CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero

Hoy escribe Antonio Piñero


Seguimos con el tema: “Viudas, mártires, diaconisas, sacerdotisas. Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas”


La innegable participación e influencia de las mujeres en las comunidades paulinas no tuvo en la ideología de Pablo una fundamentación teórica clara; más bien lo contrario. A pesar de la declaración fundamental, cristonómica, escatológica, de Gál 3,28 (transcrita completa más arriba: “…no hay varón, ni mujer: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”), Pablo mantiene una postura más bien contemporizante con las ideas sociales-jurídicas normales sobre la mujer de su entorno judeocristiano y el mundo helenístico-romano.

Cuando Pablo habla de la creación de la mujer por la divinidad en el inicio de los tiempos no cita el texto, más bien igualitario, de Gn 1,27 + 5,2 (“Y dijo Dios: hagamos al hombre a imagen nuestra… Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó”), como sí lo hizo Jesús sintéticamente según Mt 19,4-6 = Gn 1,27 + 2,24.

Al citar Jesús no sólo el capítulo 2 del Génesis sino también el primero, mostraba al parecer una mayor sensibilidad hacia las féminas, del mismo modo que de facto la prohibición jesuánica absoluta del divorcio (Mc 10,2-12) era favorecer realmente a las mujeres en su situación vital. Pablo, por el contrario, se olvida del capítulo 1 del Génesis y carga las tintas en la larga narración de Gn 2 en la que la mujer sale muy mal parada, como un ser de segunda clase, creado secundariamente y para el varón (ese segundo relato de la creación del hombre y la mujer en el Génesis da a entender que únicamente para que el varón tuviera compañía y no se aburriera con los solos animales).

En las cartas auténticas de Pablo no hallamos por ninguna parte –a excepción de la formulación básica, escatológica de Gál 3,28- ninguna valoración positiva de la mujer o del eros (de este vocablo procede "erotismo") (que en la Antigüedad se asociaba preferente y muchas veces negativamente con el cuerpo femenino), como aspecto fundamental de la persona humana, ni especialmente tampoco del matrimonio, en donde la mujer tiene una función esencial. Sí presenta Pablo en 1 Corintios 7 una cierta apología del celibato, sin condenar el matrimonio por supuesto. Precisamente una idea negativa de lo que constituye el aspecto corpóreo, material, del hombre (producto de cierta “atmósfera” gnóstica como a continuación veremos), conducirá a Pablo todo lo más a una valoración simplemente permisiva del matrimonio.

En efecto, aunque el cuerpo del hombre (gr. soma), o el ser humano en cuanto considerado ser viviente material, no sea sinónimo de sarks, “carne”, con todo su sentido peyorativo paulino de bajeza y pecado (la “carne” es el hombre entero, completo, pero en cuanto se mueve en la esfera de lo visible, de lo perceptible, de los acontecimientos naturales o históricos: el ser humano en el ámbito de sus propias fuerzas), sí es cierto que la “carne”, pecadora, acaba dominando al ser humano corpóreo, quien queda subyugado bajo poderes satánicos, salvo que sea liberado por la fe. Las “flaquezas de la carne”, incluso en los creyentes, se concentran en Pablo en el aspecto más negro de la sexualidad: el apetito lujurioso. Las “tribulaciones de la carne” se presentan incluso en la unión lícita de marido y mujer (1 Cor 7,28).

Es absolutamente necesario detenerse ahora un momento en un aspecto del trasfondo ideológico de Pablo - el trasfondo gnóstico de su pensamiento antropológico y teológico- que me parece absolutamente esencial para captar profundamente su sentido negativo de la mujer y de sus funciones, asociadas al cuerpo, al eros del matrimonio y cuál es el sentido paulino de lo contrario, del celibato.

Seguiremos en la próxima nota
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Sábado, 25 de Septiembre 2010


Hoy escribe Antonio Piñero


Seguimos con el tema: “Viudas, mártires, diaconisas, sacerdotisas. Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas”. Nos preguntamos ¿Sacerdotisas?


No existía en los principios del cristianismo ninguna figura parecida al “sacerdote” (del latín “sacerdos”, el que administra lo sacro) de hoy día, sino que los “presbíteros” o ancianos eran gente provecta que formaba el consejo que regía la comunidad, o bien que presidía la “fracción de pan” (aún no un sacramento).

La introducción al libro de Karen Jo Torjesen, Cuando las mujeres eran sacerdotes, El Almendro 2005, p. 15) es de una gran imprecisión a este respecto:

« “Sirviéndose de antiguas inscripciones, como epitafios y dedicatorias, Bernadette Brooten y Ross Kraemer han demostrado que las mujeres ejercían en las comunidades judías toda gama de funciones religiosas como las de jefa de sinagoga, madre de la sinagoga, anciana y sacerdote, desde el siglo I a.C. hasta el siglo VI d.C.”.  »

De ahí parece deducir la autora que no sólo en el judaísmo, sino también en el cristianismo primitivo hubo sacerdotes…, vocablo que el lector entiende que tiene el mismo significado –no se le advierte de lo contrario- que hoy día. Pero jamás en el judaísmo, ni en tiempos de la existencia física del templo de Jerusalén, ejercieron las mujeres de sacerdotisas. ¡Cuánto menos cuando el templo ya no existía físicamente! Y que existieran en el cristianismo de un modo general es como veremos en extremo dudoso. El texto citado confunde extraordinariamente al lector.

