de las Crónicas 21,1, y en el Eclesiástico 21,27 (del siglo III a.C.), "Satán" pasa a ser sinónimo de instigador del pecado o causante de una tentación, es decir "tentador" de verdad.
 
El primero dice así: "Se alzó Satán contra Israel e incitó a David a hacer el censo del pueblo…" Luego, por la continuación del texto averiguamos que hacer el censo va contra la voluntad de Dios, es, por tanto, un pecado.
 
En el segundo leemos: "Cuando el impío maldice a Satán, a su propia alma maldice".
 
En estos pasajes dos pasajes se alude claramente a una fuerza malvada, pero no queda nada claro si este tentador ejecuta órdenes de Dios, o si más bien actúa por su propia cuenta como adversario y antagonista o adversario autónomo de la divinidad. Lo más probable es la primera hipótesis, pero el lector se queda con la idea de que además de Dios –ya sea a sus órdenes o un poco a sus espaldas- existe en el universo un poder malvado.
 
Como vemos, el Satán o Satanás de estos primeros momentos –tal como se refleja en estratos muy antiguos del Antiguo Testamento- nada o poco tiene que ver con el Diablo tal como nos lo imaginamos hoy, ni con ángeles caídos, ni con los demonios llamémosles “corrientes”, ni nada por el estilo. Satán es un ángel, un espíritu de la corte celestial, a las órdenes de Yahvé, encargado de ciertas desagradables tareas. No es el Príncipe del Mal, ni tampoco el origen del mal, que ‑como todo lo creado‑ procede también de Yahvé.
 
Por otro lado, sin embargo, el lector del Antiguo Testamento siente que este texto va presentando a sus ojos en diversas narraciones –incluidas algunas en la aparece Satán- un cierto poder siniestro, un genio maléfico y envidioso, que se encarga de hacer el mayor daño posible al ser humano. Así ocurre, por ejemplo, en los primeros capítulos de la Biblia con el conocido relato de la caída de Adán y Eva (Génesis 3). Encarnado en la serpiente, interviene de modo decisivo y negativo un genio maligno y seductor al no se llama Satán ni Diablo. Este malvado poder engaña a Eva y a Adán; hace que desobedezcan al Creador y rompan las buenas relaciones con él; logra que sean arrojados del paraíso y que comience para todos los descendientes de esa pareja una vida que es más “valle de lágrimas” que edén o paraíso.
 
En el relato del libro de Job que citamos en el postal pasado, el denominado Satán, el fiscal de Dios, aparece –para el lector apresurado- como una figura harto desagradable que trae desgracias y enfermedades al sufrido Job. Aunque todo lo hace tanteando a Job, en realidad lo está instigando a maldecir y separarse de Dios.
 
En Zacarías 3,1 encuentra también el lector un pasaje en el que se contrapone el "ángel de Yahvé" a Satán con tonos negativos para éste. El primero defiende al sumo sacerdote Josué de las inculpaciones siniestras del segundo, tanto que el ángel le llega a decir: "¡Conténgate Yahvé, oh Satán, conténgate Yahvé, que ha escogido a Jerusalén!".
 
Este pasaje tardío –Zacarías es uno de los profetas de después del destierro a Babilonia- supone una precisión y desarrollo en las concepciones del Antiguo Testamento sobre Satán. Aunque el texto hebreo presenta el artículo determinado antes de Satán, con lo que se indica que el vocablo es más bien -¡todavía!- un nombre común que propio (“el satán”), el lector obtiene del pasaje la sensación de que esta palabra connota un ser con una fuerte individuación: Satán es un ser sobrenatural y concreto que se opone fieramente no sólo a Yahvé, sino a un ser humano específico, al sumo sacerdote Josué. Comienza, pues, a perfilarse la idea de un adversario malvado, con fuertes rasgos personales.
 
Por tanto, en estos textos veterotestamentarios que hemos ido citando y en los que aparece el vocablo “satán”, este personaje se halla siempre subordinado a Dios y es su ministro. No es el conocido Diablo. Pero, a la vez, los escritores bíblicos, sobre todo en el Génesis dejan traslucir la existencia en el universo de un antipoder: frente al Dios creador o rector del pueblo existe un anti‑Dios que se opone a los buenos designios de Aquél. Este antipoder puede fácilmente asociarse con Satán, ya que este personaje ejerce funciones muy desagradables. Y precisamente esto es lo que hará el pueblo hebreo con el correr del tiempo.
 
Antes de seguir con los detalles de esta evolución, deseo tratar una cuestión de menor importancia, pero no carente de significado para algunos: señalar que en el Antiguo Testamento el apelativo "Lucifer" no aparece nunca como denominación de Satán. Designar a Satán/Demonio de este modo es un invento cristiano, y proviene de una exégesis particular por parte de los Padres de la Iglesia del siguiente pasaje de Isaías (14,12‑5):
 
"¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a tierra, dominador de las naciones! Tú que habías dicho en tu corazón: ‘Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión... subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo’. ¡Ya! Al sheol (mundo subterráneo) has sido precipitado, a lo más hondo del pozo".
 
Este bello poema,  de tonalidad fuertemente irónica, fue compuesto por Isaías bien para celebrar la muerte del rey asirio Sargón II, o bien directamente contra la arrogancia, vencida por Yahvé, del monarca babilonio Nabucodonosor. Pero los Padres de la iglesia cristiana relacionaron este texto profético con el conocido pasaje de Lucas (10,18): "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo", frase con la que Jesús expresa su alegría ante el éxito de la misión de los setenta y dos discípulos que había enviado a predicar a la villa de Israel.
 
La visión de la caída de Satán significaba para Jesús el fracaso de la oposición del Diablo a la venida del Reino de Dios. Los Padres interpretaron que Isaías había previsto proféticamente lo que luego había contemplado Jesús. De ahí que ese "Lucero, hijo de la Aurora", Lucifer, símbolo en realidad de la grandeza caída de un rey mesopotámico, pasara a ser la denominación del Diablo.
 
