Notas![]()
Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Hecho XIII (cc. 150-158): Bautismo de Vazán El Hecho decimotercero y último se desarrolla en torno al hijo del rey. Todo empieza con una súplica del joven Vazán, dirigida a Judas Tomás, en la que proyecta convencer al carcelero a fin de que permitiera al apóstol salir de la cárcel para ir a la casa de Vazán y administrarle el bautismo. De ese modo se convertiría en siervo de Dios y guardián de sus mandamientos. Informaba a Tomás de que a pesar de su edad de veintiún años, llevaba siete unido en matrimonio con la joven Mnesara. Vivía Vazán con su esposa en castidad, lo mismo que había vivido hasta el momento de contraer matrimonio con ella. Su conducta de continencia absoluta y de no haber conocido mujer era motivo del concepto de inútil que su padre tenía de él. Mnesara, su joven esposa, estaba aquejada de una enfermedad muy grave. El ruego de Vazán abarcaba la intención de que el apóstol curara a Mnesara como preludio de la prometida vida eterna. “Si crees, verás las maravillas de Dios”, fue la respuesta de Tomás. Entretanto, Tercia, Migdonia y Marcia, sobornaron al carcelero mediante una fuerte suma de dinero y entraron también en la cárcel, donde ya estaban Vazán y el general Sifor con su mujer y su hija. Los presos estaban sentados escuchando la palabra predicada por el apóstol. Cuando Judas Tomás vio a las tres damas dentro de la cárcel, quiso saber de qué medios se habían valido para entrar. Tercia explicó que el mismo apóstol en persona las había invitado a entrar como premisa para que la gloria del Señor quedara de manifiesto. Entró Tomás y cerró las puertas, por lo que las tres mujeres tuvieron que sobornar al carcelero para que les franqueara la entrada. Tomás quiso que las tres mujeres contaran los detalles de su entrada en la cárcel, lo que no dejaba de producirles sorpresa dado que Tomás no se había apartado de ellas. Tercia contó que su esposo el rey confiaba en que todavía no estuviera hechizada por las artes de Tomás, como hacía con todos “mediante el aceite, agua, pan y vino” (c. 152,1). (La versión griega suprime aquí una vez más la mención del vino, recogida en el siríaco). Para ello, mantenía encerradas a Tercia, Migdonia y Marcia, que fueron liberadas milagrosamente por el apóstol. Tercia expresaba su temor de no poder resistir a las maniobras de su esposo Misdeo si no eran confirmadas antes por el bautismo. En consecuencia, pidió con carácter de urgencia a Tomás que les concediera el sello. Cuando ya había iniciado Tomás la ceremonia con una solemne invocación, llegó el carcelero y ordenó que apagaran las lámparas para que los sucesos no llegaran a oídos del rey. Apagaron, en efecto, las lámparas y se durmieron. Judas Tomás conversaba con el Señor pidiendo que iluminara a los suyos. Al punto, la cárcel se llenó de luz, que no percibieron los encarcelados, sino que fue contemplada solamente por los que creían en el Señor (c. 153,2). El apóstol encargó a Vazán que trajera y preparara todo lo necesario para el servicio. Las puertas de la prisión se abrirían y cerrarían sin problema porque los guardianes dormían. Vazán se encontró en el camino con su esposa Mnesara que acudía al encuentro con Tomás. Se había podido levantar sola porque había sido ayudada por un misterioso joven que la acompañaba. El joven y su misión recuerdan la escena de los HchPl en Éfeso, referida en el Papiro de Hamburgo 3,10-4,5 Llegaron todos a la casa de Vazán. Cuando Mnesara vio a Tomás, recordó que había sido él quien la había entregado al joven que la traía de la mano. Se volvió para señalar a su acompañante, pero había desaparecido. Al sentirse sola e incapaz de mantenerse en pie, Judas le dio seguridades diciéndole: “Jesús te conducirá de ahora en adelante” (c. 155,2). La joven Mnesara se puso a correr delante de todos. Alrededor de la casa de Vazán, una gran luz iluminaba la noche. Entretanto, pronunció Judas Tomás una larga plegaria introductoria de la ceremonia bautismal. Nombraba nominalmente a Vazán, Tercia y Mnesara para quienes pedía que Jesús fuera para ellos guía, médico y descanso. Al punto, encargó Tomás a Migdonia que desvistiera a sus hermanas Tercia y Mnesara. Las ciñó luego con ceñidores y las condujo al apóstol. Iba Vazán en primer lugar, las demás le seguían. Judas Tomás tomó un recipiente con aceite y pronunció una invocación sobre el significado del aceite en la vida de hombre. Pidió después que Jesús derramara su gracia y su poder sobre el aceite que iba a ser el material de la unción previa al bautismo. Vertió primero el aceite sobre la cabeza de Vazán y luego sobre las de las dos mujeres rogando que sirviera como “perdón de los pecados, rechazo del adversario y salvación de sus almas”. Ordenó a Migdonia que ungiera a las mujeres, como él lo hizo con Vazán. “Después de ungirlos, los hizo bajar al agua en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (c. 157,4). Según era habitual, tras la ceremonia del bautismo siguió la fracción del pan o celebración de la eucaristía. En efecto, tomó Judas Tomás pan y un cáliz. Una vez más la