Del mismo modo sostiene K. J. Torjesen que

« “Giorgio Otranto, profesor italiano de historia de la Iglesia, ha demostrado mediante cartas pontificias e inscripciones que las mujeres ejercieron el sacerdocio católico durante los primeros años de la historia de la Iglesia. Los investigadores norteamericanos de los últimos treinta años han aportado un asombroso cúmulo de pruebas sobre mujeres que ejercieron las funciones de diáconos, sacerdotes, presbíteros e incluso obispos en las iglesias cristianas desde el siglo I hasta el XIII”. Op. cit., 16). »

Pero luego, a la hora de la verdad, para la época que nos interesa, los orígenes del cristianismo o “comunidades primitivas”, ese mismo libro de Torjesen (¡“Cuando las mujeres eran sacerdotes”!) no aporta ni una sola prueba convincente. Es más, ¡ni siquiera habla de ello en todo el libro! Sólo presenta (¡sin fecha!) una inscripción de una Theodora episcopa, tomada de un volumen publicado en inglés cuyo título habla de la “hidden history”, la historia secreta (¡por supuesto jamás contada hasta el momento!), de un tal J. Morris, de 1973 (Torjesen, p. 23).

Y luego aporta la autora una inscripción de la isla de Tera (para algunos italianizantes, Santorini) de una tal Epiktas, presbytis (“Epictas presbítera”) del siglo IV (BCH 101 [1977] pp. 210,212).

Ambos títulos, episcopa y presbytis, prueban poco sin un contexto claro, y menos para la época que tratamos ahora (“primeras comunidades”) porque pueden significar “inspectora” y “anciana”, respectivamente y no “obispa” o “sacerdote” en el sentido de hoy día.

Sabemos además por Epifanio de Salamina que nunca habían existido mujeres sacerdotes en la Iglesia (citado por E. Gryson, The Ministry of Women in the Early Church, Liturgical Press, Collegeville, MN 1976, 109; he buscado la cita en la Patrologia Graeca vol. 41, sin encontrarla exactamente) hasta que los montanistas evolucionaron en el sentido de nombrarlas no sólo diaconisas y presbíteras, sino también obispas (A. Piñero, Los cristianismos derrotados, Edaf 2007, p. 127).

Sin embargo, debo ser en extremo cauto porque en la literatura más o menos popular cristiana que son los Hechos apócrifos de los apóstoles (de los que se han conservado 19; edición de Piñero- del Cerro; tercer volumen en prensa; aparición primer trimestre del 2011) se encuentran dos casos de “presbíteras” o “sacerdotisas” (griego presbýtis, acusativo presbýtidas, aunque ciertamente ninguno de “obispa” griego epískopa; aparte de otros dos de presbíteras que ciertamente significan simplemente “ancianas”: Hechos de Juan 30 y 31). Tenemos la seguridad de que es así porque la mencionada edición multilingüe de estos Hechos apócrifos está provista de índices griegos y latinos completos.

Por su extrema importancia, he aquí los textos:

Martirio de Mateo: 28,2 (siglo IV o mejor del V)

« 2En aquella misma ocasión Mateo nombró presbítero al rey, que tenía treinta y siete años; al hijo del rey, de diecisiete años, lo nombró diácono; a la mujer del rey la nombró presbítera, y diaconisa a la mujer de su hijo, que también tenía diecisiete años. Hubo gran alegría en la Iglesia y todos gritaron unos a otros:
- Amén, glorificado sea el sacerdocio en la intención de Cristo. Amén. »

Hechos de Felipe (siglo IV o principios del V). Descripción del infierno por un hombre resucitado por el Apóstol

g[ “[I A 12]. 1Cuando oí estas cosas, me di prisa para salir y una vez fuera vi delante de la puerta a un hombre y a una mujer. El gran perro llamado Cerbero, el de las tres cabezas, estaba atado a la puerta con cadenas de fuego y devoraba al hombre y a la mujer sujetando entre sus patas los hígados de ambos. Ellos, como medio muertos, gritaban:
- Tened piedad de nosotros, ayudadnos.
Y nadie les ayudaba. Yo me lancé para echar hacia atrás el perro, pero me dijo Miguel:
2- Déjalo tú, porque también ellos han blasfemado contra los presbíteros, las presbíteras, los ‘eunucos’ (es decir, varones vírgenes, consagrados), los diáconos, las diaconisas, las vírgenes, acusándolos falsamente de libertinaje y adulterio. Después de haberse afanado en el intento, dieron conmigo Miguel, con Rafael y con Uriel, y los entregamos como alimento a este perro hasta el gran día del juicio”. ]g

Lo único que podemos decir es que a principios del siglo V no debía extrañar al pueblo cristiano de la iglesia oriental que una mujer, recién convertida, sin preparación teológica alguna, pero socialmente importante y rica, pudiera ser nombrada “presbítera” o sacerdotisa. Y que lo consideraran igualmente probable para la época apostólica. Pero, ¿qué contenido o significado tiene este vocablo? No lo sabemos, pero sin duda hace referencia a la presidencia de la eucaristía, sea del modo como se entendiera. Desde luego no se entendía el término como lo comprende un cristiano de hoy día, tal como he criticado el texto de Torjesen citada arriba.

Por tanto, a falta de más testimonios, dejamos la cuestión en el ámbito de las dudas razonables.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
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Viernes, 24 de Septiembre 2010

Hoy escribe Antonio Piñero


Seguimos con el tema: “Viudas, mártires, diaconisas, sacerdotisas. Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas”

D. Maestras

En una organización tan laxa e incipiente como la de las iglesias domésticas paulinas, del hecho de que las mujeres fueran profetas parece deducirse que podrían actuar también como “maestras”. “Maestros y profetas” son los dirigentes espirituales máximos del grupo paulino como tal, a excepción de alguna comunidad, como la de Filipos, que adopta la forma de “asociación cultual” de tipo grecorromano normal, que tenía un “inspector” / “intendente” (o varios), diversos servidores (ministros o diáconos), un “tesorero”, etc.


Así hay que entender el inicio de la Epístola a los filipenses:

« “Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús: A todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, incluyendo a los obispos y diáconos: Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Flp 1,1-2). »

Epískopos y diákonos pueden pertenecer en griego al género epiceno (la misma forma para el masculino que para el femenino), por lo que no hay que excluir que esos cargos fueran ocupados por mujeres, aunque parece improbable. De hecho veremos inmediatamente que dos féminas Evodia y Síntique era dirigentes de la comunidad pues eran “evangelizadoras” (Flp 4,2).