De esta aventurada interpretación, que nada tiene que ver con el sentido primitivo del texto del profeta Isaías, procede también el que algunos se hayan imaginado a Satán como dotado de una inmensa hermosura, equiparable a la del lucero de la mañana.
 
Seguiremos.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA:
 
Enlace a entrevista sobre “Cristianismo primitivo” en el canal de Miguel Dongil:

https://www.youtube.com/watch?v=DC-zKQxQ-vc
 
Martes, 27 de Junio 2023
Hoy escribe Antonio Piñero
 
Como podemos deducir de la breve panorámica que hemos ido esbozando en las “postales” anteriores, los judíos estaban rodeados por religiones (mesopotámicas, griegas y romanas) que creían en demonios o seres maléficos, aunque aún no habían desarrollado –salvo quizás el caso del Espíritu Malo, denominado Ahrimán en el mundo iranio– la concepción del Diablo tal como la entendemos hoy. Los israelitas participaban también de esas creencias que podemos considerar más o menos comunes, pero a ellos corresponde el honor de haber dado forma a lo largo de los siglos a la figura del Diablo / Satanás / Satán, común hoy en el mundo de cultura e influencia cristiana.
 
Por esta razón, concentro ahora mi atención en las nociones más específicas que la literatura judía anterior al cristianismo –la Biblia sobre todo– albergaba sobre el Gran Espíritu Maligno Las ideas bíblicas, modificadas sin duda, serán el antecedente inmediato de las ideas cristianas. El Antiguo Testamento distingue entre un Espíritu ambiguo, con muchas pintas de malvado, llamado Satán, y los demonios propiamente tales, por lo que es necesario tratarlos de modo separado.
 
En primer lugar, puede llamar la atención el hecho de que en todo el Antiguo Testamento apenas si aparezca Satán, o Satanás; y la figura de un espíritu maligno, encarnación del mal, está muy desdibujada. Apenas si llegan a una docena los textos en los que encontramos la palabra "satán".
 
Este vocablo en la Biblia hebrea no es, normalmente, un nombre propio, la denominación de algún espíritu particular, sino un nombre común, que significa el "adversario", o el "enemigo", ya sea en el sentido más trivial del término de la vida diaria, social, o con un significado jurídico (quizás se halle en este ámbito el origen del vocablo), o político‑militar. Como tal nombre común, la designación de "satán" puede aplicarse tanto a los hombres como a los espíritus.
 
Así ocurre, por ejemplo, en la conocida historia del profeta‑mago Balaán, contratado por el rey de Moab, Balaq, para maldecir a Israel. Pero, cuando Balaán iba de camino para cumplir este cometido "Se encendió la ira de Yahvé y su ángel se interpuso en el camino para estorbarle" (literalmente, “haciendo de satán"): Números 22,22.
 
Igualmente, David llama "satán" a uno de sus acompañantes, Abisay, quien indicaba al rey que debía liquidar a Semeí, por haberle maldecido. Pero David le replicó: "¿Qué tengo yo contigo... que te conviertes hoy en adversario (‘satán’) mío?": 2 Samuel 19, 22‑23.
 
El oponente en el campo de batalla es también un "satán". Así, en 1 Samuel 29,4, los jefes de los filisteos que van a la guerra contra Israel despiden previamente a David (mercenario suyo hasta el momento) con el siguiente argumento: "Que regrese ese hombre y se vuelva al lugar señalado, que no baje con nosotros a la batalla, no sea que se vuelva nuestro adversario (‘satán’) durante la pelea".
 
En el prólogo del libro de Job la figura de Satán nada tiene que ver con un ser demoníaco y esencialmente perverso, sino que aparece como el fiscal del tribunal celeste (Dios tiene su corte de ayudantes que son espíritus). Es, por tanto, un agente divino, encargado de tareas encomendadas por Dios, el jefe. Su misión es acusar a los hombres ante el trono celestial cuando hacen alguna cosa mala. Este satán, fiscal o acusador, también puede tener como tarea al servicio de Dios probar a los hombres en su fidelidad a lo divino mediante el dolor o la desgracia, es decir tantear hasta qué grado llega su virtud o su fidelidad a Yahvé. Más que “tentador” en esta función habría que designarlo como “tanteador”. El texto dice así:
 
“Un día cuando los «Hijos de Dios» (los ángeles) venían a presentarse ante Yahvé, compareció también entre ellos Satán. Y Yahvé dijo a Satán: ‘¿De dónde vienes?’ Satán respondió a Yahvé: ‘De recorrer la tierra y pasearme por ella’. Y Yahvé dijo a Satán: ‘¿No te has fijado en mi siervo Job?’ ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre recto y cabal, que teme a Dios y se aparta del mal’. Respondió Satán a Yahvé: ‘¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas las posesiones’... Pero extiende tu mano y toca sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!’ Respondió Yahvé a Satán: ‘Ahí quedan todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu mano sobre él’. Y Satán salió de la presencia de Yahvé" (Job 1,6‑12).
 
Inmediatamente Satán se encarga de que Job vaya perdiendo una a una todas sus posesiones. Pero el desdichado se mantiene fiel a Yahvé: no peca, ni profiere ninguna insensatez contra la divinidad. Pasado un cierto tiempo, en un momento en el que, igualmente, los Hijos de Dios venían a rendir cuentas ante Yahvé, aparece entre ellos Satán. Entonces Dios habló así, dirigiéndose al ángel o espíritu y repite su pregunta. Y el espíritu repite igualmente su envite (la poesía hebrea guste de repetir acciones o frases en dobletes):
 
"‘¿De dónde vienes?’ Satán respondió a Yahvé: ‘De recorrer la tierra y pasearme por ella’. Y Yahvé dijo a Satán: ‘¿Te has fijado en mi siervo Job?... Aún persevera en su entereza, y sin razón me has incitado contra él para perderle’. Respondió Satán a Yahvé: ‘¡Piel por piel! ¿Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Extiende tu mano y toca sus huesos y su carne, ¡verás si no te maldice a la cara!’ Y Yahvé dijo a Satán: ‘Ahí lo tienes en tus manos; pero respeta su vida’" (2,1‑6).
 
