Bitácora
EL DÍA QUE “EL GAUCHO” DESENVAINÓ.
José Rodríguez Elizondo
Aporte periodístico para la historia del Perú
Publicado en revista IDL-REPORTEROS, Lima, 3.3.2016
Tras hundirme sin respirar en La distancia que nos separa, de Renato Cisneros, se lo agradezco a Cecilia Bákula. “Tienes que leerlo”, me dijo imperativa y obedecí al toque. He llenado de anotaciones la última página y me pregunto en qué lugar de mi biblioteca lo deposito. Novelas es lo primero que se me ocurre. Pero también podría estar en la sección Perú… ¿sub-sección biografías, autobiografías, reportajes, política, historia, revolución militar?
Complicado es encasillar esta obra en una sola categoría. Sería como aceptar que Hamlet sólo cabe en el anaquel violencia intrafamiliar. Con razón Vargas Llosa, que bien sabe lo que es contar historias de parientes, la definió con el genérico más genérico y el adjetivo más espontáneo: “un libro impresionante”.
Es que este descendiente del Gaucho Cisneros ha escrito todo sobre su padre, pero con una amalgama literaria estupenda, que ofrece lecturas diferenciadas para cada lector. Por ejemplo, yo hice una lectura muy personal, vinculada a la guerra de las Malvinas, Caretas, el legendario Enrique Zileri y un golpe de Estado que no fue.
EL GRITO DE ZILERI
Nunca olvidaré esa mañana de mayo de 1982 cuando Zileri, irrumpiendo a la sala de redacción, me interpeló en su registro más alto:
- ¿Y tú, por qué dices que Argentina va a perder la guerra?
- Pues, porque va a perder.
Lo raro fue que Zileri asimiló mi respuesta tontísima, dio media vuelta y se fue mascullando (¡maldita sea!) hacia su oficina. No me reemplazó como editor del bloque sobre la guerra, ni me dijo que pasara del tono neutro-realista, a uno neutro-optimista. Tampoco se escudó en los lectores abrumadoramente parcializados a favor de Argentina. Menos me explicó por qué este país podía ganar.
¿Entonces qué?... ¿Para qué su pregunta estentórea?
ALERTA ROJA
De a poco entendí que no fue pregunta, sino alerta roja. Nuestra cobertura sobre la guerra estaba en la mira de alguien con poder. Quizás había molestado al almirante embajador argentino. Hacía poco me había saludado cortés, pero inamistoso. Supuse se había quejado al canciller y éste había endosado la queja a Zileri: “el chileno de Caretas quiere que Argentina pierda la guerra”.
Pronto desestimé esa sospecha. Curtido en la lucha fiera por la libertad de expresión, Zileri, no iba a escenificar una rabieta para darle gusto a un simple embajador de una feroz dictadura. Luego, mis fuentes propias me soplaron que el lector quisquilloso podía ser el más importante de todos: el general Luis Cisneros Vizquerra, ministro de Guerra de Fernando Belaunde, apodado “el Gaucho” no por argentinófilo, sino por argentino. Nacido, educado y formado como oficial de Ejército en Argentina. Camarada de toda la élite terrorífica de esa dictadura, comenzando por Leopoldo Fortunato Galtieri. Peruano sólo por familión.
Se decía que ese gravitante general –que como ministro del Interior de Francisco Morales Bermúdez ya había encarcelado a Zileri- estaba usurpando el rol del canciller y sobrepasando al presidente. Dentro y fuera de los cuarteles, opinaba que el Perú debía apoyar con todo a los argentinos y no sólo con declaracioncitas de paz ni gestiones diplomáticas ante Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Su propuesta incluía el envío de la flota a través del Estrecho de Magallanes, provocando -literalmente de paso- a su admirado Pinochet.
En otras palabras, el Gaucho no estaba tratando de quebrar la línea de Caretas. Estaba tratando de quebrar al gobierno. La austral guerra de los otros se había convertido en un tema interno que, proyectado, se relacionaba con otro acabóse de la democracia y la inmersión en una guerra expansible a todo el Cono Sur.
CON EL SABLE EN LA MANO.
Por mi parte, afirmé la calidad de mi bloque con la opinión expertísima de Edgardo Mercado Jarrín, general con ® pero con más jerarquía militar e intelectual que el Gaucho. Zileri, fiel a su carácter, decidió enfrentar la amenaza metiéndose en la boca del lobo. En la siguiente reunión de pauta decidió que el entrevistado político de la semana sería el mismísimo ministro de Guerra, con énfasis en su solidaridad extrema con Argentina. El fotón para ilustrarla –nuestro líder antes pensaba en las fotos que en los textos- debía mostrarlo en posición de combate. Eliminando un riesgo obvio, dispuso que la entrevista no fuera en el bloque Malvinas, que yo dirigía, sino en Política nacional.