versión siríaca añade el detalle de que el cáliz contenía una mezcla de vino y agua. La bendición que pronunció era una exposición de la doctrina eucarística. Decía claramente: “Comemos tu santo cuerpo crucificado por nosotros, y bebemos tu sangre derramada por nosotros para nuestra salvación” (c. 158,1). Recordemos que la fecha de composición de estos HchTom se remonta a principios del siglo III. Después de esta diáfana confesión, suplicaba Judas Tomás una serie de dones relacionados con detalles de la pasión de Jesús, tales como la hiel que le hicieron beber, las burlas en el pretorio, la corona de espinas, el sudario con que fue vendado, la sepultura y la resurrección. A continuación, partió el pan y se lo dio a Vazán, a Tercia, a Mnesara, a la mujer de Sifor y a su hija diciendo: “Sea para vosotros esta eucaristía salvación, alegría y salud de vuestras almas”. Los interesados respondieron con el “amén”, ratificado por una voz celestial que al solemne “amén” añadía la recomendación de no temer, sino de creer (c. 158,3). (Símbolos del la eucaristía) Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 28 de Noviembre 2011
Comentarios
NotasHoy escribe Antonio Piñero Sobre la base de la imaginación popular judía acerca de la actuación escatológica de este personaje no presenta M. Harris más que un documento/ejemplo: El “Rollo de la Guerra” descubierto entre los documentos del Mar Muerto. Nuestro autor resume así el contenido del Rollo: en él se describe la batalla final entre el Imperio romano e Israel, ayudado por El más fuerte” y el resultado era una total ruina Para el Imperio: “Roma sería sustituida por un nuevo imperio con capital en Jerusalén, gobernado por un mesías militar descendiente de una rama de la casa de David, más poderoso que ningún César jamás visto en la tierra. Los judíos fieles (para los esenios, sólo ellos), los ‘hijos de la Luz’, dirigidos por el Ungido (= el cristo) de Israel, general invencible (porque detrás de su brazo están Dios y sus ángeles), se disponen a librar la batalla definitiva contra los ‘hijos de las Tinieblas. Sería una guerra de aniquilación. Veintiocho mil guerreros judíos y 8.000 aurigas atacarían a los romanos. ‘Emprenderían la persecución par exterminar al enemigo en una aniquilación eterna…, hasta destruirlo del todo. “La victoria estaba garantizada porque ‘Tú (oh Dios) nos lo has declarado desde antaño: ‘de Jacob saldrá una estrella<, de Israel surgirá un cetro (tomado de Números 24,17 “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. Aplasta las sienes de Moab, el cráneo de todos los hijos de Set” = profecía de Balaán… que está en la mente de Mateo cuando habla de los magos guiados por una estrella hacia el lugar donde está reclinado el rey-mesías de Israel que acaba de nacer; más tarde la mención de la ‘estrela servirá para que se aplique este oráculo a Bar Kochba, “hijo de la estrella” el jefe de la segunda Gran Insurrección judía contra Roma, acabada desastrosamente en el 135 d.C. ). “Israel habría de vencer porque ‘en el pasado has devorado mediante tus ungidos al mal como una antorcha encendida en una andana de grano… porque desde antaño has proclamado que el enemigo… caería por espada no humana, y una espada no humana los devorará” (p. 161). Mi opinión: este resumen me parece muy acertado y creo que cualquiera que haya leído el Rollo de la Guerra (versión de Florentino García Martínez en Trotta) estará de acuerdo con él. Segundo: he defendido siempre que Jesús no era un esenio. Cierto. Y hay diferencias insalvables entre la doctrina de la secta (sobre odo en materia de interpretación de la Ley y de acercamiento a gentes teóricamente impuras por parte de Jesús). Peo también he defendido que la escatología de Jesús y otras doctrinas de él son muy parecidas a las de los esenios. No hace falta postular ningún influjo directo o copia: las doctrinas judías escatológicas eran compartidas por la mayoría de las ramas del árbol frondoso y pluriforme que era el pensamiento judío del siglo I. En este ámbito de la batalla final escatológica he defendido que Jesús muy probablemente dejaba en manos de Dios la instauración fáctica del Reino. La diferencia estaría en que para Jesús, los 28.000 guerreros y los 6.000 aurigas sería una cifra impensable: Jesús pensaba como le dijo Dios que debía pensar Gedeón: con trescientos o menos bastaba para acabar con Roma !!! Otra observación: nótese cómo la escatología apocalíptica mesiánica está fundada sobre la interpretación de los profetas (¡Balaán, Moisés y David son profetas! Desde la época persa de Israel (siglos VI V y IV a.C.) en los que se editan casi definitivamente los textos antiguos de las Escritura hebreas, para muchos judíos todo el Antiguo Testamento se convierte en un testimonio mesiánico: una espera de la restauración de Israel. Por último: copare el lector el contenido de este Rollo de la Guerra con las batallas del Cordero = Cristo en el Apocalipsis de Juan. El autor es judeocristiano, discípulo fervoroso de Jesús y dice –como Pablo—qa ha recibido de Dios y de Jesús su revelación del final. Hay tanto encono con los enemigos de Dios, que son los mismos = el Imperio romano en el Apocalipsis que en el Rollo de la Guerra. El autor del Apocalipsis está convencido de transmitir la verdad de Jesús. Debería utilizarse más el Apocalipsis para reconstruir la escatología del Jesús de la historia. Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Viernes, 25 de Noviembre 2011