La lectura de este texto capital nos indica que en el momento de su composición (probablemente en el s. V / IV a. C., desde luego después de la vuelta del destierro en Babilonia) Satán no es el Príncipe del Mal, ni tampoco el origen de éste –que se atribuye a Dios–, sino un servidor más de la corte celestial. Ciertamente muestra un poco de mala idea, y se encarga de convencer a Dios para que dañe a Job. Yahvé accede un tanto a regañadientes y luego reprocha a Satán el haberle incitado a hacer daño. En este texto, pues, Satán es en todo caso el aspecto relativamente dañino de una divinidad ambivalente, el lado sombrío de ésta, el poder destructivo de Yahvé, que delega en su ángel.
 
Seguiremos
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero.
 
NOTA:
 
Enlace a una entrevista sobre la “Pasión de Jesús”: 

https://fb.watch/l8gjJuUF_Q/?mibextid=ZbWKwL
 
Martes, 20 de Junio 2023

(1296 /13-06-23)


Cuarta entrega sobre “El Diablo”
 
Hoy escribe Antonio Piñero
 
 
Consideramos hoy la influencia del orfismo y del platonismo popularizado en la difusión por el mundo dominado por la lengua griega de la idea de la existencia de démones y demonios. Es un verdadero atrevimiento por mi parte aventurarme en la idea de sintetizar lo que nos interese de un movimiento, el orfismo, y una filosofía, la platónica, que he generado miles de libros-comentario-historia  en torno a Platón y su movimiento.  Respecto al orfismo, menos conocido, recomiendo el estupendo artículo de síntesis de Alberto Bernabé “El orfismo y e neopitagorismo”, cap. XVIII del libro comunal, editado por mí “Biblia y Helenismo”, reeditado por Herder, Barcelona, 2017pp.
 
El orfismo era más bien una suerte de religión de pequeños grupos esotéricos dentro del mundo griego pero llamados a extender su influencia más allá de los conventículos estrictos de adeptos, sobre todo a través de los filósofos itinerantes, o predicadores que mezclaban ideas órficas con los aspectos más místicos de la filosofía de Pitágoras, por lo que en general se los designa como pitagóricos. Para estos personajes Pitágoras, el filósofo y matemático, era casi como una figura divina y su “religión” o misticismo giraba en torno a especulaciones sobre la idea del Uno, el primer número y el primer principio en la constitución del universo.
 
La tradición religiosa órfica se fundamentaba en un mito en el que los Titanes desempeñaban un papel primordial. Aunque esta leyenda tiene muchas variantes, las líneas generales respecto a lo que ahora nos interesa eran como sigue: durante la lucha de Zeus contra los Titanes, éstos logran apoderarse de uno de los dioses jóvenes, Dioniso (el Baco romano). Lo atraen con los reflejos de un espejo, lo conducen aparte, lo matan desgarrándolo y lo devoran. Palas Atenea logra rescatar el corazón del joven dios y se lo presenta a Zeus.
 
Zeus siente pena por lo ocurrido, y unido a una joven semidiosa, Semele, engendra a un nuevo Dioniso, a la vez que se torna contra los malvados Titanes, y acaba con ellos lanzándoles terribles rayos. Pero de las cenizas de los Titanes nacen otros seres, que son los humanos. Como los Titanes habían devorado a Dioniso, es decir habían incorporado dentro de sí algunas partes buenas de los dioses olímpicos, sus cenizas comportan también algo bueno. Los seres humanos, engendrados de las cenizas titánicas tienen, por tanto, una parte buena ‑que procede en último término de Dioniso-, el alma, y otra mala (procedente de manera directa de los Titanes), el cuerpo.
 
Con este mito se introduce en Grecia otro tipo de dualismo también muy acusado. Según esta concepción, el alma, lo espiritual, lo dionisíaco, es bueno; y el cuerpo, lo material, lo titánico, es malo. Con el correr de los siglos este dualismo órfico, típicamente griego, se extenderá por el Mediterráneo ‑por la influencia y el atractivo que irradiaba todo lo helénico- y en muchas almas piadosas se unirá a nociones dualistas que proceden en último término del dualismo iranio.
 
Pero mientras éste tenía un carácter marcadamente ético (el Bien y el Mal en el hombre se reducirán a elecciones de la voluntad influenciada evidentemente por esos principios), el dualismo griego mostrará un talante marcadamente cosmológico: en el ser humano –quiéralo o no- se produce una oposición entre la materia (mala) y el espíritu (bueno). Estas concepciones tendrán más tarde, heredadas y bien recibidas por el judaísmo y el cristianismo, consecuencias incalculables en estas dos religiones tanto en la concepción del Diablo, el Mal, como en las ideas religiosas en general sobre el mundo, la naturaleza del hombre y las nociones sobre el más allá.
 
En lo que respecta a la creencia en los demonios, el orfismo contribuyó sobremanera -al expandir este dualismo de alma y cuerpo- a que la gente sencilla sintiera que los espíritus malignos (titánicos) son seres apegados a lo material, que utilizan la materia, que es mala, para hacer daño a los humanos.
 
La filosofía de Platón, muy espiritualista, heredera de los órficos en las nociones sobre la composición dual del ser humano –alma y cuerpo– aceptó en líneas generales la existencia de los démones, o espíritus en los que creía el pueblo y los incorporó a su sistema cosmológico, con lo que otorga un respaldo "científico" a las creencias populares.
 