E. Evangelistas / apóstoles

En los grupos paulinos las mujeres actuaron como difusoras del Mensaje (“colaboran en la causa del evangelio”). Es decir, fueron ayudantes/colaboradoras de Pablo. Suponemos que normalmente no eran itinerantes (como Apolo: Hch 18,24; 1 Cor 1,12), sino que actuaban en un núcleo eclesial a partir del cual irradiaban la proclamación. No hubo mujeres entre los acompañantes continuos de Pablo (Bernabé, Juan Marcos; luego Timoteo, Tito, Silas o Silvano…), sino sólo varones.


“Ruego a Evodia y a Síntique, que vivan en armonía en el Señor. En verdad, fiel compañero, también te ruego que ayudes a estas mujeres que han compartido mis luchas en la causa del evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida” (Flp 4,2-3).


Priscila y su marido Áquila son igualmente evangelistas colaboradores de Pablo:

« “Y Pablo, después de quedarse muchos días más, se despidió de los hermanos y se embarcó hacia Siria, y con él iban Priscila y Áquila. Y en Céncreas se hizo cortar el cabello, porque tenía hecho un voto” (Hch 18,18).

“Saludad a Priscila y a Áquila, mis colaboradores en Cristo” (Rom 16,3).

“Las iglesias de Asia os saludan. Áquila y Priscil »a, con la iglesia que está en su casa, os saludan muy afectuosamente en el Señor” (1 Cor 16, 19).

También en este apartado han de considerarse a las mujeres “apóstoles” (probablemente igual a evangelistas). El caso conocido es el de Junia/s (es una cuestión disputada si se trata de una mujer o de un varón; la investigación de hoy se decanta por lo primero):

« “Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, que se destacan entre los apóstoles y quienes también vinieron a Cristo antes que yo” (Rom 16,7).  »

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
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Jueves, 23 de Septiembre 2010

Hoy escribe Antonio Piñero


Nuestro tema general es: “Viudas, mártires, diaconisas, sacerdotisas. Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas”



B. Ministras o diaconisas (funciones a veces difícilmente distinguibles de las evangelizadoras):

« • Rom 16,1: Febe (texto citado en la postal anterior).

• Rom 16,6: “Saludad a María que ha trabajado (griego kopiáo) mucho por vosotros”.

• Rom 16,12: “Saludad a Trifena y a Trifosa, trabajadoras (griego. en participio: kopiósas) del Señor. Saludad a la querida (hermana) Pérsida, que ha trabajado mucho (griego: ekopíasen ) en el Señor”. »


C. Profetisas

Que las mujeres ejercieron en las comunidades paulinas como “profetisas”, es decir, de algún modo como “dirigentes”, es muy claro y queda fácilmente probado por diversos textos paulinos:


• De una comunidad helenística, relativamente cercana (¿?) al pensamiento paulino dicen los Hch 21,8-9:

« “Al día siguiente partimos (Pablo y acompañantes) y llegamos a Cesarea, y entrando en la casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los ‘siete’ (diáconos según Hch 6,59, nos quedamos con él. Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban”. »


• En comunidades estrictamente paulinas la mujer podía orar y profetizar en público (1 Cor) con ciertas condiciones, como luego veremos. Sólo este hecho sitúa a Pablo en contra de las costumbres de la época en las que estaba mal visto que una mujer apareciera en público en alguna función normalmente reservada a los varones, y más si tenía alguna característica docente. Como veremos también, profetas y maestros son los personajes principales, al modo de dirigentes sui generis, en las comunidades paulinas, pequeñas (domésticas) y carismáticas, gobernadas principalmente por el Espíritu. El pasaje importante es el siguiente:


“Toda mujer que tiene la cabeza descubierta mientras ora o profetiza, deshonra su cabeza; porque se hace una con la que está rapada” (1 Cor 11,5).

Pero este texto, que afirma la posibilidad de que una mujer pueda recibir el carisma público de la profecía, se halla en franca contradicción con 1 Cor 14,33b-35:

« “Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar, antes bien, que se sujeten como dice también la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten a sus propios maridos en casa; porque no es correcto que la mujer hable en la iglesia (es decir, en las reuniones o ‘asambleas’ comunitarias)”. »

Estas violentas expresiones contra las mujeres aparecen unánimemente en todos los manuscritos importantes de las cartas de Pablo. Por tanto, o bien es un fragmento original o bien es una glosa muy temprana, que pasó a la primera colección de cartas paulinas. Es hoy opinión común que los textos de Pablo se reunieron y editaron probablemente a finales del siglo I, aunque sufrieron otra profunda reedición en la segunda mitad del siglo II.

Se han intentado toda suerte de piruetas exegéticas para aceptar este texto como auténticamente paulino. Especialmente se ha argumentado que Pablo prohibía aquí el que la mujer se lanzase a hablar u orar en la asamblea de un modo espontáneo, pero que no condenaba el que hiciera lo mismo por el impulso irrefrenable del Espíritu.

Creo que este punto de vista y otros por el estilo deben rechazarse. Opino con otros muchos intérpretes que estos vv. son una de las posibles y múltiples glosas que se han introducido en el texto paulino a lo largo de la transmisión textual y que un análisis minucioso detecta en él (una de las más célebres es 2 Cor 6,14-7,1). Como apuntamos, el glosador actuó al principio del siglo II y tuvo suerte de que su glosa pasara a todos los manuscritos posteriores.