Notas
Hoy escribe Fernando Bermejo
Aunque, sin duda, los lectores estarán enterados de la noticia a la que hoy me referiré, conviene recordar que en los últimos meses una docena de monjes, monjas y laicos tibetanos se han prendido fuego como modo de protesta contra la represión del gobierno chino. Esta represión no se limita a la inexistencia de la libertad de expresión o de religión, sino que incluye detenciones multitudinarias, desapariciones forzosas, malos tratos y torturas, y posibles homicidios a manos de las fuerzas de seguridad chinas. Las escuelas de secundaria donde los alumnos expresaron su solidaridad con los monjes de algunos monasterios objeto de abusos fueron bloqueadas y allanadas por las fuerzas de seguridad, que quemaron libros. Los campos de “reeducación” (China tiene desde hace décadas los laogai, verdaderos campos de concentración que en los telediarios de Occidente apenas se mencionan) son otra alternativa. En ocasiones, la inmolación sirve como manera extrema de atraer la atención de una opinión pública internacional cada vez más indiferente o complaciente con los interminables abusos de la tiranía del gobierno asiático. Uno de los perversos efectos colaterales de la crisis en Occidente es, en efecto, la sensible disminución del interés por la justicia. Economía obliga. Con objeto de recordar a la opinión pública estos y otros muchos casos de abusos e injusticias, organizaciones como Amnistía Internacional están llevando a cabo varias campañas. Los lectores interesados pueden enterarse aquí de alguna de ellas. http://info.es.amnesty.org/c/r?EMID=09A01JU44C5TU05HJ6D033AML01A8FD6K Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 23 de Noviembre 2011
Notas![]()
Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Hecho XII (cc. 139-149): Vazán, el hijo del rey Misdeo Misdeo tenía un hijo, de nombre Vazán, no muy bien valorado por su padre, que abrigaba serias dudas sobre su hombría. Se acercó a los soldados y les pidió que le entregaran al prisionero. Vazán expresó a Tomás el deseo de conocer a ese Dios de que hablaba. Tomás le tomó la palabra y le brindó la primera lección sobre su doctrina y su Dios. Reconocía en Vazán al hijo del rey Misdeo, mientras él se confesaba siervo de Jesucristo. Misdeo era un rey temporal, Jesucristo era un rey eterno. Vazán se gloriaba en la riqueza, Judas Tomás se gloriaba en la pobreza. Vazán buscaba refugio en hombres semejantes a él, Tomás se refugiaba en Dios, salvador de reyes y príncipes. Si quería convertirse en siervo de Dios, tenía que vivir en santidad y en la comunión con el Dios que Tomás predicaba. Debía practicar las virtudes con especial referencia a la sencillez. El joven hijo del rey buscaba la manera de liberar al prisionero cuando llegó el rey. Ordenó que llevaran a Tomás al tribunal para interrogarle. Tomás se autoproclamó como un simple hombre que realizaba obras maravillosas por el poder de Jesucristo. A las amenazas del rey respondió Tomás diciendo que nada podría contra el poder de Dios que lo protegía. Irritado el rey, mandó preparar unas planchas de metal incandescentes sobre las que ordenó a los soldados que colocaran a Tomás. Pero cuando quisieron dar cumplimiento a las órdenes del rey, brotó de repente agua abundante debajo de las planchas, que se hundieron de modo que los que las portaban escaparon huyendo. Al ver la cantidad de agua que manaba, se asustó el rey y suplicó a Tomás que rogara a su Dios para que lo salvara de una muerte miserable. Así lo hizo con tanta eficacia que en pocos instantes desapareció el agua. El rey ordenó que llevaran al prisionero a la cárcel mientras reflexionaba cómo tenía que actuar (c. 141,3). Judas Tomás fue conducido a la cárcel, seguido por todos sus amigos, entre ellos, por Vazán y Sifor con su mujer y su hija. Sus acompañantes tomaron asiento mientras Tomás pronunciaba una alocución con timbres de despedida. Como en otros pasajes de estos Hechos, el tono de las palabras del apóstol en la cárcel es de carácter retórico. Se dirige al “Redentor de su alma” con una serie de expresiones de atención como es el término griego idoú (“he aquí”, “mira”, “escucha”), repetido hasta quince veces. Insiste en el concepto de oposición entre la situación presente y la que le espera en su inminente entrada en el reino de los cielos. De la servidumbre accede a la libertad, de la tristeza a la alegría, de la lucha a la paz, de la muerte a la vida, de la esperanza al cumplimiento (c. 142). Pensaban los presentes que el apóstol iba a dejar la vida, pero continuó con su alocución de despedida trazando un perfil de la personalidad de su Maestro con tintes gnósticos. Él es el médico, Señor y juez de la naturaleza, “el unigénito del Abismo”, el hijo de María, considerado