Según el filósofo ateniense, la divinidad es el Bien Supremo y habita más allá del Universo en un mundo sublime y aparte, intelectual - espiritual. El ámbito que existe entre la divinidad y los hombres está poblado de démones o dioses secundarios, que hacían de intermediarios entre la alejadísima y trascendente divinidad y los seres humanos. En la época de nacimiento del cristianismo y en lo que se refiere a su conocimiento y aceptación por las gentes sencillas del pueblo, la filosofía platónica había sido concentrada en máximas elementales, y era expandida por innumerables “filósofos” o charlistas que entretenían a las gentes en plazas y mercados.
 
Junto con otros principios, también elementales, de la ética estoica, la filosofía platónica se había popularizado hasta extremos insospechados y había llegado a ser conocida hasta por las capas más bajas de las poblaciones helenizadas: en estos años en torno al surgimiento de Jesús se aceptaban en general estas ideas sobre los démones como semidioses, que habitaban en el cielo más abajo de la luna. De estos démones, unos eran buenos y otros malos. Unos procuraban beneficios y otros, daño.
 
También se creía que las almas o espíritus de ciertos difuntos se transformaban también en démones. Como tales espíritus estaban en contacto con el mundo de los hombres y de la materia podían haberse degradado y corrompido, y ser fuente para los humanos de toda suerte de desgracias. De hecho, para el pueblo, el demon acabó casi siempre en personificación de lo más cercano a la materia, de lo malo (¡dualismo órfico aceptado por el platonismo!), de lo funesto y fatal, a la vez que se dejaba para las divinidades superiores, alejadas del mundo material, el origen de todo lo bueno en este mundo.
 
En los casos de peligros y desgracias los griegos creían que los hombres debían aplacar a los démones o contrarrestar los efectos funestos de su influencia o acciones con ritos mágicos o suplicar remedio contra ellos a las divinidades superiores. Con estas concepciones se reforzaba aún más el dualismo que asociaba lo malo con lo inferior, lo material, y lo bueno con lo superior, lo alejado, lo espiritual.
 
Más tarde, en el judaísmo y en el cristianismo y en lo que respecta al Diablo, este mundo conceptual dualista que se había extendido por doquier habría de ayudar a la formación del concepto de un ser no tangible, más o menos espiritual, pero malvado y dispuesto siempre a luchar en pro de la materia, lo antiespiritual, lo alejado de la divinidad, y contra todo lo verdaderamente espiritual.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
 
 
Sobre Jesús de Nazaret, Pablo de Tarso y el Nuevo Testamento. Entrevista del grupo de “Senderos de la Sabiduría” subido a diversos medios como podcast:
 
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Martes, 13 de Junio 2023

Breve historia del Diablo y sus diablos


 Escribe Antonio Piñero
 
Esta es la tercera entrega de una miniserie sobre el Diablo y los diablos
 
La religiosidad griega, por su parte, creía en demonios desde tiempos inmemoriales, tanto que es la lengua helénica la inventora de la palabra: demon y daimonion. Desde tiempos del poeta Homero (s. VIII a.C.) se designaba con estos vocablos los poderes superiores al hombre o las fuerzas divinas hacia el exterior.
 
En un principio se percibía muy poco la diferencia: en general todo poder superior entre las divinidades del panteón olímpico y el ser humano era un "demon". Estas entidades eran en sí mismas neutros; podían ser buenos o perversos; guiar correctamente al hombre conforme a la razón –el demon que creía tener Sócrates en su interior, y que le indicaba lo que debía hacer– o conducirlo a la perdición, acarrearle desgracias o enfermedades. Esta dualidad representa, como ocurre en otras religiones, la ambivalencia con la que los humanos se imaginan a los dioses.
 
Así Hefesto –Vulcano para los romanos–, por ejemplo, poseía una naturaleza terrorífica: si por un lado era el dios de la industria y del saber metalúrgico, por otro significaba la indomeñable fuerza destructora de los volcanes y el misterioso y aterrorizante poder asociado con antros, cavernas y montañas. Afrodita, la sensual diosa del amor, era en ocasiones la causante de la locura más salvaje, perniciosa y desgraciada.
 
El origen de otras fuerzas maléficas se halla también en una cosmogonía relativamente parecida a la mesopotámica y quizás influida por ésta. Resumo brevemente esta historia. En un principio Caos engendra a Urano –el Cielo– y a Gaia/Gea –la Tierra–. Durante tiempos y tiempos ambos yacen en un abrazo perpetuo. Tienen descendencia naturalmente, pero de modo que ésta se siente comprimida y abrumada, sin ámbito vital, continuamente dentro del seno de la madre Tierra, cubierta sexualmente sin descanso por el Cielo.
 
Gaia decide liberarse y liberar a sus hijos de esa continua opresión: forma una hoz y se la entrega a uno de sus hijos, Crono –el Tiempo–, quien ataca a su padre y lo castra. Gracias a esta acción termina ese continuo abrazo sexual entre Urano y Tierra, y ambos pueden separarse. Con ello comienza la vida del universo. Caos, una vez cumplido su cometido primordial, se retira de la escena a un apartamiento solitario y casi perpetuo. De la sangre de los genitales de Urano nacen doce seres monstruosos, los Titanes, seres divinos pero inferiores, que albergan desde su nacimiento un odio profundo hacia el resto de los dioses.
 
Crono se une a una de sus hermanas, Rea –la diosa de todo lo que fluye– y engendra de ella a una serie de hijos: éstos son, como en Mesopotamia, las divinidades jóvenes, los Olímpicos, destinados a suceder a los antiguos dioses primordiales. Pero así como Urano, con su continua actividad sexual, no dejaba escapar a sus hijos del seno de Gaia, Crono, el Tiempo que todo lo consume, va devorando uno a uno a sus propios hijos.
 