Algunos, sin embargo, nos ayudan a detectar lo añadido porque muestran dudas en su colocación. Algunos manuscritos sitúan la glosa en otro lugar: después del v. 40 (así D F G algunos minúsculos y ciertos manuscritos de la Vulgata y de la versión siríaca). En concreto esta glosa sería la obra de un escriba que tenía unas ideas parecidas a las de los autores de las Epístolas Pastorales. Por tanto, rechazamos este texto como espurio.

En este apartado del profetismo femenino tenemos que incluir también a Jezabel, acerbamente criticada en el Apocalipsis 2,20:


« “Pero tengo esto contra ti: que toleras a esa mujer Jezabel, que se dice ser profetisa, y enseña y seduce a mis siervos a que cometan actos inmorales y coman cosas sacrificadas a los ídolos. »

Probablemente esta mujer era una “paulina” estricta, de una mentalidad parecida a la de los “fuertes” o “espirituales” de 1 Corintios, para quienes lo corporal, o material, importaba poco, pues habían resucitado ya. Por ello se permitían comer carne sacrificada a los ídolos paganos, representantes de unos dioses a los que estimaban como “nada”, inexistentes. El autor del Apocalipsis se muestra aquí como un judeocristiano estricto.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
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Miércoles, 22 de Septiembre 2010


Hoy escribe Antonio Piñero

Seguimos con el tema: “Viudas, mártires, diaconisas, sacerdotisas. Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas”


Más noticias tenemos sobre la participación de las mujeres en la actividad comunitaria, en diversas funciones, en los grupos de cristianos fundados por Pablo, o bien en los que él o sus cartas ejercieron alguna influencia (¿comunidad de Roma?).

El grupo paulino se caracteriza –según Gálatas 1 y 2- por tener “otro evangelio”, diferente por tanto del judeocristiano, basado fundamentalmente en revelaciones directas y exclusivas a Pablo, hechas por Dios naturalmente no sobre un suelo yermo y vacío, sino sobre la base de los previos conocimientos del judeocristianismo que tenía Pablo, pues había ido su perseguidor (Gál 1,13).

Las diferencias teológicas entre las comunidades paulinas y las judeocristianas hubieron de ser grandes; de lo contrario no se explica la necesidad de haber convocado un “concilio” en Jerusalén para llegar a un convenio (muy diferentemente narrado en Hch 15 y Gál 2).

Brevemente: según Pablo, su “evangelio” se caracteriza no por proclamar el reino de Dios como Jesús (no se niega naturalmente; pero no desempeña apenas papel alguno), sino por anunciar a éste como mesías celestial, redentor y salvador de toda la humanidad. Desde el punto de vista paulino Jesús pasa de ser proclamador del reino de Dios (judío) a proclamado como salvador (universal). Las características de la teología paulina debían de ser muy sorprendentes para un judeocristiano.

En este nuevo grupo mesiánico, que está a la espera del inminente fin del mundo (1 Tes 4,15ss), las mujeres tienen ante Dios, y en lo esencial de la salvación, la misma participación que los varones. Son iguales a ellos. El texto básico de esta igualdad es Gál 3,28:

« (Entre los bautizados en Cristo), “no hay judío, ni griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni mujer: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. »

Consecuente con este programa de igualdad espiritual, las funciones de la mujer en las comunidades paulinas son las siguientes:

A. Patronas y benefactoras (esquema típico del Imperio romano helenístico de “patrón – cliente”):

• Éste es el caso de una mercader de púrpura, rica, temerosa de Dios, de nombre Lidia, según Hch 16,14-15:

« “Y estaba escuchando cierta mujer llamada Lidia, de la ciudad de Tiatira, vendedora de telas de púrpura, que adoraba a Dios; y el Señor abrió su corazón para que recibiera lo que Pablo decía. Cuando ella y su familia se bautizaron, rogó, diciendo: Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid a mi casa y quedaos. Y nos persuadió”. »

• Y de Febe, según Rom. 16,1-2:

“Os recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la iglesia en Céncreas; que la recibáis en el Señor de una manera digna de los santos, y que la ayudéis en cualquier asunto en que ella necesite de vosotros, porque ella también ha ayudado a muchos (lit. “ha sido “patrona”: griego prostátis) y a mí mismo”.

Febe, por tanto, era –como Lidia- una mujer rica, y se había constituido en benefactora de la comunidad de Corinto, situada en Céncreas. Éste era el segundo puerto de la ciudad, que daba a la zona orienta, al golfo Sarónico. En esa comunidad actuaba Febe como ayudante o ministra (griego diákonos). Debido al significado de este vocablo debemos imaginarnos que Febe debía de estar a las órdenes de los epískopoi (“intendentes o vigilantes”) del grupo, o del consejo de ancianos (griego presbýteroi), si es que lo había en esa comunidad.

• También Priscila y su marido Áquila actuaban como benefactores, pues cedían su casa en Éfeso para las reuniones de la iglesia doméstica de la ciudad: Rom 16,19:

« “Las iglesias de Asia os saludan. Áquila y Priscila, con la iglesia que está en su casa, os saludan muy afectuosamente en el Señor”.  »

A propósito, y como breve excursus: en el cap. 16 de Romanos Pablo saluda a otras gentes de Éfeso que al parecer jamás estuvieron en Roma. Es muy posible, por tanto, que Rom 16 sea un billete a la iglesia de Éfeso, añadido por el primer editor de las cartas de Pablo a la carta a los Romanos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
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Martes, 21 de Septiembre 2010
El apóstol Juan en la literatura apócrifa (HchJnPr)
Hoy escribe Gonzalo del Cerro

Juan en su destierro de Patmos

Era el lugar elegido para el destierro de Juan, un lugar poco propicio para una vida agradable. Desembarcaron, pues, en la ciudad de Forá, posiblemente la más importante de la isla. Allí fueron recibidos en hospitalidad por un rico ciudadano, de nombre Mirón. Tenía una abundante servidumbre y una situación social de prestigio, entre otras razones, porque era suegro del gobernador de la isla. El Apócrifo dedica todo el largo capítulo 20 a la extraña historia de Mirón y su familia.