como hijo de José el carpintero, el que ha vencido a los arcontes y a la muerte. Intercala en su alocución una larga plegaria, iniciada por el texto del Padrenuestro, en el que falta la petición del “pan de cada día”, añadida por la versión siríaca. Añade la expresión que pronunció en el encuentro con Jesús después de la resurrección: “¡Señor mío y Dios mío!” (c. 144,2). Menciona con cierto orgullo que vivió apartado de mujer para que se mantuviera limpio aquello de lo que Jesús tenía necesidad. Era el momento de dar a Dios gracias por todos los favores que había concedido a los suyos. Alude a la revelación especial que le manifestó hasta el punto que de pobre fue colmado por Dios con la verdadera riqueza. Expresaba su convencimiento de haber cumplido su misión. Para ello, recordaba gestos de la historia bíblica. Había plantado una viña que resultó fecunda, depositó en el banco el dinero que se le encomendó, acudió con presteza al banquete al que se le invitó, su lámpara nunca estuvo falta de aceite, vigiló su casa para que no la perforaran los ladrones, nunca volvió la vista atrás mientras apoyaba su mano en el arado, vació sus graneros para poder llenarlos con los tesoros celestiales, buscó y encontró la fuente que nunca se seca, al interior lo hizo exterior y al exterior interior (Cf. EvTom 22). Ha llegado la hora de recibir la recompensa merecida. Después de recordar la alegría y la paz con las que ha vencido a sus enemigos la luz que Dios ha hecho habitar en él, termina su larga plegaria diciendo: “Quédate conmigo hasta que llegue y te reciba por los siglos de los siglos” (c. 149,2). (Lámpara encendida) Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 21 de Noviembre 2011
Notas
Hoy escribe Antonio Piñero
Deseo concluir en una serie de postales mi comentario a las ideas del libro de M. Harris, que iniciamos ya hace días. Nos ocupábamos de la figura de Juan Bautista Opina Harris que Juan Bautista reproduce la pauta de los oráculos de los profetas del desierto, conocidos a los lectores de la Biblia. Los gobernantes tenían memoria de que algunos de estos predicadores habían supuesto alteraciones de orden público, como sabemos. Pues bien, en el primer instante en el que el gobernador más cercano al Bautista, el etnarca de Galilea, Herodes Antipas, tuvo el primer síntoma de miedo ante un posible movimiento desbocado de masas, mandó detener al Bautista. Sin embargo, está ausente de los Evangelios toda motivación política. Y del mismo modo, la escena de Marcos del degollamiento de Juan Bautista presenta a un Herodes que –a la vez que mata al posible adversario— lo admiraba y sentía pena de matarlo. Estoy de acuerdo con Harris que el ocultamiento de los motivos políticos, indirectos, sin duda, pero existentes en la proclamación del Juicio por parte del Bautista, pertenece al sesgo o "tendenci" del Evangelio de Marcos y del de sus sucesores. Si hay que defender que el mesianismo de Jesús fue totalmente pacífico, debe ocultarse: A) Que Jesús estuvo durante meses, probablemente con el Bautista, escuchando sus doctrinas y empapándose de ideas escatológicas B) Era preciso ocultar también los motivos de orden público que levaron a Antipas a asesinar al Bautista y hacer hincapié sólo en los motivos morales. Esta falta de motivación política y el remordimiento de Herodes Antipas por quitar de en medio al Bautista están fuera de lugar. M. Harris entiende que uno de los núcleos de la predicación del Bautista era “una pura amenaza militar-mesiánica”: (p. 160) “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. 11 Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego.12 En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga” (Mt 3,10-12). En realidad este oráculo de Juan Bautista no aparecía de inmediato relacionado con los “celotas” de la época, es decir los “bandidos” guerrilleros que acosaban a los romanos en pequeñas escaramuzas con fines ante todo religioso-políticos. Si es así, ¿por qué, pues, este oscuro oráculo sobre “El más fuerte” atraía a las masas? Porque entre esas masas flotaba la idea de que “El mas fuerte” podría ser sólo una doble figura: o bien Dios; o bien el representante terreno de la divinidad, encargado de la operación militar de limpiar la tierra de Israel de impurezas antes de la venida del Juicio…; y después del Juicio, sólo los que hubieran resistido ese ataque del “Más Fuerte” entrarían en el Reino. Y, además, las masas sabía que tanto Antipas como sus herodianos no estaban en disposición de resistir al "Más Fuerte". La solución estaba en las manos de Antipas: matar al mensajero para que las turbas no se encandilaran con estas promesas tan peligrosas. En líneas generales esta concepción de M. Harris me parece que se corresponde bastante bien con lo que debía de sentirse entre las muchedumbres que escuchaban al Bautista. Y entre ellas estaba Jesús. Toca preguntarse si es posible saber cómo podían imaginarse al “Mas Fuerte” de un modo más concreto. Seguiremos. Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Viernes, 18 de Noviembre 2011
Notas
Hoy escribe Fernando Bermejo