Rea, siente una enorme pena y urde una estratagema para salvar a su predilecto, Zeus, que iba también a ser devorado. En vez del tierno dios, Crono ingiere una roca engañado por su esposa. Zeus crece escondido. Sale luego de su escondrijo y mata a su padre, es decir, la divinidad nueva desplaza a la vieja por la sensación de que el caos sigue perdurando y hay que poner orden en él. Este asesinato enfurece a los Titanes, hermanos de Crono, que se aprestan a vengarlo luchando contra Zeus. Pero son vencidos y encadenados por éste en el mundo subterráneo. Desde allí, envidiosos, malhumorados y amargados por su derrota, procuran enviar al cosmos todo el mal que pueden, por lo que pronto se van identificando con el Mal en sí.
 
Otro monstruo, Tifón, interviene también en la lucha como aliado de los Titanes. Fue creado por Gaia, consorte de Urano, unida al  Tártaro para vengarse de Zeus por la derrota de sus otros hijos, los Titanes. Tifón vive bajo tierra y su cuerpo –de caderas abajo– está formado por dos terribles serpientes, a la vez que de sus hombros nacen multitud de otros reptiles espantosos. Tifón se aparea con Échidna y tiene con ella otros innumerables monstruos maléficos, entre ellos la Hidra y el can Cerbero, guardián de las puertas del Hades, el Infierno. También como ocurre a menudo, tras un comienzo exitoso, es al final vencido por la divinidad joven, Zeus, destinada a poner orden en el caos.
 
Así pues, junto con dioses buenos y por una cierta necesidad del Caos primordial surgen divinidades malas, que con el tiempo acabarán convirtiéndose en demonios. Todo ocurre como si el universo de dioses y hombres hubiera de estar compuesto por necesidad de una parte buena y otra mala, como si el Bien y el Mal no pudieran existir el uno sin el otro.
 
La mitología griega contaba con otra serie de dioses malvados, divinidades inferiores, que se encuadran perfectamente dentro de la categoría de demonios perniciosos descendientes de algún modo de Tifón. Entre ellos destacan:
 
· Las Ceres, espíritus casi siempre malhumorados, con terribles garras y horrible faz, cuya boca estaba siempre ávida de la sangre de los muertos;
 
· Lamias, parecida a la Lilitu mesopotámica, que procuraba la muerte nocturna de los más tiernos infantes;
 
· Las Harpías, horrísonas mujeres aladas, demonios de los vientos, que arrebatan a los mortales;
 
· Las tres Gorgonas (la más terrible era Medusa), demonios del mar y de los naufragios;
 
· La Hidra, monstruo acuático enorme serpiente con múltiples cabezas, que guarda las puertas del Tártaro o inframundo; · las Erinias, espíritus que vengaban a los injustamente asesinados persiguiendo a los criminales.
 
Aparte de los mitos cosmogónicos y dentro del mundo religioso en amplio sentido de los griegos, hallamos dos líneas de pensamiento que influyeron a lo largo de los siglos anteriores a la era cristiana en el desarrollo de las concepciones sobre los demonios: el orfismo y el platonismo popularizado.
 
De ellos hablaremos el próximo día.
 
Saludos cordiales, Antonio Piñero
www.antoniopinero.com
 
Martes, 6 de Junio 2023

Notas

Un interesante libro de Pedro Giménez de Aragón


¿Qué es el judaísmo?
Escribe Antonio Piñero
 
 
Aunque llevo muchos años, más de cincuenta, muy interesado en el judaísmo antes de la época cristiana y en los siglos I y II de la era común, he de confesar que este libro me ha proporcionado un buen monto de informaciones y perspectivas nuevas, por lo que no dudo en calificarlo como interesantísimo, porque sin duda alguna la historia del judaísmo no debe resultar ajena a ningún cristiano con un poco de conciencia histórica. El cristianismo no es una religión hija del judaísmo, sino una rama separada de este, herética para la inmensa mayoría del judaísmo normativo después del gran fracaso de su aventurada Primera Gran Guerra contra Roma (66-73 d. C.). Es, pues, una religión hermana.
 
Y así como el cristianismo fue evolucionando inmensamente desde sus tímidos inicios hasta hoy día (a veces piensa uno que el cristianismo del sigo XXI se parece poco al del siglo XIX), el judaísmo de igual modo. A lo largo de la historia ha cambiado su faz extraordinariamente.
 
Pero no es esta la percepción que tiene la mayoría de los cristianos hoy día, quienes al tener noticias y al ver fotografías de los judíos ultraortodoxos de Jerusalén y alrededores, piensa que el judaísmo “auténtico” ha evolucionado muy poco desde la época de la redacción de la Misná (primera gran colección de comentarios de rabinos a las Sagradas escrituras judías = la Biblia hebrea, compuesta hacia el 220 d. C.). Por tanto, cuando el libro de Pedro Giménez de Aragón que estoy comentando le presente el desarrollo de los cuatro grupos étnicos en los que el judaísmo se divide hoy día y su evolución histórica, se quedará un tanto asombrado, al menos.
 
Y no solo eso, sino que le extrañará cómo en el mundo de hoy cabe, dentro del judaísmo, un individuo que se declare radicalmente ateo. Caerá en la cuenta, pues, que no solo la religión judía ha ido mutando a lo largo de los siglos (a pesar de que los teólogos incluso de hoy la presentan como casi inalterable), sino también que la historia ha hecho mudar de piel al judaísmo –en cuanto a su situación y comprensión sociológica– muy profundamente.
 
Giménez de Aragón presenta claramente su programa para el libro que presento: hay que hacer entender al público hispanoparlante no solo una síntesis de la religión judía, sino cómo nació realmente el concepto mismo de judaísmo, y cómo fue evolucionando. Piénsese que en la Biblia hebrea no hay ningún vocablo para expresar lo que hoy entendemos por “religión” un conjunto de creencias y prácticas, sino ante todo lo que hay son normas, leyes, para el desarrollo de un culto a la divinidad y leyes o normas meramente sociales, es decir, que afectan al trato ente los judíos mismos y los pueblos de fuera. Por ello, afirma nuestro autor que la historia cultural, de las ideas y conceptos tiene mucho que decir respecto a cómo comprender el judaísmo junto con la necesaria historia de su evolución geográfica y expansión tanto por Europa, Asia, África y América a lo largo de los siglos.
 