Mirón tenía tres hijos oradores (rhétores), de los cuales el mayor, Apolónidas, estaba poseído de un mal espíritu de Pitón. Y en cuanto supo que Juan se alojaba en casa de sus padres, huyó a otra ciudad. Mirón y su mujer Fone interpretaron el suceso como efecto de la presencia de Juan. Concluían, pues, que no debía de tratarse de buenas personas, cuando su mera presencia producía efectos tan nefastos.

Tramaron los peores castigos contra el culpable de la ausencia del hijo. Pero Juan conoció por el Espíritu las intenciones de Mirón y animó a Prócoro anunciando el feliz resultado final de los sucesos. El ausente envió una carta a su padre acusando a Juan de lo sucedido y exigiendo nada menos que su muerte como condición de su deseado regreso al hogar. Mirón encadenó a sus dos huéspedes y comunicó al gobernador los detalles de su caso. Como el espíritu maligno sugería, el gobernador tomó la decisión de condenar a Juan a las fieras. En consecuencia, encerró a los dos desterrados en una prisión pública. El gobernador interrogó a Juan acerca de sus actividades y su profesión; luego le exigió que cesara de predicar su doctrina y que hiciera regresar a Apolónidas. Respondió Juan que no podía dejar de predicar, pero que enviaría a su discípulo para traer al orador a su hogar. Escribió una carta al espíritu que habitaba en el huido ordenándole que saliera del poseso y se ausentara definitivamente. Cuando Prócoro se acercaba con la carta, salió el espíritu inmundo del joven orador que quedó en estado de absoluta sensatez.

Apolónidas tomó su caballo, ofreció un mulo a Prócoro y partieron ambos de regreso. Al conocer el orador la situación de Juan, evitó saludar a nadie y se dirigió a la cárcel, donde Juan yacía encadenado con doble cadena. Se postró rostro en tierra ante el Apóstol y le quitó los hierros. Salieron, pues, de la cárcel y se dirigieron a la casa de Mirón, donde reinaba el más amargo duelo por la ausencia del hijo. Pero todo cambió cuando vieron a Apolónidas sano y salvo. El orador dio las explicaciones de rigor, señalando como razón de su ausencia los pecados de la familia. Se imponía una visita urgente al gobernador para que deshiciera el entuerto provocado con la prisión de Juan. La hostilidad del gobernador se tornó en benevolencia.

Crisipa, la esposa del gobernador

Continúa la narración dentro del contexto de los episodios sucedidos con Mirón. En su casa se encontraban los desterrados, donde Juan, Biblia en mano, instruía a sus anfitriones. Después de adoctrinarlos sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, les administró el bautismo siguiendo la secuencia habitual de instruir, convertir, bautizar. Cuando Crisipa, hija de Mirón y esposa del gobernador, tuvo conocimiento de que la familia de su padre había creído en el crucificado y vivía en el gozo y en la paz, abordó a su marido para pedirle que creyera también. La respuesta del gobernador tuvo más de política pragmática que de sincero convencimiento. Expresaba su criterio de que mientras ocupara el cargo de gobernador, no convenía ni a su familia ni a los cristianos que hiciera pública profesión de cristiano. Un gobernador bautizado no haría ningún favor a su sociedad, en la que había numerosos ciudadanos hostiles al nombre y a la práctica del cristianismo. Pero veía con buenos ojos que su mujer y su hijo pequeño fueran instruidos en profundidad por el apóstol Juan. Pronto llegaría el día en que dejara su cargo y gozaría de la libertad de ser y manifestarse cristiano a todos los efectos. Era, además, un buen síntoma que su marido estuviera de acuerdo con los deseos y las intenciones de Crisipa. En consecuencia, Juan pudo rematar su tarea de adoctrinamiento, y bautizó a Crisipa y a su hijo en el nombre de la Trinidad.

Mirón ofreció a su hija bienes abundantes para que nunca se viera en la necesidad. Le proponía incluso la posibilidad de irse a vivir con el apóstol. Pero Juan desaprobó los planes de Mirón afirmando que no había venido a separar a la esposa de su marido ni al marido de su mujer. Y cuando Mirón puso a su disposición bienes de fortuna para que los distribuyera entre los pobres, Juan le recomendó que se encargara él mismo de hacer la distribución. El gesto llenó de satisfacción a sus familiares, gozosos de ver cómo los necesitados recibían ayuda generosa.

Saludos cordiales. Gonzalo del Cerro
Lunes, 20 de Septiembre 2010


Hoy escribe Antonio Piñero


Continuamos con la segunda entrega de la miniserie “Viudas, mártires, diáconos, sacerdotes… Panorama de las mujeres en las primeras comunidades cristianas “


La tradición primitiva judeocristiana sobre la resurrección de Jesús recuerda que -aunque las mujeres no fueran en el judaísmo circundante capaces de dar testimonio judicial por sí mismas- fueron de hecho los primeros testigos de ella (Mc 16,1-8, aunque se callan por miedo; Jn 20: María Magdalena es la primera testigo de la resurrección y transmite el mensaje).

Dentro de esta comunidad judeocristiana primitiva se supone que las mujeres eran también profetisas en la vida diaria (¿?), aunque el único testimonio específico de los Hechos no se refiera a esta comunidad, sino a la de los judíos helenistas –que tiene ya otra teología-: en Hch 21,8, en Cesarea habitaba como evangelista Felipe (uno de los siete diáconos nombrados en Hch 6,5; 8,5), que tenía “cuatro hijas profetisas”, que eran vírgenes. En este pasaje comienza a insinuarse la unión de virginidad y carisma divino que será típico del cristianismo posterior..