Que Jesús fue un predicador con hondas convicciones escatológico-apocalípticas es un resultado suficientemente seguro de la historia de la investigación. Una de las muchas razones que han permitido extraer esta conclusión son los testimonios relativos a las expectativas de sus discípulos, por ejemplo respecto a la llegada inminente del Reino y al carácter políticamente liberador del propio Jesús (cf. v. gr. Lc 24, 21: “Nosotros esperábamos que él era el que había de liberar a Israel”; Hch 1, 6: “Señor, ¿en este tiempo vas a restablecer el reino a Israel?”). Si esto es lo que creían sus discípulos, hay que suponer que es su maestro quien transmitió estas ideas. No obstante, desde hace algunas décadas un grupo de estudiosos –en particular, norteamericanos (Marcus Borg, Stephen Patterson, John D. Crossan, Burton Mack, etc.)– pretende construir la imagen de un “Jesús no apocalíptico”. En realidad, puede demostrarse que todos y cada uno de los argumentos de estos autores en favor de tal imagen es inconsistente. Uno de los argumentos consiste en sostener que Jesús fue malinterpretado (en aspectos esenciales) por sus propios discípulos. Así, por ejemplo, el difunto Robert Funk, co-director durante mucho tiempo del "Jesus Seminar", mantuvo esta idea en sus obras (v. gr. Honest to Jesus). El primer problema con esta idea es que presupone, sea que la predicación de Jesús era especialmente complicada (como para haber sido malentendida por todos sus discípulos), sea que Jesús se caracterizó por su especial inepcia como maestro, o ambas cosas. Ahora bien, no hay ninguna razón para aceptar ninguno de estos supuestos. La predicación religiosa de un visionario sin una cultura especial no puede haber sido muy sofisticada o abstrusa, y desde luego no hay el menor indicio en la tradición de una enrevesada complejidad doctrinal que exigiera una inteligencia o una educación especial; los discípulos de Jesús, sin duda, podían entenderle muy bien. Por otra parte, la imagen de Jesús que nos transmite la tradición –aun teniendo en cuenta y descontando el plus de inflación que suelen experimentar los individuos objetos de veneración– es la de un predicador y comunicador hábil, no la de un sujeto torpe e inepto para expresar con suficiente claridad su mensaje. Un segundo problema es que la idea de una flagrante malinterpretación del mensaje presupone una discontinuidad entre las ideas del maestro y las de sus discípulos que resulta del todo implausible en vida del primero. Sin duda, Jesús cometió errores garrafales tanto en algunas de sus predicciones como de sus elecciones (si la historia de Judas Iscariote merece credibilidad, Jesús cometió el error de elegir como discípulo a un individuo que acabaría traicionándolo), pero que ignorara que los individuos que había congregado para ayudarle a predicar su mensaje –y a los que envió en misión–fueran tan obtusos e incapaces de entenderle, y por tanto tan incapaces de propagar su mensaje de modo fiable, resulta francamente inverosímil. Que el predicador galileo fue un visionario parece claro, pero que su desconocimiento de la naturaleza humana fuese de tal calibre no parece compatible con lo que la tradición nos permite adivinar del personaje. Un tercer problema estriba en que la estrategia de atribuir incomprensión a los discípulos aparece ya en los propios textos evangélicos, en los cuales no obstante presenta todo el aspecto de ser un dispositivo crasamente apologético y/o polémico. Así, por ejemplo, Lc 19, 11 (Jesús “les contó otra parábola […] y ellos creían que el Reino de Dios iba a manifestarse inmediatamente”) supone una distinción en las expectativas escatológicas de Jesús y sus oyentes, achacándola a una malinterpretación; Lc 24, 21 y Hch 1, 6 presuponen esta distinción, en la medida en que la expectativa de los discípulos consiste en que Jesús es un liberador que restaurará el reino a Israel, por lo cual deben ser amonestados y corregidos por el Jesús resucitado. Jn 21, 22-23 supone una malinterpretación de un dicho como Mc 9, 1. El carácter de racionalización secundaria que transpiran estos y otros textos apunta a que carecen de toda plausibilidad histórica. En realidad, la idea del "Jesús malentendido" se encuentra por doquier en la exégesis apologética a lo largo de los siglos. Cuando se toman en consideración las precomprensiones en juego, así como la ausencia de sentido crítico que entrañan, uno puede concluir sin temor a equivocarse que el presunto argumento basado en la incomprensión de los discípulos carece de toda plausibilidad, constituyendo más bien un síntoma de la desesperación en que se hallan quienes necesitan recurrir a él. Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 16 de Noviembre 2011
Notas
Queridos lectores de este Blog:
Por motivos personales voy a estar ausente de España, y sin prácticamente Internet, cerca de dos meses. Pero no deseo perder el contacto con Ustedes, de modo que he escrito seis postales y las he introducido en el servidor, de modo que queden ahí archivadas y puedan ser lanzadas a la Red en el momento oportuno. Será mi amigo y colega, Gonzalo del Cerro el que se encargará de este menester. Durante mi ausencia el Blog quedará así: tres intervenciones por semana: lunes a cargo de Gonzalo del Cerro; los miércoles escribirá Fernando Bermejo; y yo –por medio de Gonzalo- escribiré los viernes. Por favor, no me enviéis correos personales, porque no podré contestarlos. Saludos muy cordiales y ¡hasta la vuelta! Antonio Piñero Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Martes, 15 de Noviembre 2011
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Hoy escribe Gonzalo del Cerro
Hecho XI (cc. 134-138): Tercia, la mujer del rey Misdeo El rey Misdeo regresó a su casa, donde contó a su mujer Tercia lo que estaba sucediendo a su pariente Carisio. Comentaba que no hay nada más importante para un hombre que su propia mujer. Pues bien, la mujer de Carisio había escuchado al mago extranjero, que la había enredado hasta el punto de que se había separado de su marido, que no sabía lo que hacer. Él había tratado de intervenir, pero no logró ningún resultado positivo. Pedía ahora a su propia mujer que aconsejara a Migdonia que volviera a su marido y se apartara de las palabras de aquel malvado encantador. Se levantó Tercia de mañana y se dirigió a la casa de Carisio. Allí estaba Migdonia rezando para que Dios le perdonara sus antiguos pecados y la llevara pronto de esta vida. Tercia empezó su encargo reprochando la actitud de Migdonia y recomendándole que volviera con su marido. La respuesta de Migdonia insistió en el contraste entre la vida efímera y la vida eterna que Tomás predicaba. Lo hizo con tal eficacia que Tercia remató su encargo pidiendo a Migdonia que la condujera al maestro extranjero para poder aprender esas grandiosas doctrinas que predicaba. Migdonia informó a Tercia de que el apóstol se encontraba en la casa del general Sifor. Allá se dirigió Tercia para ver al nuevo apóstol y escuchar su palabra. La gran riqueza que Tomás poseía, y que ofrecía a Tercia, no era otra que Jesús, el salvador de toda la humanidad. Tercia se mostró dispuesta a recibir la gracia de esa riqueza. El apóstol le explicaba que Dios exigía ante todo un corazón bueno y puro. Si Tercia creía en él, sería digna de conocer sus misterios, poseería la verdadera riqueza y heredaría su reino (c.136,3). Regresó a su casa llena de gozo y encontró a su marido que la estaba esperando sin haber desayunado. Misdeo, sorprendido al ver a su esposa tan alegre, le preguntó los motivos. Ella le contestó agradeciéndole el favor que le había hecho poniéndola en contacto con el apóstol del nuevo Dios. Gracias a sus palabras había conocido una nueva vida llena de gozo y esperanza. Aconsejaba además a su marido que escuchara al apóstol y siguiera sus consejos de conservarse puro, para poder conseguir una vida y un reino que duran para siempre. Misdeo se dio cuenta inmediatamente del desaguisado, se golpeó el rostro y desgarró sus vestiduras prometiendo castigar a Carisio. Le echaba en cara no haber permitido que acabara con el mago antes de que destruyera su casa, como ha hecho. Le contó lo sucedido con la misión de su mujer, que había acabado embrujada por el extranjero. Marcharon ambos, el rey y Carisio, a la casa del general Sifor, donde se encontraba Tomás enseñando. Todos los presentes se levantaron, menos el apóstol. El rey tomó un sillón por las patas y golpeó con él a Judas Tomás. Luego, se lo entregó a los soldados para que lo llevaran al lugar donde Misdeo administraba justicia (c. 138,2). (Alegoría de la castidad) Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 14 de Noviembre 2011
Notas
Hoy escribe Antonio Piñero
Tiene razón H. Küng cuando señala que las comunidades paulinas supusieron frente al mundo que tenían delante, pesar de algunas rémoras, un avance notable en lo que se refiere a la consideración de las mujeres: Pablo las empleó como colaboradoras (Priscila/Prisca, Evodia, Síntique, Lidia, Junia, etc. = cap 16 de Romanos), como apóstolas y profetisas. Pero creo que exagera cuando habla de que este hecho se debe a un principio teológico expresado en Gálatas 3,26-29: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.27 En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: 28 ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.29 Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abrahán, herederos según la Promesa”. <!--more--> Creo que este texto básico tiene un significado soteriológico, es decir, en cuanto a la salvación, todos somos iguales; pero b[no un sentido sociológico]b: las mujeres no son iguales en los sociológico en ls comunidades paulinas. Ya Pablo lo dice bien claro: para él la mujer es secundaria en el orden de la creación en cuanto formada del cuerpo de Adán (11,3) y debe llevar velo por respeto al los ángeles y como signo de subordinación, mientras que el varón, no (11,5). Ya he indicado en otra ocasión que Pablo, como buen ciudadano del Imperio, sabe perfectamente distinguir entre el ámbito doméstico y el ámbito público. Las iglesias domésticas de su tiempo, fundadas por él, eran grupos muy pequeños: por tanto se reunían en las casas particulares y pertenecían