El presente libro está divido en cuatro grandes secciones:
 
1. “El judaísmo antes del judaísmo” (sus ideas teológicas básicas antes de que en el imperio helenístico, desde Alejandro Magno, empezara a formarse la idea general de judaísmo: años 1300 a. C.– 300 a. C. = el mundo teológico de la Biblia hebrea.
 
2. “El judaísmo como judaización” (300 a. C.- 300 d. C.: helenización de las creencias judías; proselitismo judío en el Imperio grecorromano; constitución de instancias básicas organizativas del judaísmo: la sinagoga y la organización de los ritos, prácticas, morales y derecho interno judío.
 
3. “Judeidad y judaísmo dentro de la historia hasta la época moderna”. Aquí el lector se encuentra con ciertos tipos de judaísmo de los que quizás no había oído hablar en su vida:
 
A. Judaísmo falasha, de Etiopía con su peculiar su historia.
B. el judaísmo mizraijí u oriental, asentado hasta bien entrado el ato Medievo en la zona del antiguo imperio persa, la Babilonia clásica y su entorno.
C. Judaísmo askenazí (Lituania y Europa Central).
D. Judaísmo sefardí, o proveniente de Sefarad, la Hispania romana y medieval hasta los Reyes Católicos. Su dispersión por Europa y parte de África y Asia cercana.
 
4. Los judaísmo contemporáneos, a su vez dividido en
A. Judaísmo sin judaísmo: gentes que siguen siendo judías, pero que han abandonado la religión propia del judaísmo
B. El judaísmo ortodoxo de hoy día
                 C. El judaísmo de la Haskalá o de la Ilustración
                 D. El judaísmo sionista.
 
Y hay un capítulo final con unas potentes e interesantes reflexiones del autor sobre las perspectivas de futuro del judaísmo y del moderno estado de Israel. El autor reflexiona también sobre los vínculos históricos y las relaciones entre las tres religiones monoteístas, nacidas del “Libro” (la Biblia hebrea): judaísmo, cristianismo e islam.
 
En el libro de Giménez de Aragón la síntesis de las creencias en los tiempos bíblicos, que muestran también una notable evolución (piénsese, por ejemplo, que le politeísmo era predominante en Israel hasta la época del exilio; que uno de los hijos de Saúl se llamaba Ishbaal: “El hombre de Baal”…, el Baal divinidad cananea, la gran adversaria de Yahvé) es muy interesante y está bien hecha, pero es relativamente mejor conocida. No asombra, pero hace que el lector disponga de una buena síntesis.
 
Por ello lo que me parece más interesante para el lector en muchos aspectos –supongo– , y también deslumbrante para muchos no introducidos en la historia de las religiones, es el resto del libro, comenzando por la descripción del judaísmo como judaización en la época imperial romana.
 
Y, sin duda también, el lector agradecerá la abundante información sobre otros judaísmos para él desconocidos, incluido el askenazí ahora predominante en Israel, pero cuyo bagaje cultural es inmensamente inferior al sefardí (capítulo este notabilísimo en datos, por lo que merecía bastantes más páginas, para evitar la impresión de ser un mero inventario, muy rico pero apresurado). Leyendo este capítulo el lector se quedará hasta cierto punto  abrumado por la notable cantidad de nombres ilustres que jalonan la historia del judaísmo sefardí.
 
Personalmente me he sentido muy bien informado sobre los judaísmos contemporáneos a los que por razón de oficio había prestado una menor atención. Interesantísima igualmente la información sobre la Ilustración y sobre el judaísmo moderno.
 
Me parece una verdadera pena el constreñimiento que ha sentido el autor al ver limitadas drásticamente las páginas de las que disponía en la serie a la que pertenece el libro, “Biblioteca de conceptos fundamentales” de la Editorial Senderos de Sevilla. Completo la ficha: ISBN: 978-84-124528-4-6; 238 pp.; 14 X 20 cms. Precio 16,50 euros.
 
Este libro merece un segunda edición con la corrección de algunas erratas, con el cuidado del autor en nombrar ciertos vocablos, como Tanak / Tanaj, siempre con la misma grafía, en la atención debida para explicar ciertos conceptos, que pueden no ser entendidos cuando aparecen por vez primera. Estas posibles mejoras no harán más que aumentar el notable valor informativo de este libro.
 
Así que… ¡Enhorabuena al autor  y a la Editorial!
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 www.antoniopinero.com
Martes, 30 de Mayo 2023

Notas

Segunda parte de “El Diablo en tierras de Canaán”


Escribe Antonio Piñero
 
Mencionados muy frecuentemente en la literatura apócrifa y en el Nuevo Testamento, los demonios son ángeles rebeldes de varias clases, enfrentados a los ángeles fieles y enemigos del hombre. Como los ángeles fieles, los demonios tienen también clases y jerarquías. En una época ya desarrollada de la religión de Israel como es la de los Apócrifos los primitivos espíritus malignos de variadas clases que aparecen en la Biblia hebrea (Lilit y otros con forma de gato salvaje) se han ido reduciendo básicamente a dos clases.
 
El capítulo 19 del Libro I de Henoc hace una clara distinción. “Aquí (en una cárcel infernal, como una profunda sima en la tierra: así se lo está revelando el ángel Uriel a Henoc) permanecerán los ángeles que se han unido con mujeres. Tomando muchas formas han corrompido a los hombres y los seducen a hacer ofrendas a los demonios como a dioses, hasta el día del Gran Juicio”.
 
Así pues tenemos dos clases de espíritus malvados:
 
A) Ángeles caídos que se han unido con mujeres.
 
B) Demonios que reciben inicuamente ofrendas por parte de los humanos.
 