Ahí comprendí a fondo lo que hubo tras su grito. En esa grave coyuntura, Zileri ya no trataba de buscar con humor y distancia la mejor nota internacional posible. Lo que ahora le importaba era exponer, urbe et orbi, el peligrosísimo talante político del Gaucho. Su objetivo, a fuer de periodístico, era ayudar a bloquear un nuevo golpe de Estado.
Acertó Zileri. También fiel a su carácter, el general habló claro y duro y su entrevista remeció el ambiente político. Dentro y fuera del Perú. En abierta discrepancia con Belaunde, dijo que el país debía liderar el apoyo militar latinoamericano a Argentina, con todos los medios a su alcance. Como si el canciller no existiera, se planteó altivo y regionalista frente al binomio Reagan-Thatcher y desdeñoso hacia la diplomacia que impulsaba el presidente. Por cierto, insistió en enviar aviones, pertrechos y toda la panoplia necesaria, incluyendo buques y submarinos a través del Estrecho de Magallanes. La foto de la entrevista, que fue portada, lo mostraba con un sable que le había regalado Perón, bajo el título “El Gaucho desenvaina”.
En síntesis, una metáfora a todo color y otra edición histórica de Caretas.
EL GOLPE QUE SE DILUYÓ
Renato Cisneros, entonces de seis años, da cuenta de esos hechos que conoció, seguro, por tradición oral paterna. Lo que reproduce deja claro que su padre quería humillar a Belaunde, desafiar al binomio Thatcher-Reagan y poner en aprietos a Pinochet, para ir abrazarse con Galtieri. En ese marco, cuenta que el Gaucho, sin permiso del presidente (“sin coordinar” dice, piadoso), declaró en conferencia de prensa que el Perú debía enviar a Argentina todo lo que este país requiriera. Agrega que Caretas le dedicó una portada.
Yo (perdón Renato) apostaría que fue al revés. Precisamente porque Caretas hizo ese gran reportaje, el Gaucho debió asumir su responsabilidad ante los demás medios y Belaunde se atrevió a desautorizarlo en vivo y en directo. Es lo que explica el siguiente contrapunto crispado, que recrea en su libro:
- En cuanto a usted general, le rogaría que pusiera menos pasión en sus declaraciones cuando se refiera a la ayuda militar para la Argentina.
- Perdone usted, señor presidente, pero yo no pongo pasión en mis declaraciones. Yo pongo pasión en mis ideas, sobre todo cuando son justas.
Al final salió del ministerio por jubilación. Ni él pudo botar a Belaunde ni éste pudo botar al Gaucho. ¿Extrema debilidad de Belaunde? Seguro que eso pensarán los lectores de hoy y parece plausible. Pero sucede que entonces la democracia peruana llevaba apenas dos años recuperándose, tras un docenio en que los militares fueron los actores excluyentes, siendo el Gaucho el general políticamente más importante. Sepamos, comparando con los primeros años de la transición chilena, que Pinochet amenazó a Patricio Aylwin por dos veces con propinarle un golpe de Estado. Y no por motivos castrenses, sino para cubrir las espaldas financieras de un hijo. Luego asumió como senador designado y sólo desapareció de la escena política cuando en Londres lo atrapó el juez Garzón.
Termino mi lectura de este “libro impresionante”, esperando que los historiadores peruanos lo tomen en cuenta para asomarse a esos meses de 1982, cuando el país entero estuvo caminando al borde de la cornisa. Tal vez lleguen, entonces, a la misma conclusión que este periodista y testigo:
El día que Zileri gritó no fue sólo en defensa de la libertad de expresión de Caretas, sino en defensa de la paz y la democracia en el Perú.
Editado por
José Rodríguez Elizondo
Escritor, abogado, periodista, diplomático, caricaturista y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Su obra escrita consta de 30 títulos, entre narrativa, ensayos, reportajes y memorias. Entre esos títulos están “El día que me mataron”, La pasión de Iñaki, “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, "De Charaña a La Haya” , “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", "Crisis y renovación de las izquierdas" y "El Papa y sus hermanos judíos". Como Director del Programa de Relaciones Internacionales de su Facultad, dirige la revista Realidad y Perspectivas (RyP). Ha sido distinguido con el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales (2021), el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.
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