Además, a juzgar por Hch 9,36:


En la ciudad de Jope había una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir ‘Gacela’. Estaba llena de buenas obras y de limosnas que hacía,


ciertas mujeres ricas cumplían la función de “benefactoras” dentro del grupo. No es preciso suponer que tal beneficencia tuviera un origen especial divino, es decir, carismático.

Podría suponerse también (muy dudoso) que, al no diferenciarse apenas el judeocristianismo, salvo en la tensión escatológica y la teología que conllevaba, del judaísmo medio de su época, y como en éste existía la posibilidad teórica de que una mujer leyera la Torá en la sinagoga (Oepke, Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament ,“Diccionario teológico del Nuevo Testamento”; no traducido al español, pero sí al inglés y al italiano, artículo Gyné [“mujer”], columnas 787,30, que reenvía a Strack- Billerbeck, Kommentar zum Neuen Testament aus Talmud und Midrash [“Comentario al Nuevo Testamento a partir del Talmud y del Midrás”], III 467, IV 157s), pudiera ser posible que tal costumbre existiera teóricamente también en el judeocristianismo.

Pero, según la misma costumbre, la mujer debía declinar una posible invitación de este estilo y retirarse al anonimato en público que la costumbre le asignaba (es decir, recluirse en el lugar de las mujeres, en la zona superior y tapadas por celosías, si la sinagoga era grande; si no, a un lado, distinto de los varones y todas juntas).

De todos modos opino que esta costumbre apuntada por Oepke parece referirse a época posterior a Jesús. Sin duda alguna en Tosephta, Meg. IV 226,4 (ya en pleno siglo III: época de la Misná) se desaprueba expresamente que las mujeres hagan lecturas públicas en las sinagogas.


Seguiremos.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Domingo, 19 de Septiembre 2010

Hoy escribe Antonio Piñero


El tema que vamos a tratar en esta miniserie lleva el título de esta primera postal. Ante esta tarea lo primero que creo debemos hacer es definir qué entendemos por “primeras comunidades”, puesto que en el cristianismo primitivo había varias y muy diversas dentro de él. Así:

1. La comunidad o “familia espiritual” constituida en torno al discipulado de Jesús;

2. Las comunidades judeocristianas de los inicios, por ejemplo, la de Galilea (de la que apenas tenemos noticias), la de Samaría (que quizás se refleje detrás del IV Evangelio), y sobre todo la de Jerusalén, dibujada directamente en los Hechos de los Apóstoles, en los evangelios judeocristianos tardíos, de finales del siglo II, conservados sólo fragmentariamente;

3. Las comunidades paulinas de los primeros momentos (hasta la muerte de Pablo: en torno al 60/62/64?);

4. Las comunidades deuteropaulinas formadas por los discípulos de Pablo (tal como se reflejan en las Epístolas Pastorales; en la 1ª Carta de Clemente, en el Pastor, de Hermas);

5. Las comunidades que están detrás de las primeras novelas cristianas, que comienzan hacia el 140: los Hechos apócrifos de los apóstoles, donde el protagonismo de las mujeres es increíble;

6. Otras comunidades luego declaradas heréticas como las de los “montanistas”;

7. Finalmente, el variado grupo de comunidades gnósticas que comienzan a apuntar en el siglo I y se consolidan definitivamente en el II, comunidades que duran hasta bien entrado los siglos IV o V.

Son muchas comunidades para tratar de ellas pormenorizadamente en nuestro blog(pues supongo, que los lectores se cansarán) aunque aludamos a todas ellas, al menos. Para atenernos a lo práctico, detendremos nuestra mirada en las comunidades más importantes, que son los que ofrecen más datos dentro de la escasez general de ellos en la literatura cristiana primitiva.


I La comunidad judeocristiana de Jerusalén

De ella tenemos noticias ante todo por los Hechos de los apóstoles. Sus rasgos distintivos son:

· Procede directamente de los apóstoles y de la familia de Jesús trasladada a Jerusalén. ¿Por qué a esta ciudad donde había padecido muerte el Maestro y en donde había múltiples enemigos? Probablemente porque la tradición judía decía desde que se asentó en la tradición que recoge (¿o inicia?) Zacarías 14,4 que la venida (definitiva) del mesías tendría lugar en la ciudad santa; más en concreto en el Monte de los Olivos, considerado dentro del perímetro de la “Gran Jerusalén”.

Esta ampliación de la “ciudad” fuera del ámbito estricto del perímetro de las murallas nació por necesidades de la fiesta de la Pascua, y de otras, sobre todo de los tabernáculos, de acoger peregrinos que tenían por tradición –por ejemplo en el caso de la Pascua- que sacrificar los corderos en el Templo y comerlos dentro del perímetro de la ciudad. De este modo, nació por motivos prácticos entre los doctores de la Ley la idea de la Gran Jerusalén. Muchos piadosos pensaban que preferentemente, había que esperar allí, en la capital, la “vuelta” de Jesús como mesías en pleno sentido, es decir, que ya no sería impedido por circunstancias externas –complot contra el Jesús carnal- en su tarea de implantar el Reino de Dios.

· No tiene esta comunidad de Jerusalén a mi parecer, y según el de muchos, una teología aún específicamente “cristiana” sino “judeocristiana”, en el sentido de que la única gran diferencia con sus correligionarios de la corriente mayoritaria del judaísmo era que creían firmemente que el mesías había venido ya; que ese mesías había sido Jesús el crucificado pero resucitado por Dios; que Éste había vindicado su tarea y que había hecho divino al Resucitado “de algún modo”, es decir le había dado una nueva naturaleza, que sin dejar de ser hombre lo situaba de pie (Hch 7,58) o sentado a la diestra del Padre.

· Creían además que Jesús -constituido el “Viviente” por Dios, el “Resucitado”, “Mesías” y “Señor” (Hch 2: discurso de Pedro)- había de venir de nuevo a la tierra a cumplir su tarea, frustrada por la iniquidad de los jefes judíos y de los romanos, a instaurar por fin el Reino como acabamos de indicar;

· Y creían finalmente que esa venida iba a ser inmediata, tanto que podían vender todos sus bienes y esperar a que ésta se produjera, orando, asistiendo al Templo diariamente, cumpliendo con otros preceptos de la ley mosaica, etc., sin preocuparse de nada más.