Al frente de las dos clases está Satán, «el acusador», quien en el libro de los Jubileos lleva el nombre de Mastema (de la raíz stm: “acechar, perseguir, enemistar”). Mastema Satán es, pues, el Enemigo, el Perseguidor, cuyo “oficio” es extraviar. Esta tarea fatal la hace por sí mismo y por sus subordinados (Jubileos 10,8; 11,5).
 
La clase A), los "ángeles caídos" según el Libro 1 de Henoc (6,1) han llegado a formar esta clase por haberse dejado llevar de la lujuria. El texto básico de esta concepción se halla en el Génesis 6,1-5 y ya lo hemos citado. Recuerden que su idea central es que ciertos hijos de Dios = ángeles se unieron a las hijas de los hombres y ellas les dieron hijos. Según Jub 4,15, los ángeles los ángeles vigilantes descendieron del cielo en tiempo del patriarca Jared, hijo de Malaleel y de Dina, en el décimo jubileo; la finalidad era buena: «enseñar al género humano· a hacer leyes y justicia sobre la tierra»; sólo más tarde, en el jubileo tendrá lugar el pecado de los ángeles.
 
Eran doscientos y se juramentaron entre sí para tomar juntos mujeres, aunque sabían que esta acción no iba a gustar nada a Dios (6,3). Abandonaron el cielo y bajaron a la tierra: convivieron con sus mujeres y les enseñaron toda suerte de ensalmos y conjuros; las adiestraron en recoger plantas y a fabricar espadas cuchillos, petos, los metales y sus técnicas, brazaletes y adornos; cómo alcoholarse los ojos, embellecer las cejas y a distinguir las piedras preciosas y selectas (1 Henoc 8,1). Total, "que se produjo en la tierra mucha impiedad y fornicación, erraron y se corrompieron las costumbres" (8,2).
 
En la tradición de los Apócrifos aparece siempre un jefe de esos doscientos ángeles extraviados. En las Parábolas de Henoc = 1 Henoc 37-71, Satán es el responsable del extravío de los ángeles, a los que hizo sus súbditos (1 Henoc 54,6; 69,5). En 1 Hen 6,3 hace responsable de lo mismo a Semyazá que arrastró a sus doscientos ángeles subordinados y les hizo juramentarse bajo anatema, en el monte Hermón, que bajarían a tomar por esposas a las hijas de los hombres y engendrar hijos de ellas. En 1 Hen 69,4 responsabiliza a Asbeel (nombre que acaso provenga de ‘azab ’el, «el que abandonó a Dios») de haber enseñado las malas artes y la corrupción de los hijos de los hombres a los hijos de los ángeles y de las hijas de los hombres. Otras veces, el jefe de los ángeles rebeldes es llamado Beliar.
 
En todos los Testamentos de los XII Patriarcas, otra obra apócrifa del Antiguo Testamento, se le denomina así alguna vez; en algunos de ellos, varias veces. Beliar es una corrupción del descalificativo Beli‘al (= un ser «sin provecho»), denominación frecuente en Qumrán, que también figura en 2 Cor 6,15. Este «el príncipe de la mentira» en T. Simeón 2,7, quien al final será aherrojado (T. Leví 18,12) y echado al fuego para la eternidad (T. Judá 25,3).
 
Hasta aquí he mencionado una parte de los Apócrifos que culpa a los ángeles de ser vencidos por la lujuria. Pero hay otra parte en la que las mujeres son las culpables de la caída de los ángeles. Sobre todo el Testamento de Rubén, 5,5-7 se exhorta a las mujeres a prescindir de adornos en la cabeza y el rostro con los que pudieran seducir a los hombres, pues así fue como antes del diluvio sedujeron a los ángeles vigilantes. En el Apocalipsis de Baruc sirio 56,10-14 se recoge también la tradición de la caída de los ángeles por la seducción de las mujeres.
 
Existe otra tradición paralela explica la caída de los ángeles que no tiene que ver con el ámbito sexual. Así Jubileos 10 presenta una versión más espiritualista: no hubo pecado carnal; sólo que esos espíritus, como Prometeo, enseñaron a los hombres lo que no debían por una cierta aversión a la divinidad. Todos se corrompieron y el resultado fue el castigo del Diluvio universal.
 
Otra tradición judía antigua afirma que la caída de los ángeles se debió a un pecado de orgullo: cuando Dios creó a Adán a su imagen y semejanza, Miguel le rindió pleitesía e invitó a Satán a que hiciera lo propio; pero Satán se negó a ello alegando que había sido creado antes que Adán y que debería ser Adán quien le hiciera reverencia a él; en esta actitud secundaron a Satán otros ángeles, y por el pecado de orgullo fueron arrojados del cielo; después Satán, por envidia, continuó persiguiendo a Adán y Eva por la tierra.
 
La versión latina de la Vida de Adán y Eva 12-16 dice el Diablo entre lágrimas: Adán, toda mi hostilidad, envidia y dolor viene por ti, ya que por tu culpa fui expulsado de mi gloria… Dios inspiró en ti el hálito vital, y tu rostro y figura fueron hechos a imagen de Dios; cuando Miguel te trajo e hizo que te adorásemos delante de Dios y dijo Dios: He aquí que hice a Adán a nuestra imagen y semejanza. Entonces salió Miguel, convocó a todos los ángeles dijo: Adora la imagen del Señor Dios. Yo respondí: No, yo no tengo por qué adorar a Adán. Como Miguel me forzase a adorarte, le respondí: ¿Por qué me obligas? No voy a adorar a uno peor que yo, puesto que soy anterior a cualquier criatura, y antes de que él fuese hecho ya había sido hecho yo. Él debe adorarme a mí, y no al revés. Al oír esto, el resto de los ángeles que estaban conmigo se negaron a adorarte”.
 
