CRISTIANISMO E HISTORIA: A. Piñero

Notas

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Una frase tan universal como “amar al prójimo”, sujeta a revisión histórica, puede ofrecer resultados sorprendentes. Su origen, su situación en los evangelios, son pistas necesarias a la hora de encontrar solución a este enigma atribuido a Jesús, un Jesús que basaba su enseñanza en el judaísmo.


Hoy escribe Eugenio Gómez Segura.


Exhortación fundamental entre los seguidores del cristianismo porque parece abundar en ese amor universal que lo caracteriza, la frase “amar al prójimo como a uno mismo” está unida a “amarás a Dios sobre todas las cosas”, pareja de conceptos que aparece por primera vez en Mc 12, 28-34, que ofrezco intentando traducir bien el griego: 

Y acercándose uno de los escribas tras oír que ellos disputaban, al ver que les respondía correctamente le preguntó: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?” Le respondió Jesús: “El primero es: escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único señor (Dt 6, 4), y amarás a tu dios con todo tu corazón, toda tu vida, toda tu inteligencia, toda tu fuerza (Dt 6, 5; Jos 22, 5). El segundo éste: amarás a tu vecino como a ti mismo. Mayor que éstos no hay otro mandamiento”. Y le dijo el escriba: “Bien, maestro, hablas según la verdad que uno es y no hay otro excepto éste; y el amarle con todo el corazón, toda la conciencia, toda la fuerza y el amar al vecino como a ti mismo es mucho más importante que todos los holocaustos y sacrificios”. Y Jesús, al ver que respondía cabalmente le dijo: "No estás lejos del reino de Dios". 

Comenzaré el análisis indicando que la posición de la escena en el evangelio (una pregunta que no encaja en la argumentación general que otros grupos de judíos lanzan contra Jesús inmediatamente antes de su semana de pasión) parece indicar que es un material muy antiguo. Además, la historicidad aumenta al observar que la anécdota incluye al único escriba que resulta decente a ojos del redactor del evangelio, lo cual sólo se explica si la escena es algo inevitable para el escritor en lugar de algo deseado por él (pues escapa totalmente a su norma de presentar mal a los escribas). En resumen, la extraña colocación de la anécdota y el carácter del escriba apuntan a una gran antigüedad de la información, considerándose incluso que puede resultar auténtica. 

Ahora bien: la sentencia “amar al prójimo” es otra frase igualmente difícil de traducir en español. En griego la palabra utilizada para prójimo es plesíon, que realmente significa “vecino”, “cercano”. En español tenemos una dificultad añadida a la propia de traducir: el latín tenía como palabra apropiada para traducir el término griego el vocablo proximus, que, efectivamente, significa cercano. Sin embargo, esta palabra ha conocido dos hijas en español, la culta “próximo” y la ancestral “prójimo”. Fruto de la reiterada cita de la frase “ama al prójimo” y de su aplicación indiscriminada se ha creado un significado nuevo para prójimo: “cualquier hombre respecto de otro”. De ahí surge una idea de amor universal que no se presenta en la frase griega. 

Que esta idea presida la sentencia es debido a la versión que el autor de Lucas nos ofrece. En dicho evangelio, la frase está precedida por la famosa anécdota del buen samaritano. Esta disposición, totalmente ajena a la de Marcos, logra que el ejemplo del samaritano que ayuda a un desconocido tiña el término “vecino”, “próximo”, de un carácter indeterminado y, por tanto, universal. De hecho, la forma habitual de conocer la frase “ama a tu prójimo” incluye la narración de Lucas más que la de Marcos. En definitiva, siendo dos textos de la segunda generación cristiana, Lucas muestra un arreglo de la frase de Jesús porque no la vio idónea para la mentalidad universalista de su redactor ni de las iglesias para las que estaba diseñado el texto: logró arroparla con la anécdota del samaritano para que no fuera lo que Jesús dijo. Por tanto, la redacción de Marcos, basada indiscutiblemente en el muy antiguo versículo Lv 19, 18, sólo se refiere a compañeros de religión, a vecinos en el más intenso sabor de pueblo de Yahvé que pueda darse, tal como testimonia el hecho de que los mandamientos que en Levítico anteceden a la frase no tengan otro objetivo que “los forasteros” o “errabundos”, “los tuyos”, “los hermanos”, “los hijos de tu pueblo”.  

Pero no sólo esta idea es propia del autor del libro Levítico. El hecho de que Jesús resumiera toda la Ley en la oración de Dt 6, 5 (que después llegó a ser la Shemá) y en este pasaje de Levítico insiste en la idea de que no se trató de una novedad del Nazareno sino de que retomó las dos facetas de la Ley (la divina y la humana) y las recordó a los demás en una suerte de compendio. Frente a la tradición de aislar a Jesús respecto de la cultura judía, quizá haya que recordar que los análisis de frases sueltas no permiten asegurar demasiadas conclusiones. En cambio, los compendios de textos largos, así como el análisis de contextos, plantean una posibilidad real de ambientar correctamente los escasos testimonios de que disponemos. Esta forma de emprender el análisis lleva el nombre de “criterio de coherencia”, y modernamente ha dado pie a inaugurar un nuevo método de estudio para la figura de Jesús, el llamado patrón de recurrencia (idea de Fernando Bermejo): si una idea aparece dispersa por los evangelios, nunca en pasajes conectados, pero persistentemente, habrá que pensar que hay un sustrato real que responde por esa idea. En el caso que nos ocupa, el fragmento de Mc 12, 28-34, admitido como cierto, aisladamente es fantástico. Sin embargo, compensada su soledad con la tendencia a excluir extranjeros, el conjunto es mucho más lógico. Por un lado, habría que ser más compasivo para atenerse a ciertos capítulos de la Ley, lo cual se corresponde con lo que sabemos de Filón y Flavio Josefo al menos; por otro lado, este amor por el gentil se desvanece cuando se trata de enfrentarse al enemigo de Yahvé como tal, es decir, cuando un judío es impío y se aleja del resto bueno que trabaja por la llegada del reino o cuando un extranjero perturba la paz que Yahvé estableció en Israel con Israel. 

En general, Yahvé habría dotado a la humanidad, su creación, de una buena manera de relacionarse, una manera perdida posteriormente y recuperada por el judaísmo gracias a la Alianza y la Ley. Volver a esas leyes humanitarias por parte del judaísmo sería un paso evidentemente previo para la vuelta de ese reino paradisíaco que Yahvé prepararía para su pueblo. Y quizá no por una simple preocupación por el extranjero sino por evitar extender el mal por la tierra de Yahvé. Es decir, el extranjero que estaba fuera de la tierra de Israel tampoco importaba demasiado. 

Toda esta consideración por los extranjeros en la tierra de Yahvé no obsta para calcular que su presencia también podía ser un problema. Y lo era, puesto que la mayoría de ellos no se sujetaba a la Ley mosaica, había traído costumbres indecentes y, además, imponía otras leyes, leyes que, según la ideología romana imperante, estaban respaldadas por sus dioses respectivos, en este caso el todopoderoso Júpiter que convertía a las legiones en invencible máquina de guerra al par que un imparable sistema de recaudación de impuestos. 

 

Páginas tomadas de mi libro Jesús de Galilea: una reconstrucción arqueológica (Amazon ). 

 

Saludos cordiales. 

Martes, 1 de Abril 2025


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.





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