Según Lucas, el autor de los Hechos, el “judeocristianismo” nace en y después de lo ocurrido en Pentecostés (cap. 2 de Hechos), donde –según el discurso puesto en boca de Pedro- se cumple la profecía de Joel:

« Y será en los días postreros, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros viejos soñarán sueños. Y ciertamente sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días, derramaré de mi Espíritu, y profetizarán” (Hch 2,17-18 = Joel 3,1-5). »

Estamos, pues, en un momento escatológico, del final de esta era y del comienzo de otra, definitiva; en ella, en lo que se refiere a la recepción del Espíritu, no hay distinción entre hombre y mujer. Aquí estaríamos en la línea de Génesis 1,27.


Ahora bien, en este supuesto del final de los tiempos tampoco habría esta distinción para el judaísmo circundante, a pesar de que en la vida diaria, antes de los instantes escatológicos, la mujer valía tanto como medio varón (por ejemplo, por su casi nula capacidad de ser testigos, por su nula capacidad de intervenir en la vida pública en todas sus esferas) y en la mayoría de los casos menos que medio hombre. Creo, pues, que esta igualdad de hombre y mujer en los tiempos finales no es mérito especial de los judeocristianos, ya que se cumple lo dicho por el profeta Joel como válido para todo el judaísmo.

Todos éstos (los Doce más Santiago, el hermano del Señor) perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos (Hch 1,14).


« (Pedro, liberado milagrosamente por un ángel de la cárcel de Herodes Agripa I) llegó a casa de María, la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban juntos orando (Hch 12,12). »


Por el ambiente general de lo que cuentan los Hechos es de suponer que en la primera comunidad judeocristiana las mujeres estaban al mismo nivel que los varones en la plegaria y profecía carismática (carisma = ‘don’ del Espíritu divino). Ahora bien, esta plena participación de las mujeres en pie de igualdad con los varones en la vida de la comunidad primitiva jerusalemita debe suponerse para el ámbito espiritual, no para el social, donde las normas de la costumbre judía respecto a las mujeres seguirían inalteradas.


Saludos cordiales de Antonio Piñero.
www.antoniopinero.com



Sábado, 18 de Septiembre 2010

Hoy escribe Antonio Piñero


Después de reflexionar, pienso que la terminación de la postal de ayer fue demasiado sintética. No quiero que pueda surgir una mala interpretación de lo que escribí ayer. Me permito citar mi pensamiento de un modo más extenso, tomándolo de la Guía para entender el Nuevo Testamento:

• Pablo interpreta la figura del Jesús histórico de una manera distinta al modo como él se consideraba a sí mismo. Jesús se veía a sí mismo como un ser humano normal, aunque con una relación especialísima con Dios; Pablo, por el contrario, hace de Jesús un ser divino, preexistente.

• Modifica las ideas sobre un mesías judío con su liberación religiosa, social y política reservada fundamentalmente a Israel, proclamando un salvador universal, de todos sin excepción.

• Afirma que el acto de reconciliación con Dios no será cosa del futuro, sino que ocurrió ya en el pasado, en la cruz.

• Anuncia que ha cambiado el sistema, condiciones y requisitos para la salvación, que son muy distintos de los del Jesús histórico. Los puntos más llamativos son la justificación/salvación por la fe y la consecuente negación de que la ley de Moisés sea el camino obligatorio para salvarse. Ahora todos los gentiles pueden salvarse.

Teniendo en cuenta estas radicales diferencias, la pregunta que encabeza esta reflexión (‘¿Fue Jesús realmente el fundador de un culto nuevo?’), podría ser respondida así:

Dado el pensamiento religioso de Jesús, no fue éste el fundador el cristianismo, sino su primer impulsor. Esta frase debe entenderse del siguiente modo: independientemente de lo que el Jesús histórico pudo o no haber hecho, es incuestionable que él inició el proceso que se convirtió en el cristianismo. Jesús, con su genio religioso, reflexionó profundamente sobre la religión judía e hizo un especial hincapié en ciertos aspectos de ella que lo situaron en un puesto aparte dentro del panorama de la religiosidad judía del siglo I:

A) Por su nueva concepción de la filiación divina. Aunque se creía totalmente un mero hombre, no un ser divino, tuvo una concepción particular de su relación con el Padre que no poseyeron otros maestros judíos de su época;

B) Por su nueva interpretación de la Ley, radical, profunda, esencialista, iluminadora;

C) Por su diferente concepción de la pureza ritual y su con¬centración en la impureza como producida sólo por el pecado que depende ante todo de la actitud del corazón;

D) Por su sentido de que en el juicio final será la imitación de Dios (la imitiatio Dei), la ley del amor al prójimo y el perdón sin límites aquello que en definitiva salvará al ser humano, dentro del cumplimiento general de los preceptos de la ley de Moisés.

Pero todos estos impulsos no bastan para iniciar un proceso de separación del judaísmo. Es Pablo el primero que pone los fundamentos ideológicos necesarios para la autonomía del grupo cristiano respecto a la Sinagoga. Frente a Jesús es Pablo el que impulsa y completa un movimiento teológico que deja de poner en primer plano el reino de Dios y se concentra en Jesús mismo como objeto de predicación. Parece pues, que el personaje que comienza a poner los cimientos para una nueva religión y para la separación definitiva del judeocristianismo del judaísmo normativo y oficial es Pablo de Tarso y no Jesús de Nazaret.

Por último, hay que decir que el cristianismo actual se basa sobre muchos pilares. Pablo no es el único. Otros muy importantes son: el Evangelio de Mateo y su ideología eclesiástica y el Evangelio de Juan con su peculiar interpretación de Jesús.