Vamos ahora con la clase B) los demonios que reciben inicuamente ofrendas por parte de los humanos. La tradición sobre el origen de los demonios parte del mismo texto de Génesis 6,1-6: de la unión de los ángeles con las mujeres nacen los gigantes. Estos personajes se enseñorean de la tierra y la llenaron de maldades. Incluso llegaron a comerse a los hombres. La tierra se corrompió de tal modo que no era posible para la divinidad soportar tales atrocidades. Para acabar con ellos, Dios hizo que el arcángel Gabriel los azuzara unos contra otros. Así ocurrió, y se fueron matando entre ellos llenándose toda la tierra de sangre.
 
Pero en realidad sólo perecieron los cuerpos de los gigantes, porque sus espíritus siguieron vivos, y continuaron merodeando por la tierra cometiendo toda suerte de tropelías contra los hombres. Estos espíritus de los gigantes son los demonios. Noé, harto de esta situación, rogó a Dios para que la humanidad se viera libre de ellos. La divinidad accedió y dictaminó que estos demonios "fueron atados en el lugar de la condenación”. Según el Apocalipsis, que recoge esta tradición es un lago de azufre: Ap 19,20 y 20,10.
 
Entonces su jefe, llamado Mastema, hizo muchas súplicas a Dios y este permitió que una décima parte quedara libre para causar el mal a la humanidad. Pero, la divinidad permite que su acción perversa continúe hasta el día del Juicio: andan sueltos por la tierra sometidos a Satán (Jubileos 10,11); son estos espíritus los que causan toda clase de males a los hombres, y para prevenir o curar esos males Noé recibe lecciones de medicina (Jubileos 10,8-13). Finalmente tras el juicio final en el que Dios los entregará al fuego, esta vez eterno.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
NOTA:
 
Entrevista realizada por Omar Navarro:
 
 https://youtu.be/LsEXtoxGWlE
 
Martes, 23 de Mayo 2023

16-05-2023


“El Diablo en tierras de Canaán”
 
 
Escribe Antonio Piñero
 
Me propongo hacer una serie de unas 12 “postales” para desarrollar el tema de los diablos en la fe judeocristiana, sobre el que me han preguntado muchas veces.
 
El mundo cananeo, al que pertenecían los hebreos (aunque la Biblia diga que viniendo de lejos… zonas de Siria y Mesopotamia se asentaron en ella) hoy ocuparía grosso modo una buena parte de Palestina, Fenicia y parte de Siria. Este ámbito semítico creía firmemente en la existencia de demonios, y la prueba está en que los textos descubiertos durante el siglo XIX de Ugarit, en Canaán, que se van traduciendo poco a poco, nos hablan de multitud de prácticas mágicas muy desarrolladas para defenderse de ellos; es decir, había en Canaán (insisto: también es el mundo hebreo antiguo) un catálogo de exorcismos y conjuros contra los demonios maléficos.
 
Pero no conocemos bien los diablos del mundo cananeo. Sin embargo, pensamos, que se reflejan de algún modo en los seres maléficos del folclore hebreo antiguo que debió de asumirlos porque pertenecían a su cultura. En efecto, leyendo con cuidado la Biblia hebrea, y a pesar de que en el culto israelita no existía de modo oficial ninguna prescripción para defenderse de los demonios ni se habían compuesto oraciones para suplicar a Yahvé que protegiera al pueblo ante sus ataques, caemos en la cuenta de que los hebreos creían en la existencia de variados seres o genios maléficos.
 
En Levítico 17 se nos dice que los israelitas durante la travesía del desierto ofrecían sacrificios a los seirim ("los peludos"), una suerte de seres peligrosos que vivían entre las arenas o las ruinas.
 
También creían los primitivos judíos que por la noche circulaba una diablesa peligrosa, llamada Lilit, emparentada sin duda con el demonio babilónico Lilitu, el "Nocturno", dios también de las tormentas.
 
En Deuteronomio (en conjunto y eliminados los arreglos “modernos”, de los siglos VI y V a. C., quizás el más antiguo del Pentateuco = los 5 primeros libros de la Biblia)  32,17 prohíbe el legislador que los israelitas den culto a los shedim, vocablo que a falta de mayor precisión se traduce por "demonios" en general. Se piensa hoy que estos shedim serían en principio los ayudantes o el cortejo de dios secundario, porque el vocablo es el plural del dios Shedu del panteón babilónico, una especie de divinidad en forma de toro que unas veces aparece como genio benéfico y otras como maléfico. El nombre de shedu se relaciona con la raíz shud ‘ser fuerte’; pero como en hebreo el verbo shadad significa ‘devastar’, para los judíos los shedim serían “los espíritus ‘devastadores’ por antonomasia”.
 
También en los desiertos moraban otros genios maléficos, llamados iyyim o tsiyyim (“los sedientos”), que según la imaginación popular debían de tener forma de chacales o gatos salvajes.
 
Según Génesis 4,7 existía un demonio llamado robets (relacionado con el rabitsu babilonio "el agazapado") que atacaba a los hombres y que en concreto fue el que incitó a Caín a matar a su hermano.
 
Por Levítico 16,17s sabemos que todo el pueblo creía en la existencia de un demonio poderoso, llamado Azazel, que habitaba en el desierto, y al que eran enviados los pecados del pueblo el gran día de la purificación, pecados introducidos dentro del cuerpo de un macho cabrío gracias a un acto mágico, la imposición de las manos del Sumo Sacerdote.
 
Así que el mundo primitivo cananeo tenía multitud de demonios, pero en esos tiempos remotos no se veía una estructura organizada, ni un “jefe” que ejerciera el control sobre todos ellos.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.antoniopinero.com

NOTA:

Enlace a una larga entrevista, el canal "Fe  Hebrea" dividida en dos partes:
 
Santiago la iglesia de Jerusalén:
 
https://youtu.be/KKut5h60iVc
 
Los otros cristianismos:
 
https://youtu.be/OEzGxKE1YBs
 
Martes, 16 de Mayo 2023
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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