al ámbito de lo doméstico y no al de lo público. Por ello, las mujeres desempeñan un gran papel. Ello no significa que Pablo sea un doctrinario, ni mucho menos, de la libertad de la mujer, aunque ésta tenga el derecho de profetizar en la iglesia. En el mundo grecorromano de la época lo que daba de verdad libertad a las mujeres era la posesión de dinero. Toda mujer con peculio propio no podía aspirar a un cargo público-político, ciertamente, pero sí a ser bastante libre y a desempeñar cargos de responsabilidad en instituciones religiosas. El que los vates/profets fueran mujeres era cosa extraordinariamente común en la Antigüedad grecorromana. Sí estoy de acuerdo totalmente con H. Küng en su apreciación de la mujer en el ámbito de la gnosis/gnosticismo, a la vez que debe admitirse fue el movimiento gnóstico el que estuvo a punto de hacer peligrar la unidad de la Gran Iglesia. El gnosticismo daba una gran oportunidad a la mujer como vehículo y receptáculo de revelaciones privadas, a pesar de la postura –en apariencia contradictoria-- al considerarla, a la vez, como el prototipo de la carnalidad y de la materia. El peligro del sincretismo (mezcla de ideas) era real en el gnosticismo puesto a aceptaban dos fuentes de la revelación: las Escrituras sagradas judías y cristianas, a la vez que consideraban a algunos textos de Platón como inspirados y como guías de la interpretación de las Escrituras. En un ambiente en el que se estaba construyendo una nuevo teología sincrética, mezclada, de elementos judíos, cristianos y helénicos el papel de los que recibían revelaciones de lo Alto de cómo debía ser ese nuevo sistema teológico era fundamental. Por ello las mujeres gozaban de prestigio como receptoras del Espíritu. Pero como hemos indicado en la nota anterior, las circunstancias obligan. Una iglesia ya asentada en el mundo, con un control jerárquico rígido, compuesto por varones (las iglesias crecían y pasaban al ámbito de lo publico), no podía permitir una iglesia controlada solo por el Espíritu, y por tanto con mayoría de mujeres. Aquí tiene toda la razón Küng en que si consideramos a la Gran Iglesia sucesora más o menos legítima de Jesús y con una estructura teológica en apariencia poco sincrética, el poder del gnosticismo (mucho más mítico y sincrético que el cristianismo) estaba condenado al fracaso... y dentro de él la función preponderante de las mujeres en el cristianismo. También es muy interesante --en gran parte como fruto de un Seminario de la Universidad de Tubinga dirigido en otros tiempos por el mismo Küng sobre la mujer y la iglesia en época de los Santos Padres hasta más o menos el siglo V-- el resto del capítulo II. En él se aclara la evolución de la iglesia antigua en lo que respecta a la posición de la mujer en el gobierno de la Iglesia, la necesidad de redescubrir a la mujeres como profetisas y doctoras: se explicitan también las dudas de H. Küng sobre si en verdad las mujeres habrían podido emanciparse en el cristianismo antiguo a base de la doctrina cristiana (¡muy dudoso, por no decir imposible!) que iba evolucionando hacia una dogmática rígida de amplio espectro, y su queja, de Küng, de la necesidad de manejar con mucho cuidado el argumento de la tradición. El tratamiento de estos temas por parte del autor gozan de mi apoyo. De la continuación del libro de Küng no me pronuncio, porque no me siento competente. Pero tengo la impresión de que está bien visto el conjunto de su síntesis del Medioevo, de la Reforma y del movimiento moderno iniciado por la Ilustración. Creo que Küng tiene mucho talento para la síntesis y que lo hace generalmente bien. A mí me ha interesado leer el libro completo, aunque se salga de mi ámbito, así como sentir con él que desde el punto de vista de un cristianismo de los orígenes –sean cuales fueren las explicaciones sociológicas—, las mujeres creyentes de hoy deben seguir luchando dentro de la Iglesia por obtener el papel que les corresponde. Es más, estoy también convencido de que si no son nombradas sacerdotisas y toman las riendas de seminarios y de los obispados, y si no se permite a la vez que los sacerdotes varones se casen y sean en este aspecto personas normales, la declinación de la Iglesia se hará mucho más acentuada. Por ello el libro de Küng termina con justeza con los epígrafes de “reformas concretas (pendientes)” y el alegato a las mujeres (y a los varones para que apoyen) condensado en la consigna ¡“No cejar! Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Domingo, 13 de Noviembre 2011