Sin embargo, no es desacertado decir que Pablo ocupa una posición principal en la cuestión del desarrollo del cristianismo. Por tanto, el cristianismo no se entiende sin Jesús de Nazaret, cierto, pero más como su condición y fundamento que como su fundador estricto.

Espero que todo esto sea visto como algo argumentativo y racional. No son construcciones empíricas a priori y dogmáticas.


Saludos cordiales de Antonio Piñero.
www.antoniopinero.com
Viernes, 17 de Septiembre 2010

Hoy escribe Antonio Piñero


Concluimos hoy con la transcripción y comentario de “Los cristianos” (Alianza Editorial 2010) de Jesús Mosterín.


“Se ha visto ya que en el judaísmo del siglo I había una gran variedad de tendencias o sectas, entremezcladas todas bajo el amparo legal de la sinagoga. Además de las corrientes más ortodoxas y centrales (como la de los saduceos –hasta su desaparición en la guerra judía-, la de los fariseos y la posterior rabínica), que insistían en la aceptación y cumplimiento íntegros de la Ley, había también en Palestina y en las sinagogas de la diáspora otras tendencias judías más o menos heterodoxas: los judíos helenizantes y universalistas (como Filón), los ascéticos apocalípticos (como los esenios y los bautistas), los cristianos, y los nacionalistas furibundos antirromanos (como los celotas y los sicarios).

“En el siglo I el cristianismo no era un movimiento doctrinalmente unificado, sino una pluralidad de tendencias distintas, que entendían el mensaje de Jesús sobre el próximo reino de Dios y la propia figura de Jesús de modos distintos. La unificación solo llegaría tres siglos más tarde, impuesta por la autoridad política. No sería ningún profeta, apóstol ni teólogo el que unificaría el cristianismo, sino el emperador Constantino.

“Una vez desaparecida la comunidad jesusita de Jerusalén como consecuencia de las fallidas rebeliones de los celotas y de Ben Kosiba y de las consiguientes represiones romanas, ya no quedaba más cristianismo que el helenista, poderosamente influido por las tesis paulinas. El posterior cristianismo unificado bajo los emperadores Constantino y Teodosio desarrollaría una teología y una cristología basada más en las ideas de Pablo que en las enseñanzas y ejemplos de Jesús.

“En efecto, ya hemos visto que varias importantes tesis del cristianismo posterior son inventos paulinos, como la resurrección de Jesús, el pecado hereditario y la redención de toda la humanidad por la muerte expiatoria de Cristo. También lo son otras no menos misteriosas, como la eucaristía y el carácter divino de Jesús.

Apostilla:


No cabe duda de que la idea de la resurrección de Jesús la recibe Pablo por tradición de la comunidad de Damasco o de la de Jerusalén.


Sigue Mosterín:

“Antes de emprender su intentona en Jerusalén (que no sabemos exactamente en qué consistía, pero que debía de involucrar alboroto y confrontación), y consciente del peligro que corría, Jesús invitó a sus discípulos predilectos a una cena de despedida, como era habitual en tales casos. Quizá ya no habría otra oportunidad de beber juntos vino, al menos hasta la anunciada instauración del reino de Dios:


« Ya no beberé más de este fruto de la vid hasta que lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre (Mateo 26, 29). »


“Fue Pablo el que introdujo la noción de la eucaristía como repetición del sacrificio expiatorio de Cristo, identificando el pan con el cuerpo y el vino con la sangre de Jesús. Esta idea era tan increíble que desde luego constituía un misterio, el “misterio de la eucaristía”.


“¿Cómo descubrió Pablo ese misterio? Cristo mismo se lo había revelado a él, quizás en otra alucinación:


« Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido (1 Corintios, 11: 23).  »


“Respecto a la mera idea de que Jesús podría haber sido divino o Dios, a Yeshúa mismo y a cualquiera de sus discípulos directos les habría parecido una blasfemia. Sin embargo, Pablo insiste en llamar a Jesús el hijo de Dios, lo que tampoco se entiende. Otro misterio, por tanto, el “misterio de la encarnación”. Somos los animales los que tenemos hijos; la relación del padre con el hijo es una relación de reproducción sexual, de transmisión de genes, algo que podemos hacer los perros o los hombres, pero ¿cómo podría hacerlo Dios, del que se supone que no es un animal, ni se reproduce ni transmite genes? Incluso a los judíos y a los muslimes, tan próximos ideológicamente a los cristianos, la idea de que Dios tenga hijos les parece absurda.


“Pablo atribuye también a Cristo carácter divino y en algún raro caso llega a decir que es Dios: “El Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios” (Filipenses 2, 5-6).

“Ya Adolf von Harnack (1851-1930) se había dado perfecta cuenta de que la imagen paulina de Cristo tiene muy poco que ver con el Jesús histórico. Y la mayoría de los expertos actuales citados en la bibliografía están de acuerdo en que, incluso aceptando la existencia del Yeshúa histórico, no es a Jesús, sino a Pablo a quien se deben las creencias centrales de la teología cristiana. En este sentido, puede decirse que Pablo fue el auténtico fundador del cristianismo.


Apostilla:


Yo estoy de acuerdo, desde el punto de vista historiográfico, con las líneas esenciales de lo que dice Mosterín, aunque creo que lo enfocaría y lo expresaría de otro modo, y corregiría algunas cosas. He escrito:

« “No es desacertado decir que Pablo ocupa una posición principal en la cuestión del desarrollo del cristianismo. Por tanto, el cristianismo no se entiende sin Jesús de Nazaret, cierto, pero más como su condición y fundamento que como su fundador estricto” (Guía para entender el Nuevo Testamento”, Trotta, Madrid, 32008, p. 302). »

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
www.antoniopinero.com





Jueves, 16 de Septiembre 2010
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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