NotasHoy escribe Antonio Piñero Continuamos con el comentario a los dos primeros capítulos del libro de H. Küng, “La mujer en el cristianismo”. Küng afirma que Jesús relativiza “a los padres” cuando habla de la “familia de Dios”, y el que llame al círculo de sus discípulos a mujeres (¿¿??) “demuestra que las jerarquías patriarcales no pueden apelar a Jesús para justificarse”. No estoy seguro de la veracidad de esta afirmación una vez que se admite que Jesús llama a Dios “Padre” y no otra cosa. A este propósito deseo recordar también que en el 2001, y también en el 2011, ya no era posible afirmar (p. 16) que Jesús llamaba a Dios “papaíto”. Se había logrado ya un consenso entre los estudiosos, después de la investigación de James Barr del uso de ‘abbá en arameo, a saber que este vocablo no significa “papaíto” (es decir un término sólo usable por los niños), sino "papá", en el sentido en el que también a los adultos les estaba permitido utilizarlo. Luego Küng habla de la “Iglesia primitiva del paradigma judeocristiano” como "digna de ser denominada “democrática” en el mejor sentido del término, en cualquier caso ni aristocrática ni monárquica…" Dudo seriamente de esta aserción. pienso más bien que en la iglesia de Jerusalén existió un cierto principio “monárquico” al tener a Santiago como jefe supremo del grupo por encima incluso de Pedro--, el cual no tuvo más remedio que emigrar a Antioquía. Opino que fue así no sólo porque Santiago se sintiera en el fondo más ligado a la rama farisea de la comunidad (que Pablo llama despectivamente “falsos hermanos” en Gál 2,4) que a la rama “propaulina”, sino ante todo porque era el “hermano de Jesús”. Nos consta que el judaísmo riguroso y nacionalista (y la iglesia de Jerusalén lo era) el principio de consanguinidad tenía notable importancia (por ejemplo, en los Macabeos). ¡Santiago era el hermano del héroe Jesús condenado a la cruz por los romanos! El que en la iglesia primitiva de Jerusalén hubiera "un sentimiento de liberad, igualdad y fraternidad” (p. 18) no se debía sólo, ni creo que principalmente ni mucho menos, a la creencia firme de que Jesús era el verdadero mesías y que había resucitado (las dos notas que caracterizan a la comunidad judeocristiana de Jerusalén frente a sus connacionales judíos), sino a las circunstancias histórico-sociológicas especiales: A. se había formado un grupo muy pequeño, apocalíptico, que creía firmemente que el fin estaba absolutamente cercano. Es claro que esto explica que no fuera aún una institución de poder (no había tenido tiempo todavía), ni era una iglesia de razas o castas (todos eran judíos y muchos galileos), y no era un imperio de culto a personas regido patriarcalmente, sino una comunidad de hermanos (pero sí tenían sus jefes: Pedro, Juan de Zebedeo y Santiago… ¡todos varones!). Además, la comunidad semiautónoma de los helenistas de Jerusalén también tenían sus jefes, los llamados siete “diáconos” con Esteban a la cabeza. ¡ninguno era una mujer! A este propósito debe insistir también en que la imagen que ofrece Lucas de la comunidad jerusalemita no era de “igualdad y fraternidad: ¡léase el capítulo 6 de los Hechos de los apóstoles! Küng está idealizando la situación. B. Tal iglesia no era un grupo destinado a vivir en el mundo. Una comunidad ya consolidada en la tierra necesita imperiosamente una estructura. Kúng tendría que echar la culpa a Dios por haber retrasado la parusía. Al retrasrla y como Dios no cambiaba la naturaleza humana, la iglesia seguidora de Jesús tenía necesariamente que acabar siendo una institución de poder (para subsistir), poco “democrática”…, es decir consentida por Dios que no había cambiado la constitución de los seres humanos. En la actualidad, dentro del cristianismo, sólo hay grupos “asamblearios”, mejor denominados así que “democráticos” aunque lo sean, cuando tales grupos son pequeños, carismáticos, se afirman regidos por el Espíritu, y cuando la mayoría de ellos están también convencidos de que el fin del mundo está muy cerca. En conclusión me reafirmo que las circunstancias sociales son las que hacen al grupo primitivo “democrático”, no la fe en Jesús. Por tanto: esta "constitución" del grupo no se deriva de la doctrina de Jesús ni de la fe en el mesianismo y la resurrección del Maestro, que es lo que constituye propiamente al judeocristianismo. Un grupo que respondía relativamente bien a estas características en los inicios del siglo II fue el de los montanistas, al que, por cierto, alude Küng. Era un auténtico movimiento de renovación del seguimiento a Jesús que deseaba volver al imperio sólo del Espíritu, a los orígenes…, cuando la jerarquía era aún maleable y cuando la pobreza y el ascetismo eran propias del rigor de los tiempos. Pero en seguida el montanismo, al que perteneció Tertuliano (por eso no es santo) fue calumniado y perseguido, calificado de herético… por la Gran Iglesia, ¡porque las circunstancias iniciales del movimiento de Jesús ya habían cambiado! Esa condena era esperable: ya era la Gran Iglesia una institución asentada en el mundo, y comenzaba a ser también una institución de poder (según mi tesis en “Los cristianismos derrotados”) que, sin embargo, aunque se considerara absolutamente heredera del espíritu y de la doctrina de Jesús. ¡Las circunstancias obligan! Terminamos el próximo día. Saludos cordiales de Antonio Piñero. Universidad Complutense de Madrid www.antoniopinero.com
Sábado, 12 de Noviembre 2011
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Editado por
Antonio Piñero
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Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.
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